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Portada del libro «Los chicos del ferrocarril», de E. Nesbit

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Los chicos del fe­rro­ca­rril

De E. Nesbit

Clásico de dominio público de E. Nesbit · Nueva traducción de NovelSpell

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Los chicos del fe­rro­ca­rril

E. Nesbit

Capítulo 1: El comienzo de todo

Al principio no eran niños del ferrocarril. No creo que hubieran pensado nunca en el ferrocarril salvo como un medio para ir a Maskelyne and Cook’s, a la pantomima, al jardín zoológico y al museo de Madame Tussaud. Eran unos niños corrientes de las afueras y vivían con su padre y su madre en una casa corriente con fachada de ladrillo rojo, cristales de colores en la puerta de entrada, un pasillo de baldosas al que llamaban vestíbulo, un cuarto de baño con agua fría y caliente, timbres eléctricos, puertas de dos hojas acristaladas, bastante pintura blanca y «todas las comodidades modernas», como dicen los agentes inmobiliarios.

Eran tres. Roberta era la mayor. Por supuesto, las madres nunca tienen favoritos, pero, si la suya hubiera tenido alguno, tal vez habría sido Roberta. Después venía Peter, que quería ser ingeniero cuando fuera mayor; y la más pequeña era Phyllis, que tenía las mejores intenciones.

Mamá no se pasaba el día haciendo visitas aburridas a señoras aburridas ni se aburría sentada en casa esperando a que fueran a visitarla señoras aburridas. Casi siempre estaba allí, dispuesta a jugar con los niños, a leerles y a ayudarlos con las tareas de la escuela. Además, mientras ellos estaban en clase, les escribía cuentos que luego les leía en voz alta después del té, y siempre componía versos divertidos para sus cumpleaños y otras grandes ocasiones, como el bautizo de los gatitos nuevos, la renovación de los muebles de la casa de muñecas o aquella vez en que se estaban recuperando de las paperas.

Aquellos tres niños afortunados tenían siempre todo lo que necesitaban: ropa bonita, buenas lumbres, una preciosa habitación infantil con montones de juguetes y papel de pared con ilustraciones de Mamá Oca. Tenían una niñera amable y alegre y un perro llamado James que era suyo y solo suyo. También tenían un padre sencillamente perfecto: nunca estaba de mal humor, nunca era injusto y siempre estaba dispuesto a jugar; al menos, si alguna vez no lo estaba, siempre tenía un motivo excelente y se lo explicaba a los niños de un modo tan interesante y divertido que quedaban convencidos de que no podía hacer otra cosa.

Pensarás que debían de ser muy felices. Y lo eran, pero no supieron cuánto hasta que aquella bonita vida en la Villa Roja terminó para siempre y tuvieron que llevar una vida muy distinta.

El terrible cambio llegó de improviso.

Llegó el cumpleaños de Peter: cumplía diez años. Entre sus regalos había una locomotora de juguete más perfecta de lo que jamás hubieras podido soñar. Los demás regalos tenían mucho encanto, pero la locomotora tenía más encanto que todos ellos.

Su encanto duró, en toda su perfección, exactamente tres días. Luego, ya fuera por la inexperiencia de Peter, por las buenas intenciones de Phyllis, que se habían manifestado con cierta insistencia, o por alguna otra causa, la locomotora estalló de pronto con un estampido. James se asustó tanto que salió de casa y no volvió en todo el día. Todos los personajes del arca de Noé que iban en el ténder quedaron hechos pedazos, pero, fuera de eso, solo sufrieron daños la pobrecita locomotora y los sentimientos de Peter. Los demás dijeron que había llorado por ella; pero, por supuesto, los niños de diez años no lloran, por terribles que sean las tragedias que ensombrezcan su suerte. Él dijo que tenía los ojos rojos porque estaba resfriado. Y resultó ser cierto, aunque Peter no lo sabía cuando lo dijo: al día siguiente tuvo que acostarse y guardar cama. Mamá empezaba a temer que estuviera incubando el sarampión cuando, de pronto, se incorporó en la cama y dijo:

—Odio las gachas, odio el agua de cebada, odio el pan con leche. Quiero levantarme y comer algo de verdad.

—¿Qué te gustaría? —preguntó Mamá.

—Un pastel de pichones —dijo Peter con entusiasmo—. Un pastel de pichones grande. Muy grande.

