Saltar al contenido principal

Lee gratis el capítulo 1. Sin registrarte.

Buscar libros o géneros
Carrito

Tu carrito está vacío.

Ver todos los libros

Abrir o cerrar el menú
Portada del libro «Rebeca de la Granja Sol», de Kate Douglas Smith Wiggin.

Muestra gratuita

Rebeca de la Granja Sol

De Kate Douglas Smith Wiggin

Clásico de dominio público de Kate Douglas Smith Wiggin · Nueva traducción de NovelSpell

Elegir edición

Rebeca de la Granja Sol

Kate Douglas Smith Wiggin

Capítulo 1: «Somos siete»

«SOMOS SIETE»

La vieja diligencia avanzaba dando tumbos por el polvoriento camino que va de Maplewood a Riverboro. Hacía tanto calor como en pleno verano, aunque apenas estaban a mediados de mayo, y el señor Jeremiah Cobb procuraba aliviar cuanto podía el esfuerzo de los caballos, sin olvidar por ello que llevaba el correo. Abundaban las cuestas, y las riendas descansaban flojas entre sus manos mientras él se recostaba en el asiento y extendía con deleite una pierna y un pie sobre el tablero delantero. Llevaba el sombrero de ala, de fieltro gastado, bien calado sobre los ojos, y hacía rodar un bolo de tabaco en el carrillo izquierdo.

En la diligencia iba una sola pasajera: una personita de cabello oscuro con un vestido de lustroso percal color ante. Era tan delgada e iba tan almidonada que se deslizaba de un lado a otro sobre los cojines de cuero, aunque se afirmaba con los pies contra el asiento del medio y extendía a ambos lados las manos enguantadas de algodón para guardar más o menos el equilibrio. Cada vez que las ruedas se hundían más de lo habitual en una rodada o saltaban de pronto sobre una piedra, salía despedida sin querer, volvía a caer, se echaba hacia atrás el gracioso sombrerito de paja y recogía o acomodaba mejor una pequeña sombrilla rosa que parecía constituir su principal responsabilidad; si exceptuamos un monedero de cuentas, al que se asomaba siempre que el estado del camino se lo permitía, al parecer muy satisfecha de comprobar que su precioso contenido ni desaparecía ni menguaba. El señor Cobb no sospechaba nada de aquellos enojosos pormenores del viaje: su oficio consistía en llevar a la gente a su destino, sin que eso lo obligara a procurarles comodidad durante el trayecto. A decir verdad, había olvidado hasta la existencia de aquella única y poco llamativa pasajerita.

Cuando estaba a punto de partir de la oficina de correos de Maplewood aquella mañana, una mujer había bajado de un carro y se le había acercado para preguntarle si aquella era la diligencia de Riverboro y si él era el señor Cobb. Al recibir una respuesta afirmativa, hizo una seña con la cabeza a una niña que esperaba ansiosamente la contestación y que corrió hacia ella como si temiera llegar un instante tarde. La niña tendría quizá diez u once años, pero, contase los veranos que contase, parecía pequeña para su edad. Su madre la ayudó a subir a la diligencia, dejó a su lado un envoltorio y un ramo de lilas, supervisó el «amarre» de un viejo baúl de piel con pelo en la parte trasera y, por último, pagó el pasaje, contando con mucho cuidado las monedas de plata.

—Quiero que la lleve a casa de mis hermanas, en Riverboro —dijo—. ¿Conoce a Mirandy y a Jane Sawyer? Viven en la casa de ladrillo.

¡Válgame Dios, si las conocía como si las hubiera hecho él mismo!

—Pues va a quedarse con ellas, y la están esperando. ¿Tendrá la bondad de vigilarla? Si encuentra manera de bajarse en algún sitio para juntarse con la gente, o de hacer subir a alguien que le dé conversación, lo hará. Adiós, Rebecca; procura no hacer travesuras y estarte quieta, para llegar limpia y bien arreglada. No le des molestias al señor Cobb. Ya ve, está algo alborotada. Ayer vinimos de Temperance en tren, pasamos toda la noche en casa de mi prima y esta mañana hemos venido en coche desde su casa, que está a ocho millas.

