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Portada del libro «Lo que se lleva el pabellón», de Diana Talbot

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Lo que se lleva el pabellón

De Diana Talbot

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Capítulo 1

La habitación olía a pintura de látex recién aplicada sobre algo mucho más viejo, como cuando un ambientador nuevo en un auto no engaña a nadie sobre el olor a perro.

Mitchell Brown se quedó en el umbral del Dormitorio Norte con la bolsa de viaje colgada de un hombro y contó. La puerta de la escalera, la del baño, esta puerta, las dos que había dejado atrás al subir por el pasillo. Cinco. No había decidido contarlas. Le salía sin pensarlo, como a otras personas crujirse los nudillos.

Su mitad de la habitación tenía una cama, un escritorio, una ventana con un mosquitero del color del té aguado y una pared donde terminaba el yeso nuevo y continuaba la piedra antigua. En las esquinas, la piedra tenía un brillo gris y duro, como el interior de un lavabo. Alguien había atornillado una tarjeta plastificada junto al interruptor: BIENVENIDO A HALCYON. SEIS SEMANAS. ESFUÉRZATE. La esquina superior ya empezaba a despegarse, y Mitchell sintió unas ganas imperiosas de volver a apretarla contra la pared.

Veinte minutos después llegó su compañero de habitación, arrastrando una mochila remendada y una bolsa de basura llena de ropa de cama.

—Brian —dijo el chico—. Payne. Como «pain», lo que duele. —La broma cayó en saco roto, como evidentemente ya había ocurrido otras veces—. Perdón. Es que... la gente lo dice antes, así que yo lo digo primero.

—Mitchell. —Le tendió la mano y Brian se la estrechó como si estuvieran firmando algo—. Puedes quedarte con la ventana si quieres. Me da igual.

—¿La ventana? —Brian miró la ventana, después las camas y luego otra vez la ventana—. ¿Estás seguro? Porque no quiero...

—Estoy seguro.

La sudadera con capucha de Brian le quedaba dos tallas grandes y era gris como agua de fregar; antes de tocar el picaporte para cerrar la puerta, se bajó la manga hasta cubrirse la palma. No fue exactamente un respingo. Más bien una regla que llevaba tanto tiempo siguiendo que ya ni sabía que existía.

Mitchell volvió a desempacar siguiendo su sistema: la ropa en los dos cajones inferiores, los libros apilados por tamaño sobre el escritorio y el sobre manila de la Fundación Halcyon enterrado debajo de todo, donde no tendría que ver su nombre junto a la palabra CONCEDIDA. El sobre había recorrido todo el trayecto desde Beaver Falls sobre sus piernas. Su madre le había puesto una banda elástica alrededor, que era su manera de bendecirlo.

A su espalda, el armazón de la cama chirrió.

—Está separada de la pared —dijo Brian—. La cabecera. Sobresale unos... —Se agachó y entornó los ojos para mirar dentro del hueco—. Aquí atrás hay toda una cosa. Hay una tubería.

—¿Quieres que te ayude?

—No, no. Puedo solo. Puedo solo.

Mitchell estaba doblando una camiseta cuando oyó el segundo chirrido, más breve, y luego un sonido que no provenía del armazón. Fue la pequeña inhalación húmeda que alguien deja escapar cuando su cuerpo ha comprendido algo medio segundo antes que él.

Brian estaba de rodillas, con la mano derecha levantada ante la cara y la palma hacia fuera, como si fuera a prestar juramento. La sangre brotó deprisa por uno de sus pliegues, llenó las líneas y empezó a gotear. Tres gotas cayeron sobre las tablas del piso y luego una cuarta. Las tablas eran viejas y sedientas; las gotas se absorbieron y sus bordes se volvieron marrones de inmediato.

—Bueno —dijo Brian—. Bueno. Esto... está bien.

—No la cierres. —Mitchell ya se movía—. Mantenla abierta y en alto. Más arriba que el corazón.

