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Portada del libro «La flecha negra», de Robert Louis Stevenson

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La flecha negra

De Robert Louis Stevenson

Clásico de dominio público de Robert Louis Stevenson · Nueva traducción de NovelSpell

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La flecha negra

Robert Louis Stevenson

Capítulo 1: En la posada del Sol, en Kettley

Sir Daniel y sus hombres pasaron aquella noche en Kettley y sus alrededores, bien alojados, al abrigo del frío y con abundantes patrullas de vigilancia. Pero el caballero de Tunstall jamás descansaba de su afán de ganar dinero; y aun entonces, cuando estaba a las puertas de una empresa que podía encumbrarlo o arruinarlo, a la una de la madrugada estaba en pie para exprimir a sus pobres vecinos. Traficaba mucho con herencias en litigio: solía comprar los derechos del pretendiente con menos posibilidades y luego, gracias al favor que se granjeaba entre los grandes señores próximos al rey, conseguía fallos injustos en su provecho; o, si aquel camino resultaba demasiado largo, se apoderaba por las armas del señorío en disputa y confiaba en su influencia y en las argucias legales de Sir Oliver para conservar lo arrebatado. Kettley era uno de aquellos lugares; hacía muy poco que había caído en sus garras, los arrendatarios aún le oponían resistencia y había llevado sus tropas por allí para acallar con el miedo el descontento.

A las dos de la madrugada, Sir Daniel estaba sentado en la sala de la posada, junto al fuego, pues a aquella hora hacía frío entre los pantanos de Kettley. Junto al codo tenía un pottle de cerveza con especias. Se había quitado el yelmo de visera y estaba sentado, con la cabeza calva y el rostro enjuto y moreno apoyados en una mano, bien arropado en una capa de color rojo sangre. En el otro extremo de la sala, una docena de sus hombres vigilaban la puerta o dormían en los bancos; algo más cerca, un muchacho que aparentaba doce o trece años yacía en el suelo, envuelto en un manto. El dueño de la posada Sun estaba de pie ante el gran señor.

—Ahora escúchame bien, posadero —dijo Sir Daniel—: limítate a cumplir mis órdenes y seré siempre tu buen señor. Necesito hombres de confianza como jefes de barrio, y quiero que Adam-a-More sea alguacil mayor; ocúpate de ello con todo cuidado. Si eligen a otros, de nada te valdrá; antes bien, te costará muy caro. Con los que han pagado renta a Walsingham ya ajustaré cuentas; y contigo entre ellos, posadero.

—Buen caballero —dijo el posadero—, juraré por la cruz de Holywood que solo pagué a Walsingham porque me obligaron. No, valiente caballero, no les tengo amor a esos bribones de los Walsingham; eran pobres como ratas, valiente caballero. Donde esté un gran señor como usted... No, pregunte por mí entre los vecinos: soy firme partidario de Brackley.

—Puede ser —dijo Sir Daniel con sequedad—. Entonces pagarás dos veces.

El posadero hizo una mueca espantosa; pero aquel era un contratiempo que bien podía sufrir cualquier arrendatario en aquellos tiempos sin ley, y quizá se alegrara de hacer las paces tan fácilmente.

—¡Tráeme a ese hombre, Selden! —gritó el caballero.

Y uno de sus servidores le llevó a un pobre viejo acobardado, pálido como la cera y temblando de pies a cabeza con las fiebres de los pantanos.

—¿Tu nombre, bellaco? —dijo Sir Daniel.

—Si le place a su merced —respondió el hombre—, me llamo Condall... Condall de Shoreby, para servir a su buena merced.

—He oído muy malas cosas de ti —repuso el caballero—. Andas metido en traiciones, bribón; recorres el país esparciendo embustes; se sospecha muy seriamente que has dado muerte a varios. ¿Cómo te atreves a tanto, bellaco? Pero ya te meteré yo en cintura.