—Adiós, mamá, no te preocupes; ya sabes que no es la primera vez que viajo.

La mujer soltó una risa breve y sardónica y explicó al señor Cobb: —Ha ido a Wareham y ha pasado allí una noche. ¡No es para andar presumiendo de viajes!

—Eso ERA VIAJAR, mamá —repuso la niña con vehemencia y obstinación—. Salimos de la granja, llevamos la comida en una cesta, fuimos un rato en coche y otro en tren de vapor, y nos llevamos los camisones.

—Aunque así fuera, no hace falta que se lo cuentes a todo el pueblo —dijo la madre, interrumpiendo los recuerdos de aquella experta viajera—. ¿No te he dicho ya —susurró, en un último intento de imponer disciplina— que no debes hablar en voz alta de camisones, medias y… cosas así, sobre todo cuando hay hombres delante?

—Lo sé, mamá, lo sé, y no lo haré. Lo único que quiero decir es… —En ese momento el señor Cobb chasqueó la lengua, sacudió las riendas y los caballos emprendieron sosegadamente su faena diaria—. Lo único que quiero decir es que es un viaje cuando… —La diligencia ya estaba de veras en marcha y Rebecca tuvo que asomar la cabeza por la ventanilla de encima de la puerta para acabar la frase—. ¡SÍ que es un viaje cuando se lleva un camisón!

La palabra censurable, proferida en un agudo registro infantil, llegó hasta los ofendidos oídos de la señora Randall, que siguió con la mirada la diligencia hasta perderla de vista, recogió sus paquetes del banco situado a la puerta de la tienda y subió al carro que esperaba junto al poste de amarre. Al volver el caballo hacia el camino de casa, se puso de pie un momento y, protegiéndose los ojos con la mano, miró una nube de polvo en la borrosa lejanía.

—Mirandy va a tener trabajo de sobra, me parece —se dijo—; pero no me extrañaría que eso fuera lo que hiciera de Rebecca una mujer de provecho.

Todo aquello había sucedido media hora antes, y el sol, el calor, el polvo y la consideración de los encargos que debía hacer en la gran metrópoli de Milltown habían adormecido la mente del señor Cobb, nunca muy activa, hasta hacerle olvidar por completo su promesa de vigilar a Rebecca.

De pronto oyó una vocecita por encima del traqueteo de las ruedas y el crujido de los arreos. Al principio creyó que era un grillo, una rana arborícola o un pájaro, pero, una vez determinada su procedencia, volvió la cabeza por encima del hombro y vio una figurita asomada por la ventanilla hasta donde la prudencia permitía. Una larga trenza negra oscilaba al compás de la diligencia; la niña sostenía el sombrero con una mano y con la otra intentaba en vano pinchar al cochero con su microscópica sombrilla.

—¡Por favor, déjeme decirle una cosa! —gritó.

El señor Cobb detuvo obedientemente los caballos.

—¿Cuesta más ir ahí arriba con usted? —preguntó—. Aquí dentro está todo tan resbaladizo y brillante, y la diligencia es tan grande para mí, que voy dando tumbos y estoy casi llena de moretones. Además, las ventanillas son tan pequeñas que solo veo trozos de las cosas, y casi me he roto el cuello de tanto estirarlo para saber si el baúl se había caído de atrás. Es de mi madre, y lo cuida muchísimo.

El señor Cobb esperó a que cesara aquel caudal de conversación, o, mejor dicho, aquel torrente de críticas, y después respondió en tono de broma:

—Puedes subir si quieres; por sentarte a mi lado no hay que pagar de más. —Y, dicho esto, la ayudó a salir, la «aupó» al asiento delantero y volvió a ocupar su puesto.