En el hueco detrás del armazón, donde habían recortado el yeso para la remodelación, una tira de cobre sobresalía de la pared, reluciente y recién expuesta, con el borde superior afilado por las tijeras de hojalatero de alguien. No era un clavo. Ni un resorte. Era una cinta de metal limpia y brillante, con un trozo de la palma de Brian del tamaño aproximado de una uña todavía pegado a ella.

La lata azul de primeros auxilios estaba en la bolsa de viaje de Mitchell, debajo de dos cosas, porque siempre estaba debajo de dos cosas. Era de esmalte azul, con una cruz blanca cuyo centro se había vuelto gris por el roce de los pulgares. En un principio había sido la lata de costura de su abuela, y bajo el olor de las toallitas con alcohol aún conservaba un tenue aroma a hilo viejo.

La sacó, regresó y se arrodilló sobre las tablas; Brian le tendió la mano.

Más tarde, en la enfermería y durante el resto de aquel verano, Mitchell volvería una y otra vez a ese momento: Brian se la tendió. No hizo falta pedírselo.

—Habrá que enjuagarla —dijo Mitchell—. El cobre está sucio y esa tira tiene una rebaba. ¿Quieres que te explique lo que hago o prefieres que lo haga sin más?

—Puedes explicármelo. —La voz de Brian se había vuelto débil y cortés—. Prefiero saberlo. No me gusta que la gente no diga nada.

—Bien. Tres cosas. —Dejó la lata en el piso entre ambos y la abrió con el pulgar—. Una: la lavo, y eso te va a arder más que el corte, como debe ser. Dos: le pongo una gasa y presiono, más fuerte y durante más tiempo de lo que te gustará. Tres: la sujeto con cinta. Después la dejas en paz y para el jueves ya será aburrida.

—Aburrida para el jueves. —Brian soltó el aire en algo parecido a una risa—. De acuerdo.

Puso la mano en la de Mitchell.

Era una mano fría para una noche calurosa. Mitchell la sostuvo firme, con los dedos bajo la muñeca de Brian y el pulgar junto a la base del pulgar de él, y trabajó sobre el cesto de basura con la solución salina. El corte cruzaba en diagonal la parte carnosa de la palma, desde debajo del índice hacia la muñeca. No era lo bastante profundo para nada espectacular, pero sí largo, y los cortes largos en las manos sangran como una mala broma de fontanería. El brazo entero de Brian se puso rígido con el lavado, pero él no se movió. Tenía práctica en quedarse quieto. Mitchell guardó ese dato sin saber aún por qué.

—Habla —dijo Mitchell—. ¿De dónde eres?

—De Michigan. Más o menos. —El brazo rígido se relajó cerca de un 10 %—. Mi tía vive en Michigan. Antes estaba con mi otra tía. Es una especie de sistema rotativo... —Se interrumpió—. Estás presionando.

—Estoy presionando. —La gasa estéril ya se teñía de rosa bajo su pulgar. Mitchell mantuvo la palma extendida sobre la de Brian, descargó el peso sobre ella y no la soltó. Sus manos permanecieron unidas así el tiempo suficiente para que la habitación se sumiera en el silencio. Abajo, en algún punto del patio, una chica se reía de la maleta de alguien—. Sigue hablando.

—Tienes una beca.

—¿Cómo lo sabes?

—Trajiste un botiquín —dijo Brian—. Y tu bolsa es de una ferretería.

Mitchell se rio y luego tuvo que volver a afirmar la mano. —Esa es la verdad más cruel que me han dicho hoy.

—No quise...

—Sé lo que quisiste decir. Tengo una beca. Completa. Mi mamá lloró en el estacionamiento de un Sheetz. —Levantó el pulgar, miró y volvió a apoyarlo mientras contaba despacio—. Bien. Está sangrando menos.