Así que Mamá le pidió a la cocinera que hiciera un pastel de pichones grande. Prepararon el pastel. Y cuando estuvo preparado, lo hornearon. Y cuando estuvo horneado, Peter comió un poco. Después de aquello, su resfriado mejoró. Mamá compuso un poema para entretenerlo mientras preparaban el pastel. Empezaba diciendo que Peter era un niño desdichado, pero bueno, y luego seguía así:

Tenía una locomotora que amaba

Con todo el corazón y toda el alma,

Y si algo deseaba en este mundo

Era conservarla intacta.

Un día —amigos míos, prepárense;

Ya viene lo peor—,

De pronto un tornillo enloqueció,

¡Y entonces la caldera reventó!

Con el rostro sombrío la recogió

Y se la llevó a su madre,

Aunque ni él podía suponer

Que ella pudiera hacerle otra;

Por los que murieron en la vía

No parecía preocuparse,

Pues para él su locomotora valía más

Que todas las personas que allí había.

Y ahora ya ven por qué

Nuestro Peter ha estado enfermo:

Con pastel de pichones calma el alma

Para matar la pena que lo roe.

Se envuelve en cálidas mantas

Y duerme hasta tarde en la cama,

Decidido así a vencer

Su miserable destino.

Y si tiene los ojos algo rojos,

Que sirva de excusa el resfriado:

Ofrézcanle pastel; pueden estar seguros

De que jamás lo rechazará.

Papá había estado fuera, en el campo, tres o cuatro días. Peter tenía puestas ahora en él todas sus esperanzas de curar a su maltrecha locomotora, porque Papá era extraordinariamente hábil con las manos. Sabía arreglar toda clase de cosas. Había hecho muchas veces de veterinario del caballo de madera de balancín; una vez le había salvado la vida cuando ya se había perdido toda esperanza de ayuda humana y a la pobre criatura la daban por perdida, e incluso el carpintero decía que no veía la manera de hacer nada. Y fue Papá quien arregló la cuna de la muñeca cuando nadie más pudo; y quien, con un poco de pegamento, unos trozos de madera y una navaja, dejó a todos los animales del arca de Noé tan firmes sobre sus patas como antes, si no más.

Con heroica abnegación, Peter no dijo nada de su locomotora hasta que Papá hubo terminado de cenar y de fumarse el cigarro de después de la cena. La abnegación se le había ocurrido a Mamá, pero fue Peter quien la puso en práctica. Y también le hizo falta mucha paciencia.

Por fin Mamá le dijo a Papá: —Bueno, querido, si ya estás bien descansado y bien cómodo, queremos contarte lo del gran accidente ferroviario y pedirte consejo.

—Muy bien —dijo Papá—. ¡Adelante!

Entonces Peter contó la triste historia y fue a buscar lo que quedaba de la locomotora.

—Hum —dijo Papá, después de examinar la locomotora con mucho cuidado.

Los niños contuvieron la respiración.

—¿No hay esperanza? —preguntó Peter en voz baja y temblorosa.

—¿Esperanza? ¡Ya lo creo! A montones —dijo Papá alegremente—. Pero necesitará algo más que esperanza: un poco de soldadura con latón, pongamos, o algo de estaño, y una válvula nueva. Creo que será mejor dejarla para un día de lluvia. En otras palabras, le dedicaré la tarde del sábado y ustedes me ayudarán.

—¿Las niñas pueden ayudar a reparar locomotoras? —preguntó Peter con dudas.

—Por supuesto que pueden. Las niñas son tan listas como los niños, ¡y que no se te olvide! ¿Te gustaría ser maquinista, Phil?

—Tendría siempre la cara sucia, ¿verdad? —dijo Phyllis sin entusiasmo—. Y supongo que rompería algo.

—A mí me encantaría —dijo Roberta—. ¿Crees que podría serlo cuando sea mayor, Papi? ¿O aunque fuera de las que echan carbón?

—Quieres decir fogonero —dijo Papi, tirando de la locomotora y retorciéndola—. Bueno, si cuando seas mayor sigues queriéndolo, ya veremos cómo hacer de ti una fogonera. Recuerdo que, cuando yo era niño...

Justo entonces llamaron a la puerta de entrada.

—¡Quién demonios será! —dijo Papá—. La casa de un inglés es su castillo, desde luego, pero ojalá construyeran las casas pareadas con fosos y puentes levadizos.

Ruth —era la doncella del salón y tenía el pelo rojo— entró y dijo que dos caballeros querían ver al señor.

—Los he hecho pasar a la biblioteca, señor —dijo.