Rebecca se sentó con cuidado, se alisó con meticulosa precisión el vestido bajo el cuerpo y colocó la sombrilla bajo los pliegues extendidos entre el cochero y ella. Hecho esto, se echó atrás el sombrero, se subió los guantes zurcidos de algodón blanco y dijo encantada:

—¡Ah, esto ya es otra cosa! ¡Esto sí que es viajar! Ahora soy una pasajera de verdad; ahí dentro me sentía como nuestra gallina clueca cuando la encerramos en una jaula. ¿Nos quedará mucho, mucho camino? Ojalá.

—¡Si apenas hemos empezado! —respondió afablemente el señor Cobb—. Más de dos horas.

—Solo dos horas —suspiró ella—. Entonces será la una y media; mamá estará en casa de la prima Ann, los niños ya habrán comido en casa y Hannah lo habrá recogido todo. Traigo algo de comer, porque mamá dijo que sería empezar con mal pie llegar con hambre a la casa de ladrillo y que la tía Mirandy tuviera que darme de comer nada más llegar. Hace un buen día para que crezcan las plantas, ¿verdad?

—Desde luego; hasta demasiado calor hace. ¿Por qué no abres la sombrilla?

La niña extendió aún más el vestido sobre el objeto en cuestión y respondió: —¡Ay, no! Nunca la abro cuando hace sol; el rosa se destiñe muchísimo, ¿sabe?, y solo la llevo al culto los domingos nublados. A veces sale el sol de repente, y las paso negras para taparla; es lo que más quiero en el mundo, pero es una preocupación tremenda.

En aquel momento fue abriéndose paso poco a poco en la lenta mente del señor Jeremiah Cobb la idea de que el ave posada a su lado tenía un plumaje muy distinto del de las que solían acompañarlo en sus recorridos diarios. Devolvió el látigo a su soporte, retiró el pie del tablero, se echó atrás el sombrero, escupió el bolo de tabaco al camino y, tras despejar así la cubierta de su mente para entrar en acción, miró bien por primera vez a la pasajera, que le sostuvo la mirada con una seria expresión de curiosidad infantil y amistosa.

El percal color ante estaba desteñido, pero escrupulosamente limpio y almidonado a más no poder. El cuello esbelto de la niña, muy moreno y delgado, sobresalía del pequeño volante alzado del vestido, y la cabeza parecía pequeña para soportar el peso del cabello oscuro, recogido en una gruesa trenza que le llegaba a la cintura. Llevaba una extraña gorrita blanca con visera, de paja de Liorna, que tanto podía ser la última novedad en sombreros infantiles como una antigua prenda de gala remozada para la ocasión. La adornaban una cinta retorcida color ante y un ramillete de púas de puercoespín negras y anaranjadas, que colgaban o se erizaban rígidamente sobre una oreja y le daban un aspecto de lo más singular y pintoresco. Tenía el rostro pálido y de contornos afilados. En cuanto a facciones, debía de tener el número habitual, aunque la atención del señor Cobb nunca llegaba a la nariz, la frente ni la barbilla: los ojos la apresaban por el camino y no la soltaban. Los ojos de Rebecca eran como la fe: «la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven». Bajo las cejas delicadamente trazadas brillaban como dos estrellas, con sus luces danzantes medio ocultas en una oscuridad lustrosa. Su mirada era ávida y llena de interés, pero nunca quedaba satisfecha; cuando se fijaba en algo, era brillante y misteriosa, y parecía atravesar lo evidente para llegar a algo que estaba más allá, en el objeto, en el paisaje, en uno mismo. Nadie había logrado explicar aquellos ojos de Rebecca. Lo habían intentado el maestro y el pastor de Temperance, sin conseguirlo; la joven pintora que venía en verano a dibujar el granero rojo, el molino en ruinas y el puente había acabado por abandonar todas aquellas bellezas locales para dedicarse al rostro de una niña: un rostro pequeño y poco agraciado, iluminado por unos ojos que transmitían tantos mensajes, tantas sugerencias, tantos indicios de una fuerza y una perspicacia dormidas, que uno nunca se cansaba de mirar sus luminosas profundidades ni de imaginar que lo que veía allí era el reflejo de sus propios pensamientos.