—Mi muy honorable y venerado señor —exclamó el hombre—, aquí hay alguna confusión, con la venia de su merced. No soy más que un pobre particular y a nadie he hecho daño.

—El subalguacil dio informes abominables de ti —dijo el caballero—. «Préndeme a ese Tyndal de Shoreby», me dijo.

—Condall, mi buen señor; Condall es mi humilde nombre —dijo el desdichado.

—Condall o Tyndal, lo mismo da —replicó Sir Daniel con frialdad—. Porque, a fe mía, estás aquí y tengo muy serias dudas de tu honradez. Si quieres salvar el cuello, escríbeme al punto un reconocimiento de deuda por veinte libras.

—¡Por veinte libras, mi buen señor! —exclamó Condall—. ¡Esto es una locura de remate! Toda mi hacienda no llega a setenta chelines.

—Condall o Tyndal —repuso Sir Daniel con una sonrisa burlona—, correré el riesgo de esa pérdida. Escribe veinte, y cuando haya cobrado todo lo que pueda, seré tu buen señor y te perdonaré el resto.

—¡Ay, mi buen señor, no puede ser! No sé escribir —dijo Condall.

—¡Lástima! —replicó el caballero—. Entonces no hay remedio. Y bien que habría querido perdonarte la vida, Tyndal, si mi conciencia me lo hubiera permitido. Selden, llévame con tiento a este viejo diablillo hasta el olmo más cercano y cuélgamelo con ternura del cuello, donde pueda verlo al pasar a caballo. Adiós, buen maese Condall, querido maese Tyndal; te vas a toda prisa al paraíso. ¡Adiós, pues!

—No, mi muy gracioso señor —respondió Condall, forzando una sonrisa servil—; si manda con tanto imperio, como tan bien le sienta, aun con mi escasa destreza cumpliré sus buenas órdenes.

—Amigo —dijo Sir Daniel—, ahora escribirás cuarenta. ¡Vamos! Eres demasiado astuto para vivir de setenta chelines. Selden, cuida de que me lo escriba en debida forma y con los testigos de rigor.

Y Sir Daniel, que era un caballero muy jovial, sin otro más jovial en toda Inglaterra, bebió un trago de su cerveza caliente con especias y se recostó sonriendo.

Entretanto, el muchacho del suelo empezó a removerse y poco después se incorporó y miró alrededor con espanto.

—Ven acá —dijo Sir Daniel; y, mientras el otro se levantaba a su orden y se le acercaba despacio, se echó hacia atrás y rompió a reír—. ¡Por la Santa Cruz! —exclamó—. ¡Vaya mozo fornido!

El muchacho se puso rojo de ira y sus ojos oscuros lanzaron una mirada de odio. Ahora que estaba de pie, resultaba más difícil determinar su edad. La expresión del rostro parecía algo más madura, pero era tan terso como el de un niño pequeño; su complexión era inusitadamente delgada y sus andares algo torpes.

—Me ha llamado, Sir Daniel —dijo—. ¿Era para reírse de mi triste suerte?

—No, vamos, déjame reír —dijo el caballero—. Buen diablillo, déjame reír, te lo ruego. Si pudieras verte, te aseguro que serías tú quien primero se riera.

—Pues bien —exclamó el muchacho, encendiéndose de nuevo—, responderá de esto cuando responda de lo otro. ¡Ríase mientras pueda!

—Vamos, buen primo —replicó Sir Daniel con cierta seriedad—, no creas que me burlo de ti sino en broma, como entre parientes y amigos íntimos. Te procuraré un matrimonio de mil libras, ¡vamos!, y te cuidaré con el mayor esmero. Es verdad que te prendí sin miramientos, como exigían las circunstancias; pero de ahora en adelante te mantendré de buen grado y te serviré con alegría. Serás la señora Shelton, ¡lady Shelton, por mi honor!, que el muchacho promete mucho. ¡Bah! No vas a asustarte de una risa franca; disipa la melancolía. No son bribones quienes ríen, buen primo. Buen posadero, sírveme ahora de comer a mi primo, maese John. Siéntate, corazón, y come.