—Me imagino que será por la colecta para el regalo al vicario —dijo Mamá—, o por el fondo para las vacaciones del coro. Despáchalos pronto, querido. Estas visitas interrumpen tanto la velada, y ya casi es la hora de acostar a los niños.

Pero Papá no parecía poder despachar a los caballeros con ninguna rapidez.

—Ojalá tuviéramos un foso y un puente levadizo —dijo Roberta—. Así, cuando no quisiéramos recibir a nadie, bastaría con levantar el puente y no podría entrar nadie más. Si se quedan mucho más, seguro que Papá se habrá olvidado de lo de cuando era niño.

Mamá intentó hacerles pasar el rato contándoles un cuento de hadas nuevo sobre una princesa de ojos verdes, pero era difícil porque se oían las voces de Papá y de los caballeros en la biblioteca, y Papá hablaba más alto y con una voz distinta de la que solía emplear con quienes venían por colectas para regalos y fondos de vacaciones.

Entonces sonó el timbre de la biblioteca y todos suspiraron aliviados.

—Ya se van —dijo Phyllis—. Ha tocado el timbre para que los acompañen a la puerta.

Pero, en lugar de acompañar a nadie a la puerta, Ruth entró en la habitación, y a los niños les pareció que tenía un aspecto extraño.

—Disculpe, señora —dijo—, el señor quiere que pase un momento al despacho. Tiene cara de muerto, señora; creo que ha recibido malas noticias. Más vale que se prepare para lo peor, señora... A lo mejor ha muerto alguien de la familia, o ha quebrado un banco, o...

—Basta, Ruth —dijo Mamá con dulzura—. Puede retirarse.

Entonces Mamá entró en la biblioteca. Siguieron hablando. Luego volvió a sonar el timbre y Ruth fue a buscar un coche de alquiler. Los niños oyeron unas botas que salían y bajaban los escalones. El coche se alejó y la puerta de entrada se cerró. Después entró Mamá. Su querido rostro estaba tan blanco como su cuello de encaje, y sus ojos parecían muy grandes y brillantes. Su boca parecía apenas una línea de color rojo pálido: los labios se le veían finos y no tenían en absoluto su forma habitual.

—Es hora de acostarse —dijo—. Ruth los acostará.

—Pero prometiste que esta noche podríamos quedarnos levantados hasta tarde porque Papá ha vuelto —dijo Phyllis.

—Papá ha tenido que irse... por asuntos de trabajo —dijo Mamá—. Vamos, tesoros, vayan ahora mismo.

La besaron y se fueron. Roberta se quedó un momento más para darle otro abrazo y susurrarle:

—No eran malas noticias, ¿verdad, Mami? ¿Ha muerto alguien, o...?

—No ha muerto nadie... No —dijo Mamá, y pareció casi apartar a Roberta de un empujón—. Esta noche no puedo contarte nada, mi niña. Vete, cariño, vete ya.

Y Roberta se fue.

Ruth les cepilló el pelo a las niñas y las ayudó a desvestirse. (Casi siempre se ocupaba de eso Mamá.) Después de bajar la luz de gas y dejarlas, encontró a Peter, aún vestido, esperándola en la escalera.

—Oiga, Ruth, ¿qué pasa? —preguntó.

—No me hagas preguntas y no te diré mentiras —respondió Ruth, la pelirroja—. Pronto te enterarás.

Ya muy entrada la noche, Mamá subió y besó a los tres niños mientras dormían. Pero solo Roberta se despertó con el beso, y se quedó quietecita como un ratón, sin decir nada.

«Si Mamá no quiere que sepamos que ha estado llorando —se dijo al oír en la oscuridad la respiración entrecortada de Mamá—, no lo sabremos. Eso es todo».

Cuando bajaron a desayunar a la mañana siguiente, Mamá ya había salido.

—A Londres —dijo Ruth, y los dejó desayunando.

—Pasa algo terrible —dijo Peter, cascando el huevo—. Ruth me dijo anoche que pronto nos enteraríamos.

—¿Se lo preguntaste? —dijo Roberta con desdén.

—¡Pues sí, se lo pregunté! —dijo Peter, enfadado—. Si tú podías acostarte sin que te importara si Mamá estaba preocupada o no, yo no. ¡Y punto!

—No creo que debamos preguntarles a los criados cosas que Mamá no nos cuenta —dijo Roberta.

—Muy bien, señorita Santurrona —dijo Peter—. Sigue predicando.

—Yo no soy una santurrona —dijo Phyllis—, pero creo que esta vez Bobbie tiene razón.

—Claro. Siempre la tiene. Según ella —dijo Peter.