El señor Cobb no llegó a ninguna de aquellas generalizaciones; lo que le dijo a su esposa aquella noche fue, sencillamente, que cada vez que la niña lo miraba lo dejaba patas arriba.

—La señorita Ross, una señora que pinta, me regaló la sombrilla —dijo Rebecca, después de intercambiar miradas con el señor Cobb y aprenderse su cara de memoria—. ¿Se fijó en el doble volante recortado en picos y en la punta y el mango blancos? Son de marfil. El mango tiene marcas, ¿ve? Es porque Fanny lo chupó y lo mordisqueó durante el culto cuando yo no miraba. Desde entonces ya no siento lo mismo por Fanny.

—¿Fanny es tu hermana?

—Es una de ellas.

—¿Cuántos son ustedes?

—Siete. Hay unos versos escritos sobre siete niños:

«Pronta fue la respuesta de la niña:

¡Oh, señor, somos siete!»

—Me los aprendí para recitarlos en la escuela, pero los demás fueron odiosos y se rieron. Hannah es la mayor, después vengo yo, luego John, luego Jenny, luego Mark, luego Fanny y luego Mira.

—¡Pues SÍ que es una familia numerosa!

—Demasiado numerosa, dice todo el mundo —respondió Rebecca con una franqueza inesperada y enteramente adulta que hizo murmurar al señor Cobb «¡Caramba!» y ponerse más tabaco en el carrillo izquierdo.

—Son un encanto, pero dan tanto trabajo y cuesta tanto alimentarlos, ¿sabe? —prosiguió con alegre fluidez—. Hannah y yo llevamos años y años sin hacer más que acostar bebés por la noche y levantarlos por la mañana. Pero eso ya se acabó, por suerte, y lo pasaremos de maravilla cuando todos seamos mayores y esté pagada la hipoteca.

—¿Ya se acabó? Ah, ¿lo dices porque te has venido?

—No, quiero decir que ya no va a haber más; nuestra familia está completa. Mamá lo dice, y siempre cumple sus promesas. No ha habido ninguno desde Mira, y ya tiene tres años. Nació el día en que murió papá. La tía Miranda quería que viniera Hannah a Riverboro en vez de mí, pero mamá no podía prescindir de ella; Hannah se da más maña que yo con las tareas de la casa. Anoche le dije a mamá que, si iba a haber más niños mientras yo estaba fuera, tendrían que mandarme llamar, porque cuando hay un bebé siempre hacemos falta Hannah y yo, las dos, pues mamá tiene que ocuparse de la cocina y de la granja.

—Ah, ¿conque vives en una granja? ¿Dónde está? ¿Cerca de donde te subiste?

—¿Cerca? ¡Si debe de estar a miles de millas! Vinimos de Temperance en tren. Después hicimos un largo camino en coche hasta casa de la prima Ann y nos acostamos. Después nos levantamos y recorrimos otro trecho larguísimo hasta Maplewood, donde estaba la diligencia. Nuestra granja está lejos de todas partes, pero la escuela y la iglesia están en Temperance, y eso solo queda a dos millas. Estar sentada aquí arriba con usted es casi tan bueno como subirse al campanario de la iglesia. Conozco a un niño que ha subido al nuestro. Dijo que las personas y las vacas parecían moscas. Todavía no nos hemos cruzado con nadie, pero las vacas me han decepcionado un POCO: no parecen tan pequeñas como yo esperaba; aunque (animándose) tampoco parecen tan grandes como si estuviéramos abajo, a su lado, ¿verdad? Los niños siempre hacen las cosas bonitas y espléndidas, y las niñas solo pueden hacer las feas y aburridas que sobran. No pueden trepar tan alto, ni ir tan lejos, ni quedarse fuera hasta tan tarde, ni correr tan deprisa, ni nada.