Durante todo el tiempo que trabajó, la piedra antigua al pie de la pared exhaló contra su brazo un soplo fresco, ese frío que sube de un sótano en agosto y no tiene nada que ver con el clima exterior. Bellwether Hall había sido el Hospital Saint Orison desde 1891 hasta que dejó de serlo. La academia de verano había pintado los pasillos de color avena e instalado un bosque de señales de salida. La piedra seguía fría.

Mitchell fijó el vendaje sobre la palma de Brian con dos tiras de anclaje en la base de los dedos, para que no tirara al cerrar el puño. Luego limpió el piso, porque la sangre se fija en las tablas viejas como una mancha en una camisa, echó los envoltorios y la gasa usada en el cesto de basura y dejó la lata azul de primeros auxilios sobre su propio escritorio, junto a los libros.

—Gracias —dijo Brian. Miraba su propia mano como si perteneciera a una tercera persona presente en la habitación. —En serio. La mayoría habría llamado a un asistente de residencia.

—Un asistente de residencia habría traído un formulario.

—Un asistente de residencia habría traído un formulario —repitió Brian despacio, y estuvo a punto de sonreír.

Pasaron la tarde haciendo que la habitación pareciera habitada: Mitchell movió los muebles mientras Brian se ocupaba de las tareas que podían hacerse con una sola mano. Brian doblaba los envoltorios de sus dulces en cuadraditos precisos antes de tirarlos. Alineó los zapatos bajo la cama, con los talones parejos. Al desempacar, todo lo que poseía cupo en tres cajones, y aun así lo ordenó como si esperara una inspección.

La tira de cobre se quedó donde estaba. Mitchell encajó de nuevo el armazón contra la pared para cubrirla y anotó en el teléfono que debía avisar a alguien por la mañana; después, como tenía dieciséis años y la jornada había durado once horas, olvidó por completo la nota.

Poco antes del toque de queda, Brian se sentó en el borde de la cama y levantó la mano bajo la lámpara del escritorio.

—La siento apretada —dijo.

Mitchell dejó el libro. —¿Apretada cómo? ¿Como si la cinta te tirara del vello o como si se te hubieran dormido los dedos?

—No sé. Apretada.

—Dámela. No la desenvuelvas.

Brian le tendió la mano y Mitchell la sujetó por la muñeca, cuidando de no tocar el vendaje, y presionó con la yema del pulgar cada una de sus uñas. El color rosado volvió a cada una antes de que pudiera contar hasta dos. Los dedos estaban calientes. Por encima de la cinta no había ninguna hinchazón digna de ese nombre.

—Estás bien —dijo—. La circulación es buena. Está apretada porque así debe estar: eso es lo que mantiene unidos los bordes. Déjatela puesta hasta mañana.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana. Si los dedos se te ponen blancos, azules o insensibles, despiértame; cortaré la cinta y volveré a vendarte. Si no, estaré profundamente dormido.

Brian se recostó sobre la manta con la mano vendada apoyada en el pecho, y Mitchell apagó la lámpara.

El reloj que la escuela había atornillado al estante sobre la puerta era un aparato digital viejo y grueso, de números rojos, de esos que se encuentran por 2 dólares en una venta de garaje, y emitía un zumbido. En la oscuridad era el objeto más ruidoso de la habitación.

11:09.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Brian.

—Claro.

—¿Oíste una campana antes? Anoche, más o menos a esta hora... —Se interrumpió—. No hubo un anoche. Quiero decir que el tipo del mostrador dijo que hay una campana.

—Hay una campana. —Mitchell se había enterado mientras hacía fila para la orientación, cuando un consejero que ya llevaba tres veranos allí lo contó como una broma—. Es de cuando este lugar era un hospital. Cambio de turno. Nunca retiraron el mecanismo, así que todavía suena y, por lo visto, lo hace a la hora equivocada. Lleva sonando a la hora equivocada desde antes de que naciera cualquiera de los que están aquí.

—La hora equivocada.

—Las 11:13 o algo así. Una hora absurda para cualquier cosa.

11:11.

—Hay cuatro minutos de diferencia —dijo Brian—. Si se supone que debe sonar a las 11:15.

