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Portada del libro «La maravillosa tierra de Oz», de L. Frank Baum

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La ma­ra­vi­llo­sa tierra de Oz

De L. Frank Baum

Clásico de dominio público de L. Frank Baum · Nueva traducción de NovelSpell

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La ma­ra­vi­llo­sa tierra de Oz

L. Frank Baum

Capítulo 1: Tip fabrica un muñeco con cabeza de calabaza

En el país de los gillikins, situado en el norte de la Tierra de Oz, vivía un muchacho llamado Tip. Su nombre no acababa ahí, pues la vieja Mombi decía a menudo que su nombre completo era Tippetarius; pero nadie tenía por qué pronunciar una palabra tan larga cuando «Tip» servía igual de bien.

El muchacho no recordaba nada de sus padres, pues lo habían llevado siendo muy pequeño a casa de la anciana conocida como Mombi para que lo criara, y la reputación de esta, siento decirlo, no era de las mejores. Los gillikins tenían motivos para sospechar que se entregaba a las artes mágicas, y por eso tenían sus reparos en tratar con ella.

Mombi no era exactamente una bruja, porque la bruja buena que gobernaba aquella parte de la Tierra de Oz había prohibido que hubiera ninguna otra bruja en sus dominios. Así pues, la tutora de Tip, por mucho que aspirase a practicar la magia, comprendía que la ley no le permitía ser más que una hechicera o, a lo sumo, una maga.

A Tip lo obligaban a traer leña del bosque para que la anciana pudiera poner la olla a hervir. También trabajaba en los maizales, escardando y deshojando mazorcas; y daba de comer a los cerdos y ordeñaba a la vaca de cuatro cuernos de la que Mombi estaba especialmente orgullosa.

Pero no crean que trabajaba todo el tiempo, pues le parecía que eso le haría daño. Cuando lo mandaban al bosque, Tip solía trepar a los árboles en busca de huevos de pájaro, o se entretenía persiguiendo a los veloces conejos blancos o pescando en los arroyos con alfileres doblados. Después recogía de prisa su brazada de leña y la llevaba a casa. Y cuando se suponía que estaba trabajando en los maizales y los altos tallos lo ocultaban a la vista de Mombi, Tip solía escarbar en las madrigueras de las tuzas o, si le venía en gana, tenderse boca arriba entre las hileras de maíz y dormir una siesta. Así, procurando no agotar sus fuerzas, llegó a ser tan fuerte y robusto como puede serlo un muchacho.

La extraña magia de Mombi asustaba a menudo a sus vecinos, que la trataban con recelo, aunque con respeto, por sus misteriosos poderes. Pero Tip la odiaba abiertamente y no se molestaba en ocultar sus sentimientos. A decir verdad, a veces mostraba menos respeto a la anciana del que debía, teniendo en cuenta que era su tutora.

En los maizales de Mombi había calabazas de un rojo dorado que reposaban entre las hileras de tallos verdes; las habían plantado y cuidado con esmero para que la vaca de cuatro cuernos se alimentara de ellas durante el invierno. Pero un día, cuando ya habían cortado y apilado todo el maíz y Tip estaba llevando las calabazas al establo, se le ocurrió hacer un «farol de calabaza» e intentar darle un susto con él a la anciana.

Así que eligió una calabaza grande y hermosa —de un lustroso color rojo anaranjado— y empezó a tallarla. Con la punta de su cuchillo le hizo dos ojos redondos, una nariz triangular y una boca en forma de luna nueva. La cara, una vez terminada, no podía considerarse hermosa en rigor; pero lucía una sonrisa tan grande y ancha y una expresión tan alegre que hasta Tip se echó a reír al contemplar con admiración su obra.

El niño no tenía compañeros de juego, así que no sabía que los muchachos solían vaciar el interior de un «farol de calabaza» y poner una vela encendida en el hueco para que la cara diera más miedo; pero tuvo una idea propia que prometía ser igual de eficaz. Decidió fabricar un muñeco con forma de hombre que llevara aquella cabeza de calabaza, y ponerlo de pie en un lugar donde la vieja Mombi se encontrara con él cara a cara.

—¡Y entonces —se dijo Tip entre risas— chillará más fuerte que la cerda parda cuando le tiro de la cola, y temblará de miedo más que yo el año pasado, cuando tuve tercianas!

Tenía tiempo de sobra para llevar a cabo aquella tarea, pues Mombi había ido a un pueblo —a comprar víveres, según ella— y el viaje duraba por lo menos dos días.

Así que llevó su hacha al bosque y escogió unos arbolitos recios y rectos, que taló y despojó de todas sus ramitas y hojas. Con ellos haría los brazos, las piernas y los pies de su muñeco. Para el cuerpo arrancó una lámina de corteza gruesa del tronco de un árbol grande y, con mucho trabajo, le dio forma de cilindro de un tamaño más o menos adecuado, uniendo los bordes con clavijas de madera. Luego, silbando alegremente mientras trabajaba, articuló con cuidado los miembros y los fijó al cuerpo con clavijas que talló con su cuchillo.

Cuando terminó aquella proeza empezaba a oscurecer, y Tip recordó que debía ordeñar a la vaca y dar de comer a los cerdos. Así que recogió su muñeco de madera y se lo llevó a casa.

Aquella noche, a la luz del fuego de la cocina, Tip redondeó con cuidado todos los bordes de las articulaciones y alisó las partes ásperas con pulcritud y destreza. Luego puso la figura de pie, apoyada contra la pared, y la contempló con admiración. Parecía extraordinariamente alta, incluso para un hombre adulto; pero eso era una ventaja a los ojos de un muchachito, y Tip no puso ningún reparo al tamaño de su creación.

A la mañana siguiente, al volver a mirar su obra, Tip vio que había olvidado ponerle al muñeco un cuello con el que sujetar la cabeza de calabaza al cuerpo. Así que regresó al bosque, que no estaba lejos, y cortó de un árbol varios trozos de madera con los que terminar su obra. A su vuelta, fijó un travesaño en el extremo superior del cuerpo y le hizo un agujero en el centro para mantener el cuello en posición vertical. El trozo de madera que formaba aquel cuello también estaba afilado en el extremo superior y, cuando todo estuvo listo, Tip colocó la cabeza de calabaza, presionándola hacia abajo para encajarla bien en el cuello, y comprobó que ajustaba muy bien. Podía girar la cabeza a un lado o al otro, a su antojo, y las bisagras de los brazos y las piernas le permitían poner al muñeco en cualquier postura que quisiera.

—Este sí que es un hombre magnífico —declaró Tip con orgullo—, ¡y debería arrancarle unos cuantos chillidos de miedo a la vieja Mombi! Pero parecería mucho más vivo si estuviera vestido como es debido.

Encontrarle ropa no parecía tarea fácil; pero Tip revolvió con osadía el gran arcón en el que Mombi guardaba todos sus recuerdos y tesoros, y en el fondo del todo descubrió unos pantalones morados, una camisa roja y un chaleco rosa con lunares blancos. Se los llevó a su muñeco y, aunque las prendas no le quedaban muy bien, consiguió vestirlo con garbo. Unas medias de punto de Mombi y un par de zapatos muy gastados del propio Tip completaron el atuendo del muñeco, y Tip estaba tan encantado que se puso a dar saltos y a reír a carcajadas, lleno de júbilo infantil.

—¡Tengo que ponerle un nombre! —exclamó—. Un hombre tan estupendo como este tiene que tener un nombre, desde luego. ¡Creo —añadió, tras pensarlo un momento— que a este lo llamaré «Jack Cabeza de Calabaza»!


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