El señor Cobb se limpió la boca con el dorso de la mano y tomó aire. Tenía la sensación de que lo llevaban a toda prisa de una cumbre a otra de una cordillera, sin darle tiempo a respirar a fondo entre una y otra.

—No consigo situar tu granja —dijo—, aunque he estado en Temperance y antes vivía por allí. ¿Cómo se apellida tu familia?

—Randall. Mi madre se llama Aurelia Randall; nosotros nos llamamos Hannah Lucy Randall, Rebecca Rowena Randall, John Halifax Randall, Jenny Lind Randall, Marquis Randall, Fanny Ellsler Randall y Miranda Randall. Mamá les puso nombre a la mitad y papá a la otra mitad, pero, como no salíamos pares, los dos pensaron que estaría bien llamar a Mira como la tía Miranda de Riverboro; tenían la esperanza de que sirviera de algo, pero no sirvió, y ahora la llamamos Mira. Todos llevamos el nombre de alguien en particular. Hannah es Hannah, la que cose zapatos junto a la ventana, y a mí me sacaron de Ivanhoe; John Halifax era un caballero de un libro; Mark lleva el nombre de su tío Marquis de Lafayette, que murió siendo gemelo. (Los gemelos muchas veces no llegan a mayores, y los trillizos casi nunca; ¿lo sabía, señor Cobb?). No lo llamamos Marquis, solo Mark. Jenny lleva el nombre de una cantante, y Fanny el de una bailarina hermosa, pero mamá dice que los dos nombres les vienen mal, porque Jenny no sabe entonar y Fanny tiene las piernas un poco tiesas. A mamá le gustaría llamarlas Jane y Frances y quitarles el segundo nombre, pero dice que no sería justo con papá. Dice que siempre debemos defender a papá, porque todo se puso en su contra y no habría muerto si no hubiera tenido tan mala suerte. Creo que eso es todo lo que hay que contar de nosotros —concluyó con seriedad.

—¡Santo cielo! Yo diría que ya es bastante —exclamó el señor Cobb—. ¡No quedarían muchos nombres cuando tu madre acabó de escoger! ¡Vaya si tienes buena memoria! Supongo que aprenderte las lecciones no te dará mucho trabajo, ¿verdad?

—No mucho; lo difícil es conseguir zapatos para ir a aprenderlas. Estos que llevo son nuevecitos y tienen que durarme seis meses. Mamá siempre me dice que ahorre zapatos. No parece haber otra manera de ahorrar zapatos que quitárselos y andar descalza; pero no puedo hacer eso en Riverboro sin avergonzar a la tía Mirandy. Ahora que voy a vivir con la tía Mirandy iré a la escuela sin faltar, y dentro de dos años iré al colegio de señoritas de Wareham; ¡mamá dice que eso debería hacer de mí una mujer de provecho! Cuando termine los estudios voy a ser pintora, como la señorita Ross. Al menos, eso es lo que yo creo que voy a ser. Mamá piensa que sería mejor que enseñara.

—Tu granja no será la antigua propiedad de los Hobbs, ¿verdad?

—No, es solo la granja de los Randall. Al menos así la llama mamá. Yo la llamo granja Sunnybrook.

—Me parece que da lo mismo cómo la llames, con tal de que sepas dónde está —observó sentenciosamente el señor Cobb.

Rebecca volvió hacia él toda la luz de sus ojos, con un reproche casi severo, y respondió:

—¡Ay, no diga eso, no sea como todos los demás! Sí que importa cómo se llaman las cosas. Cuando digo granja de los Randall, ¿ve usted cómo es?

—No, no puedo decir que la vea —respondió incómodo el señor Cobb.