—¡Ay, basta! —exclamó Roberta, dejando la cucharilla del huevo—. No nos tratemos mal. Estoy segura de que está ocurriendo alguna calamidad terrible. ¡No empeoremos las cosas!

—¿Quién empezó? Eso quisiera saber yo —dijo Peter.

Roberta hizo un esfuerzo y respondió:

—Yo, supongo, pero...

—Pues entonces... —dijo Peter, triunfante. Pero antes de irse a la escuela le dio a su hermana una palmada entre los hombros y le dijo que se animara.

Los niños volvieron a casa para la comida de la una, pero Mamá no estaba. Y tampoco estaba a la hora del té.

Eran casi las siete cuando entró, con aspecto de estar tan enferma y cansada que los niños sintieron que no podían hacerle preguntas. Se dejó caer en un sillón. Phyllis le quitó los largos alfileres del sombrero, mientras Roberta le quitaba los guantes y Peter le desabrochaba los zapatos de calle y le traía sus suaves zapatillas aterciopeladas.

Cuando ya se había tomado una taza de té y Roberta le había puesto agua de colonia en la pobre cabeza dolorida, Mamá dijo:

—Ahora, mis amores, quiero contarles una cosa. Aquellos hombres trajeron anoche muy malas noticias, y Papá estará fuera durante algún tiempo. Estoy muy preocupada por eso y quiero que todos me ayuden y que no me hagan las cosas más difíciles.

—¡Como si fuéramos a hacerlo! —dijo Roberta, sosteniendo la mano de Mamá contra su cara.

—Pueden ayudarme mucho —dijo Mamá— si se portan bien, están contentos y no se pelean cuando yo no esté —Roberta y Peter cruzaron miradas culpables—, porque tendré que ausentarme bastante.

—No nos pelearemos. De verdad que no —dijeron todos. Y lo decían en serio.

—Además —prosiguió Mamá—, quiero que no me hagan preguntas sobre este problema y que tampoco se las hagan a nadie más.

Peter se encogió y arrastró los zapatos sobre la alfombra.

—También me prometerán esto, ¿verdad? —dijo Mamá.

—Yo sí le pregunté a Ruth —dijo Peter de pronto—. Lo siento mucho, pero se lo pregunté.

—¿Y qué te dijo?

—Que pronto me enteraría.

—No hace falta que sepan nada de eso —dijo Mamá—. Se trata de asuntos de trabajo, y ustedes nunca entienden de esas cosas, ¿verdad?

—No —dijo Roberta—. ¿Tiene algo que ver con el Gobierno? —Pues Papá trabajaba en una oficina del Gobierno.

—Sí —dijo Mamá—. Ahora es hora de acostarse, mis amores. Y no se preocupen ustedes. Al final todo se arreglará.

—Pues no te preocupes tú tampoco, mamá —dijo Phyllis—, y todos nos portaremos como unos angelitos.

Mamá suspiró y los besó.

—Empezaremos a portarnos bien mañana a primera hora —dijo Peter mientras subían la escalera.

—¿Por qué no ahora? —dijo Roberta.

—Ahora no hay ocasión de portarse bien, tonta —dijo Peter.

—Podríamos empezar por intentar tener buenos sentimientos —dijo Phyllis—, y por no insultarnos.

—¿Quién está insultando? —dijo Peter—. Bobbie sabe de sobra que, cuando digo «tonta», es exactamente lo mismo que si dijera Bobbie.

—Vaya —dijo Roberta.

—No, no quiero decir lo que tú crees. Quiero decir que es solo un... ¿cómo lo llama Papá?... ¡Un germen de cariño! Buenas noches.

Las niñas doblaron la ropa con más esmero del habitual: era la única manera de portarse bien que se les ocurría.

—Oye —dijo Phyllis, alisando su delantal—, antes decías que todo era muy aburrido, que no pasaban cosas como en los libros. Ahora sí ha pasado algo.

—Yo nunca quise que pasaran cosas que pusieran triste a Mamá —dijo Roberta—. Todo es sencillamente horrible.

Durante varias semanas todo siguió siendo sencillamente horrible.