—Hay dos minutos de diferencia si se supone que debe sonar a las 11:15.

—Cierto. Dos. —Hubo una pausa—. Perdón. No tengo la cabeza... La mano me palpita.

—Va a palpitar. Es el principio de la parte aburrida.

11:12.

Mitchell yacía allí con los anteojos plegados sobre el alféizar, mientras la habitación se volvía azul grisácea por los bordes y sus palmas descansaban extendidas sobre la manta, como dormía desde niño. Pensó en el sobre manila del cajón inferior, en seis semanas y en si sería raro preguntarle a su compañero de habitación, el primer día, si alguna vez cenaba con alguien.

Los números cambiaron.

La campana sonó en ese mismo instante. Una auténtica masa de sonido de bronce llegó desde algún punto del tejado del ala antigua, atravesó la piedra, entró en el armazón de la cama de Mitchell y le subió por la columna como si alguien hubiera golpeado el edificio mismo.

Brian dijo: —Ah.

Y la mano derecha de Mitchell se abrió.

Esa fue la única forma que encontró de describirlo. Al principio no fue un corte. Fue una abertura, una línea trazada desde debajo del índice hacia la muñeca por una uña que no podía ver; después, medio segundo de nada, y luego todo el dolor llegó de golpe, caliente, preciso y tardío.

Ya estaba de pie y había encendido la lámpara sin recordar haber cruzado la habitación.

La sangre le resbaló de la mano y cayó sobre el escritorio. Golpeó la lata azul de primeros auxilios, formó gotas sobre el esmalte, descendió por la cruz blanca y se acumuló en la base. Mitchell permaneció de pie con el brazo extendido, incapaz de darle sentido.

—Mitchell. —La voz de Brian sonó a su espalda, muy débil—. Mitchell.

Brian estaba sentado, con la mano derecha extendida ante él y la cinta colgando en un lazo gris y flojo. El vendaje se había desprendido limpio. Debajo solo había una palma. Piel, líneas y una mancha marrón seca de antes, que se descascaró cuando la frotó con el pulgar.

Flexionó los dedos. Cerró el puño. Lo abrió.

—No me duele —dijo.

—No. —Mitchell oyó cómo se le acentuaba el habla, aquellas vocales llanas del oeste de Pensilvania que tenía su madre, y no pudo evitarlo—. No hagas eso. No cierres el puño.

—No me duele nada.

Permanecieron bajo el reloj con las manos extendidas. Brian se acercó y volvió la palma hacia arriba junto a la de Mitchell, de modo que ambas manos quedaron una al lado de la otra bajo la luz de la lámpara, como una página y la copia de esa página.

El corte seguía el mismo recorrido. Empezaba bajo el índice, en el mismo pliegue, atravesaba en diagonal la misma distancia y terminaba en el mismo punto sobre la muñeca. Igual de superficial en la parte superior, donde el cobre había enganchado la piel primero; igual de profundo en el centro. No era una imagen reflejada. Si hubieran superpuesto la mano de Brian a la de Mitchell, las líneas se habrían cubierto a la perfección.

—Es el mismo —dijo Brian—. No es que se parezca. Es el mismo.

—Ya sé lo que es. —La voz de Mitchell salió extraña y serena, la voz que usaba con su madre cuando las cosas se torcían en casa y alguien tenía que sonar como un adulto—. Busca mi teléfono. Está en el alféizar. Tráelo y no toques nada más.

—¿Qué vas a...?

—Trae el teléfono.

Brian lo trajo. Mitchell apoyó la muñeca en el estante de debajo del reloj, hizo que Brian levantara a su lado la palma ya curada y tomó una fotografía con los números rojos dentro del encuadre: 11:13, aquellos gruesos números baratos de venta de garaje justo encima de dos manos que no deberían haber tenido aquel aspecto. Tomó cuatro o cinco fotos. Le dio la vuelta a la mano y volvió a fotografiarla. Sus dedos dejaron huellas en la pantalla.