—Y ahora, cuando digo granja Sunnybrook, ¿en qué le hace pensar?

El señor Cobb se sentía como un pez sacado de su elemento y abandonado en la arena, jadeante; no había manera de eludir la terrible responsabilidad de una respuesta, pues los ojos de Rebecca eran reflectores que traspasaban su presunto cerebro y le divisaban la calva de la parte de atrás de la cabeza.

—Supongo que habrá un arroyo por alguna parte, cerca —dijo tímidamente.

Rebecca pareció decepcionada, aunque no del todo desalentada. —Eso está bastante bien —dijo para animarlo—. Tibio, pero no caliente; hay un arroyo, pero no es un arroyo corriente. Tiene árboles jóvenes y arbustos recién nacidos a ambos lados, y es un arroyito poco profundo y parlanchín, con el fondo de arena blanca y muchas piedrecitas relucientes. En cuanto hay un poquito de sol, el arroyo lo atrapa, y está siempre lleno de destellos, todo el santo día. ¿No siente un vacío en el estómago? Yo sí. Tenía tanto miedo de perder la diligencia que no pude desayunar.

—Entonces será mejor que comas lo que traes. Yo no como nada hasta llegar a Milltown; allí me tomo un pedazo de pastel y una taza de café.

—Ojalá pudiera ver Milltown. Supongo que será más grande y espléndido incluso que Wareham; ¿más parecido a París? La señorita Ross me habló de París; allí compró mi sombrilla rosa y mi monedero de cuentas. ¿Ve cómo se abre con un chasquido? Tengo veinte centavos dentro, y tienen que durarme tres meses, para sellos, papel y tinta. Mamá dice que la tía Mirandy no querrá comprar esas cosas, cuando ya me da de comer, me viste y paga mis libros de la escuela.

—Paris no es gran cosa —dijo desdeñosamente el señor Cobb—. Es el lugar más aburrido del estado de Maine. He ido muchas veces en coche hasta allí.

Una vez más Rebecca se vio obligada a reprender al señor Cobb, tácita y calladamente, pero con no menor eficacia, aunque el reproche se limitara a una mirada, tan rápida en llegar como en retirarse.

—París es la capital de Francia, y para ir hay que tomar un barco —dijo en tono didáctico—. Está en mi libro de geografía, y dice: «Los franceses son un pueblo alegre y cortés, aficionado al baile y a los vinos ligeros». Le pregunté al maestro qué eran los vinos ligeros, y él pensaba que sería algo parecido a la sidra nueva, o quizá al refresco de jengibre. Con solo cerrar los ojos puedo ver París con toda claridad. Las señoras hermosas están siempre bailando alegremente con sombrillas rosas y monederos de cuentas, y los grandes caballeros bailan con mucha cortesía y beben refresco de jengibre. Pero usted puede ver Milltown casi todos los días con los ojos bien abiertos —añadió Rebecca con añoranza.

—Milltown tampoco es gran cosa —replicó el señor Cobb, con el aire de haber visitado todas las ciudades de la tierra y haberlas encontrado insignificantes—. Ahora mira cómo tiro este periódico justo al umbral de la señora Brown.

¡Paf! Y el paquete cayó exactamente donde debía, en la estera de hojas de maíz que había delante de la puerta mosquitera.

—¡Oh, qué maravilla! —exclamó Rebecca entusiasmada—. ¡Igual que el lanzador de cuchillos que Mark vio en el circo! ¡Ojalá hubiera una fila muy, muy larga de casas, cada una con una estera de hojas de maíz y una puerta mosquitera en medio, y un periódico para tirar en cada una!

—En alguna podría fallar, ¿sabes? —dijo el señor Cobb, radiante de modesto orgullo—. Si tu tía Mirandy te deja, te llevaré a Milltown algún día de este verano, cuando la diligencia no vaya llena.