Mamá casi siempre estaba fuera. En las comidas reinaban el aburrimiento y la suciedad. Despidieron a la criada auxiliar y la tía Emma vino de visita. La tía Emma era mucho mayor que Mamá. Iba a marcharse al extranjero para trabajar de institutriz. Estaba muy ocupada preparando su ropa, una ropa muy fea y deslucida que tenía siempre esparcida por todas partes, y la máquina de coser parecía zumbar y zumbar, todo el día y la mayor parte de la noche. La tía Emma era partidaria de mantener a los niños en el lugar que les correspondía. Y ellos le devolvían el cumplido con creces. Para ellos, el lugar que le correspondía a la tía Emma era cualquiera en el que no estuvieran ellos. Así que apenas la veían. Preferían la compañía de los criados, que eran más entretenidos. La cocinera, si estaba de buen humor, sabía cantar canciones cómicas, y la criada encargada de las habitaciones, si por casualidad no estaba ofendida contigo, sabía imitar a una gallina que acababa de poner un huevo, el descorche de una botella de champán y hasta maullar como dos gatos peleándose. Los criados nunca les dijeron a los niños qué malas noticias le habían traído a Papá los caballeros. Pero no dejaban de insinuar que, si quisieran, podrían contar muchas cosas, y eso no resultaba tranquilizador.

Un día, después de que Peter preparara una trampa encima de la puerta del cuarto de baño y esta funcionara de maravilla al pasar Ruth, la doncella pelirroja lo agarró y le dio unos bofetones en las orejas.

—Vas a acabar mal —dijo furiosa—, ¡diablillo odioso! Si no te enmiendas, irás adonde ha ido tu querido Papá. ¡Así de claro te lo digo!

Roberta se lo contó a Mamá y al día siguiente despidieron a Ruth.

Luego vino el día en que Mamá volvió a casa y se acostó y se quedó en cama dos días, y vino el médico, y los niños andaban de puntillas por la casa, desolados, preguntándose si se estaría acabando el mundo.

Una mañana Mamá bajó a desayunar, muy pálida y con unas arrugas en la cara que antes no tenía. Sonrió lo mejor que pudo y dijo:

—Bueno, mis pequeños, ya está todo arreglado. Vamos a dejar esta casa e iremos a vivir al campo. A una casita blanca adorable y encantadora. Sé que les encantará.

Siguió una semana vertiginosa de embalajes: no se trataba solo de guardar ropa, como cuando uno se va a la playa, sino de embalar sillas y mesas, cubriendo los asientos y los tableros con arpillera y las patas con paja.

Se embalaron toda clase de cosas que no se llevan cuando uno se va a la playa. Vajilla, mantas, candelabros, alfombras, armazones de cama, cacerolas e incluso guardafuegos y utensilios de la chimenea.

La casa parecía un almacén de muebles. Creo que a los niños aquello les gustó mucho. Mamá estaba muy ocupada, pero ahora no tanto como para no hablar con ellos, leerles y hasta componerle unos versos a Phyllis para animarla cuando se cayó con un destornillador y se lo clavó en la mano.

—¿No vas a embalar esto, mamá? —preguntó Roberta, señalando el precioso armario con incrustaciones de carey rojo y latón.

—No podemos llevarnos todo —dijo Mamá.

—Pero parece que nos estamos llevando todo lo feo —dijo Roberta.

—Nos llevamos las cosas útiles —dijo Mamá—. Tenemos que jugar a ser pobres por un tiempo, polluelito mío.

Cuando todas las cosas feas y útiles estuvieron embaladas y unos hombres con delantales de bayeta verde se las hubieron llevado en un carro de mudanzas, las dos niñas, Mamá y la tía Emma durmieron en las dos habitaciones de invitados, donde todos los muebles eran bonitos. Ya se habían llevado todas sus camas. Para Peter prepararon una cama en el sofá del salón.

—Oye, ¡qué travesura tan divertida! —dijo, removiéndose de alegría mientras Mamá lo arropaba—. ¡Cómo me gusta mudarme! Ojalá nos mudáramos una vez al mes.

Mamá se rio.

—¡A mí no! —dijo—. Buenas noches, Peterkin.

Cuando Mamá se volvió para irse, Roberta le vio la cara. Nunca la olvidó.

—Ay, mamá —susurró para sí al meterse en la cama—, ¡qué valiente eres! ¡Cuánto te quiero! ¡Hay que ser valiente para reír cuando te sientes así!

Al día siguiente llenaron cajas, y cajas y más cajas; y ya a última hora de la tarde llegó un coche de alquiler para llevarlos a la estación.

La tía Emma fue a despedirlos. Tenían la sensación de que eran ellos quienes la despedían a ella, y se alegraban de ello.

—Pero ¡ay, esos pobres niños extranjeros de los que va a ser institutriz! —susurró Phyllis—. ¡No me cambiaría por ellos por nada del mundo!