—Hay sangre en la lata —dijo Brian.

—Déjala.

—Pero si alguien...

—Déjala, Brian, es una prueba. —La palabra se le escapó antes de que pudiera examinarla. Prueba de qué y para quién, no tenía ni idea. Tenía dieciséis años, estudiaba con una beca, llevaba seis horas en un programa para el que había escrito cuatro ensayos y sangraba por una herida que jamás había sufrido.

Brian ya estaba junto al cesto de basura. Sacó la gasa usada, la cinta suelta y las tiras de papel protector, todo pegado en un bulto marrón rojizo que empezaba a endurecerse.

—Vacían los cestos por la mañana —dijo—. La tarjeta junto al interruptor dice que vacían los cestos por la mañana.

Por primera vez desde que había sonado la campana, Mitchell lo miró de verdad. Brian estaba allí, sosteniendo la sangre seca de otra persona con la mano ya reparada; tenía húmedos y serenos los ojos azul grisáceo, y ya iba dos jugadas por delante.

—Mételo en una bolsa —dijo Mitchell—. En una limpia. Que no toque nada.

En ese momento unos pasos avanzaron por el corredor sin prisa, acompañados por los destellos de la linterna de alguien que hacía la ronda de la primera noche, y los dos se quedaron inmóviles. Mitchell se envolvió la mano con su propia camisa, la apretó contra el estómago y permaneció de espaldas a la puerta, contando umbrales que no podía ver —cinco, cinco, cinco— mientras la luz oscilaba bajo la rendija, los pasos se detenían y luego continuaban.

No hablaron de dormir; sencillamente renunciaron a hacerlo. Mitchell se sentó contra el armazón de la cama y cambió las gasas con torpeza usando la mano izquierda. Frente a él, Brian sostenía la bolsa sellada sobre las piernas y mantenía la palma curada vuelta hacia la luz de la lámpara, a la espera de que cambiara de opinión.

En algún momento del peor tramo, Brian dijo: —Lo siento —y Mitchell respondió: —¿Por qué? Brian no supo qué contestar, y durante mucho tiempo ninguno de los dos volvió a decir nada.

La señal del campus que anunciaba el amanecer llegó desde el patio moderno: una grabación de cuatro suaves notas electrónicas que nunca habían lastimado a nadie. La ventana había adquirido el color de la leche descremada.

—Déjame hacerlo —dijo Brian.

—¿Hacer qué?

—Tu mano. Tú atendiste la mía. —Ya extendía la mano hacia la lata, pero se detuvo y retiró los dedos, porque era esa clase de persona—. Si quieres. Estuve mirando. Lavar, presionar, vendar. Tres cosas.

Mitchell miró su palma. Durante la noche se había vuelto pegajosa y desagradable, y se le había vuelto a abrir dos veces al olvidarse y hacer un movimiento en falso.

Se la tendió.

Brian la tomó entre las dos manos e hizo exactamente lo que le habían enseñado, de principio a fin, despacio y con cuidado, con la lengua entre los dientes. La lavó, y ardió tal como Mitchell había prometido. Presionó y se pasó de tiempo, en vez de quedarse corto. La vendó con dos tiras de anclaje en la base de los dedos para que no tirara cuando Mitchell cerrara el puño.

Después se sentó sobre los talones, mientras la luz naciente teñía de gris la piedra antigua a su espalda, y ambos miraron la mano de Mitchell.

El sangrado se había detenido. El vendaje estaba limpio, blanco y apretado de la manera correcta.

El corte seguía allí.

—No regresó —dijo Brian.

Mitchell se levantó. Guardó en el bolsillo el teléfono con las fotografías y la bolsa sellada con el vendaje de la noche anterior, y recogió la lata azul de primeros auxilios, con la sangre seca formando un río marrón que bajaba por la cruz blanca, porque dejarla en el escritorio para el personal de limpieza era algo que no pensaba hacer.

—Ponte los zapatos —dijo—. Vamos a la enfermería.