Un delicioso estremecimiento de emoción recorrió el cuerpo de Rebecca, desde los zapatos nuevos hacia arriba, arriba, hasta la gorrita de paja de Liorna, y luego bajó por la trenza negra. Apretó con fervor la rodilla del señor Cobb y dijo, con la voz ahogada por las lágrimas de alegría y asombro: —¡No puede ser verdad, no puede ser; pensar que voy a ver Milltown! ¡Es como tener un hada madrina que le pregunta a uno qué desea y luego se lo concede! ¿Ha leído alguna vez Cenicienta, El enano amarillo, La rana encantada o La bella de los cabellos de oro?

—No —dijo cautelosamente el señor Cobb, tras reflexionar un momento—. No me parece que haya leído precisamente esos. ¿Cómo has tenido ocasión de leer tanto?

—Oh, he leído muchísimos libros —respondió Rebecca como si tal cosa—. Los de papá, los de la señorita Ross, los de los distintos maestros y todos los de la biblioteca de la escuela dominical. He leído El farolero, y Los jefes escoceses, e Ivanhoe, y El heredero de Redclyffe, y Cora, la esposa del médico, y David Copperfield, y El oro de Chickaree, y las Vidas paralelas de Plutarco, y Tadeo de Varsovia, y El progreso del peregrino, y muchos más. ¿Qué ha leído usted?

—No he tenido ocasión de leer precisamente esos libros; pero ¡caramba!, ¡yo he leído muchísimo en mis tiempos! Ahora ando tan atareado que me conformo con el Almanaque, el Weekly Argus y el Maine State Agriculturist. Ahí está el río otra vez; esta es la última cuesta larga, y cuando lleguemos arriba veremos a lo lejos las chimeneas de Riverboro. Ya no queda mucho. Yo vivo como a media milla más allá de la casa de ladrillo.

La mano de Rebecca se agitó nerviosamente en su regazo y ella se removió en el asiento. —No creí que fuera a tener miedo —dijo casi en un susurro—; pero me parece que sí tengo, un poquito nada más…, cuando usted dice que ya estamos tan cerca.

—¿Te volverías? —preguntó el señor Cobb con curiosidad.

Ella le lanzó una mirada intrépida y respondió con orgullo: —Yo nunca me volvería; podría tener miedo, pero me daría vergüenza huir. Ir a casa de la tía Mirandy es como bajar al sótano a oscuras. Puede haber ogros y gigantes debajo de la escalera; pero, como le digo a Hannah, ¡también PUEDE haber elfos, hadas y ranas encantadas! ¿Hay una calle principal en el pueblo, como en Wareham?

—Supongo que se la podría llamar calle principal, y tu tía Sawyer vive en ella, pero no hay tiendas ni molinos, ¡y es un pueblucho! Si quieres ver algo de movimiento, tienes que cruzar el río y venir a nuestro lado.

—Casi lo siento —suspiró ella—, porque sería tan espléndido recorrer una calle principal de verdad, sentada aquí arriba, detrás de dos caballos magníficos, con la sombrilla rosa abierta y todo el pueblo preguntándose de quién serán el ramo de lilas y el baúl de piel con pelo. Sería igual que la hermosa señora del desfile. El verano pasado vino el circo a Temperance, y por la mañana hubo un desfile. Mamá nos dejó ir a todos al pueblo a pie y llevar a Mira en el cochecito, porque no teníamos para ir al circo por la tarde. Y había caballos preciosos y animales en jaulas, y payasos a caballo; y al final de todo venía una pequeña carroza roja y dorada, tirada por dos ponis, y dentro, sentada en un cojín de terciopelo, iba la encantadora de serpientes, toda vestida de raso y lentejuelas. Era de una belleza tan incomparable, señor Cobb, que al mirarla se le hacían a uno nudos en la garganta y tenía que tragárselos, y pequeños escalofríos le subían y bajaban por la espalda. ¿Entiende lo que quiero decir? ¿Nunca ha visto a nadie que lo hiciera sentirse así?

