La princesa y los trasgos
George MacDonald
Capítulo 1: Por qué se cuenta una historia sobre la princesa
Había una vez una pequeña princesa cuyo padre era rey de un gran país lleno de montañas y valles. Su palacio estaba construido sobre una de aquellas montañas y era grandioso y muy hermoso. La princesa, que se llamaba Irene, nació allí, pero poco después de nacer, como su madre no era muy fuerte, la enviaron a criarse con gente del campo en una gran casa, mitad castillo, mitad casa de labranza, situada en la ladera de otra montaña, más o menos a medio camino entre su base y su cima.
La princesa era una dulce criaturita y, en la época en que comienza mi historia, tenía unos ocho años, creo, pero se hacía mayor muy deprisa. Tenía un rostro bonito, de tez clara, y unos ojos como dos pedacitos de cielo nocturno, cada uno con una estrella disuelta en su azul. Aquellos ojos miraban tan a menudo hacia lo alto que habrías dicho que debían de saber que de allí procedían. El techo de su cuarto de juegos era azul, con estrellas, y lo habían hecho tan parecido al cielo como les había sido posible. Pero dudo que hubiese visto jamás el cielo de verdad con sus estrellas, por una razón que será mejor que mencione enseguida.
Aquellas montañas estaban llenas de cavidades subterráneas: enormes cavernas y pasadizos sinuosos, unos por los que corría el agua y otros que resplandecían con todos los colores del arcoíris cuando se entraba en ellos con una luz. No se habría sabido gran cosa de ellas si no hubiera habido allí minas: grandes y profundos pozos, con largas galerías y pasadizos que partían de ellos, excavados para llegar al mineral del que estaban llenas las montañas. Al excavar, los mineros dieron con muchas de aquellas cavernas naturales. Unas pocas tenían salidas que, muy lejos de allí, daban a la ladera de una montaña o a un barranco.
Pues bien, en aquellas cavernas subterráneas vivía una extraña raza de seres a los que unos llamaban gnomos, otros coboldos y otros trasgos. Corría por el país una leyenda según la cual en otro tiempo vivían en la superficie y eran muy parecidos a las demás personas. Pero, por una razón u otra, sobre la que las leyendas daban distintas explicaciones, el rey les había impuesto tributos que ellos consideraban demasiado gravosos, o les había exigido cumplir con ciertas prácticas que no les gustaban, o había empezado a tratarlos con más dureza de una forma u otra y a imponerles leyes más estrictas; y, como consecuencia, todos habían desaparecido de la faz del país. Sin embargo, según la leyenda, en vez de marcharse a otro país, todos se habían refugiado en las cavernas subterráneas, de las que no salían más que de noche, y aun entonces rara vez se dejaban ver en gran número, y nunca ante mucha gente a la vez. Se decía que, incluso de noche, solo se reunían al aire libre en los parajes menos frecuentados y de más difícil acceso de las montañas. Quienes habían alcanzado a ver a alguno de ellos decían que habían cambiado mucho con el paso de las generaciones; y no era de extrañar, pues vivían lejos del sol, en lugares fríos, húmedos y oscuros. Ahora no eran feos sin más, sino absolutamente horrendos o ridículamente grotescos, tanto de rostro como de cuerpo. La imaginación más desenfrenada, decían, no podía crear con la pluma o el lápiz nada que superase la extravagancia de su aspecto. Pero sospecho que quienes decían tal cosa habían confundido con los propios trasgos a algunos de los animales que les hacían compañía; de esto hablaremos más adelante. Los propios trasgos no se apartaban tanto de lo humano como semejante descripción daría a entender. Y, a medida que se les había ido deformando el cuerpo, habían ganado en conocimientos y en ingenio, y ahora eran capaces de hacer cosas que ningún mortal podía creer posibles. Pero cuanto más crecía su astucia, más crecía su malicia, y su gran deleite era fastidiar, de cuantas maneras se les ocurrían, a la gente que vivía al aire libre en el piso de arriba. Aún conservaban suficiente afecto unos por otros para no ensañarse por pura crueldad con quienes se cruzaban en su camino; pero seguían alimentando con tanto fervor el rencor ancestral contra quienes ocupaban sus antiguas posesiones, y especialmente contra los descendientes del rey que había provocado su expulsión, que buscaban toda ocasión de atormentarlos de maneras tan extrañas como sus inventores; y, aunque de talla menguada y cuerpo deforme, tenían tanta fuerza como astucia. Con el tiempo habían llegado a tener un rey y un gobierno propios, cuya principal ocupación, aparte de atender sus propios y sencillos asuntos, era idear formas de causar problemas a sus vecinos. Ahora resultará bastante evidente por qué la pequeña princesa no había visto nunca el cielo de noche. Tenían demasiado miedo a los trasgos para dejarla salir de casa a esas horas, por muchos servidores que la acompañaran; y tenían buenas razones para ello, como veremos más adelante.