Al principio disfrutaron mirando por la ventanilla, pero, a medida que oscurecía, les fue entrando más y más sueño, y ninguno sabía cuánto tiempo llevaban en el tren cuando Mamá los despertó sacudiéndolos suavemente y diciendo:

—Despierten, pequeños. Ya hemos llegado.

Se despertaron con frío y tristeza, y se quedaron temblando en el andén lleno de corrientes de aire mientras sacaban el equipaje del tren. Luego la locomotora, resoplando y bufando, volvió a ponerse en marcha y arrastró el tren tras de sí. Los niños vieron cómo las luces de cola del furgón del jefe de tren desaparecían en la oscuridad.

Aquel fue el primer tren que los niños vieron en aquel ferrocarril que, con el tiempo, llegaría a serles tan querido. No adivinaban entonces cuánto llegarían a querer al ferrocarril, ni lo pronto que se convertiría en el centro de su nueva vida, ni qué maravillas y cambios les traería. Solo temblaban, estornudaban y esperaban que no hubiera que caminar mucho hasta la nueva casa. Peter no recordaba haber tenido nunca la nariz tan fría. Roberta llevaba el sombrero torcido y le parecía que el elástico le apretaba más de lo habitual. A Phyllis se le habían desatado los cordones de los zapatos.

—Vamos —dijo Mamá—. Tenemos que ir a pie. Aquí no hay coches de alquiler.

El camino estaba oscuro y embarrado. Los niños tropezaban un poco en el terreno desigual y, en una ocasión, Phyllis, por ir distraída, se cayó en un charco y la levantaron mojada y triste. No había faroles de gas en el camino, y el camino iba cuesta arriba. El carro avanzaba a paso de hombre y ellos seguían el crujido de sus ruedas sobre la grava. A medida que los ojos se les acostumbraban a la oscuridad, podían distinguir vagamente la pila de cajas que se balanceaba delante de ellos.

Hubo que abrir una ancha cancela para que pasara el carro y, después, el camino parecía cruzar campos; ahora iba cuesta abajo. Al poco rato apareció hacia la derecha un gran bulto oscuro.

—Ahí está la casa —dijo Mamá—. Me pregunto por qué habrá cerrado ella las contraventanas.

—¿Quién es ella? —preguntó Roberta.

—La mujer a la que contraté para limpiar la casa, colocar los muebles y preparar la cena.

Había un muro bajo y, tras él, unos árboles.

—Ese es el jardín —dijo Mamá.

—Más bien parece una bandeja de asar llena de coles negras —dijo Peter.

El carro siguió junto al muro del jardín y dio la vuelta hacia la parte trasera de la casa, donde entró traqueteando en un patio empedrado y se detuvo ante la puerta de atrás.

No había luz en ninguna ventana.

Todos golpearon con fuerza la puerta, pero no acudió nadie.

El hombre que conducía el carro dijo que suponía que la señora Viney se habría ido a su casa.

—Es que su tren llegó muy tarde —dijo.

—Pero ella tiene la llave —dijo Mamá—. ¿Qué vamos a hacer?

—Ah, la habrá dejado debajo del escalón de entrada —dijo el carretero—. Por aquí se hace así. —Quitó el farol del carro y se agachó.

—Pues sí, aquí está —dijo.

Abrió la puerta con la llave, entró y dejó el farol en la mesa.

—¿Tiene alguna vela? —preguntó.

—No sé dónde está nada —dijo Mamá, con algo menos de alegría que de costumbre.

El carretero encendió un fósforo. Había una vela sobre la mesa y la encendió. A su tenue resplandor, los niños vieron una cocina grande y desnuda, con el suelo de piedra. No había cortinas ni alfombrilla delante de la chimenea. La mesa de cocina de casa estaba en medio de la habitación. Las sillas estaban en un rincón, y las ollas, cacerolas, escobas y vajilla en otro. No había fuego, y en la negra parrilla de la chimenea se veían cenizas frías y muertas.

Cuando el carretero se volvió para salir, después de haber metido las cajas, se oyó un rumor de roces y correteos que parecía venir del interior de las paredes de la casa.

—¡Ay! ¿Qué es eso? —gritaron las niñas.

—Solo son las ratas —dijo el carretero. Y se fue y cerró la puerta, y la súbita corriente de aire apagó la vela.

—Ay, Dios mío —dijo Phyllis—. ¡Ojalá no hubiéramos venido! —Y volcó una silla.

—¡Solo las ratas! —dijo Peter en la oscuridad.


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