El señor Cobb se sintió en aquel momento más incómodo que en cualquier otro de aquella mañana llena de acontecimientos, pero eludió hábilmente la cuestión diciendo: —Yo no veo nada de malo en que hagamos nuestra entrada con toda la pompa que se pueda. Sacaré el látigo, me sentaré bien derecho y llevaré los caballos deprisa; tú sostén el ramo en el regazo y abre tu sombrillita roja, ¡y haremos que todos los del pueblo se queden mirando!

El rostro de la niña resplandeció un instante, pero el brillo se apagó con la misma rapidez cuando dijo: —Se me olvidaba: mamá me sentó dentro, y quizá quiera que vaya allí cuando llegue a casa de la tía Mirandy. A lo mejor es más fino ir dentro, y así no tendrían que bajarme de un salto y no se me levantaría la ropa, sino que podría abrir la puerta y bajar como una señora que va de viaje. ¿Tendría la bondad de parar un momento, señor Cobb, para que me cambie?

El cochero detuvo de buen grado los caballos, bajó en brazos a la excitada criaturita, abrió la puerta y la ayudó a entrar, dejando a su lado las lilas y la sombrilla rosa.

—Hemos hecho un gran viaje —dijo—, y hemos llegado a conocernos muy bien, ¿verdad? ¿No te olvidarás de lo de Milltown?

—¡Jamás! —exclamó ella con fervor—. ¿Y está seguro de que usted tampoco se olvidará?

—¡Jamás! ¡Palabra de honor! —juró solemnemente el señor Cobb mientras volvía a subir al pescante; y cuando la diligencia recorrió con estrépito la calle del pueblo, entre los verdes arces, quienes se asomaron a las ventanas vieron a una duendecilla morena vestida de percal color ante, sentada muy formal en el asiento trasero, con un gran ramo fuertemente sujeto en una mano y una sombrilla rosa en la otra. Si su vista hubiera sido lo bastante aguda, tal vez habrían visto, cuando la diligencia entró en el patio de la entrada lateral de la vieja casa de ladrillo, un canesú de percal que subía y bajaba tempestuosamente sobre el corazón que latía debajo, el rubor que iba y venía en dos mejillas pálidas y una bruma de lágrimas que flotaba en dos brillantes ojos oscuros.

El viaje de Rebecca había terminado.

—Ahí está la diligencia entrando en el patio de las muchachas Sawyer —dijo la señora Perkins a su marido—. Esa debe de ser la sobrina de Temperance. Parece que escribieron a Aurelia para invitar a Hannah, la mayor, pero Aurelia dijo que podía prescindir mejor de Rebecca, si a Mirandy y a Jane les daba lo mismo; así que la que ha venido es Rebecca. Será buena compañía para nuestra Emma Jane, ¡pero no creo que la tengan ni tres meses! Por lo que alcanzo a ver, es negra como una india; negra y con aire resuelto. Antes se decía que uno de los Randall se había casado con una española, una que enseñaba música e idiomas en un internado. Lorenzo era de tez morena, ya te acuerdas, y esta niña también. Bueno, no creo yo que tener sangre española sea una verdadera deshonra, no si viene de muy atrás y la mujer era respetable.


Preferencias de cookies y privacidad

Tú controlas tus datos

Conoce más sobre las cookies que usamos y elige cuáles permitir.

  • Estas cookies son necesarias para que el sitio funcione correctamente y puedas, por ejemplo, iniciar sesión y agregar productos al carrito.

  • Estas cookies guardan información sobre tus acciones para personalizar tu próxima visita al sitio web.

  • Nosotros y nuestros socios, incluido Shopify, usamos estas cookies para optimizar las comunicaciones de marketing y mostrarte anuncios en otros sitios web.

  • Estas cookies nos ayudan a entender cómo interactúas con el sitio. Usamos estos datos para identificar qué podemos mejorar.