—No —dijo maese John—, no probaré bocado. Ya que me fuerza a este pecado, ayunaré por el bien de mi alma. Pero, buen posadero, le ruego que tenga la cortesía de darme una taza de agua limpia; en verdad quedaré muy en deuda con usted por su amabilidad.

—¡Tendrás dispensa, vamos! —exclamó el caballero—. ¡Recibirás una buena absolución, por mi fe! Tranquilízate, pues, y come.

Pero el muchacho se obstinó, bebió una taza de agua y, envolviéndose de nuevo bien ceñidamente en el manto, se sentó en un rincón apartado, cavilando.

Al cabo de una hora o dos, se alzó en la aldea un revuelo de centinelas que daban el alto y un estrépito de armas y caballos; luego una tropa se detuvo ante la puerta de la posada y Richard Shelton, salpicado de barro, apareció en el umbral.

—Dios le guarde, Sir Daniel —dijo.

—¡Cómo! ¡Dickie Shelton! —exclamó el caballero; y, al oír el nombre de Dick, el otro muchacho volvió la vista con curiosidad—. ¿Qué hace Bennet Hatch?

—Dígnese, señor caballero, examinar este pliego de Sir Oliver, donde todo se refiere por extenso —respondió Richard, entregándole la carta del sacerdote—. Y permítame añadir que le convendría darse toda la prisa posible para llegar a Risingham; pues por el camino nos hemos cruzado con un jinete que llevaba cartas a todo galope y, según nos dijo, mi lord Risingham se hallaba en un grave aprieto y tenía grandísima necesidad de que usted acudiese.

—¿Qué dices? ¿En grave aprieto? —repuso el caballero—. Entonces nos daremos prisa quedándonos sentados, buen Richard. Tal como van las cosas en este pobre reino de Inglaterra, quien cabalga más despacio cabalga más seguro. La tardanza, dicen, engendra peligro; pero lo que pierde a los hombres es más bien ese prurito de obrar; tenlo presente, Dick. Pero primero déjame ver qué ganado has traído. ¡Selden, una antorcha aquí, a la puerta!

Y Sir Daniel salió a grandes pasos a la calle de la aldea y, al resplandor rojo de una antorcha, inspeccionó a sus nuevas tropas. Ni como vecino ni como señor gozaba de simpatías; pero como caudillo en la guerra era muy querido por cuantos cabalgaban tras su pendón. Su arrojo, su valor probado, su desvelo por la comodidad de los soldados, hasta sus ásperas pullas, eran muy del gusto de aquellos valientes que vestían jubón de armas y celada.

—¡Pero, por la Santa Cruz! —exclamó—. ¿Qué perros miserables son estos? Aquí los hay encorvados como arcos y flacos como lanzas. Amigos, cabalgarán en la vanguardia de la batalla; puedo prescindir de ustedes, amigos. ¡Miren a ese viejo villano del caballo pío! ¡Un carnero de dos años montado en un cerdo tendría aire más marcial! ¡Ah! Clipsby, ¿también estás aquí, rata vieja? Eres un hombre cuya pérdida no me pesaría; irás delante de todos, con una diana pintada en el jubón de armas para que los arqueros tengan mejor blanco; tú, bellaco, me mostrarás el camino.

—Le mostraré cualquier camino, Sir Daniel, salvo el de cambiar de bando —repuso Clipsby con firmeza.

Sir Daniel soltó una carcajada.

—¡Bien dicho! —exclamó—. ¡Tienes una lengua afilada, vamos! Te perdonaré por esa ocurrencia. Selden, procura que coman todos, hombres y bestias.

El caballero volvió a entrar en la posada.

—Ahora, amigo Dick —dijo—, ponte a comer. Aquí hay buena cerveza y tocino. Come mientras yo leo.

Sir Daniel abrió el pliego y, a medida que leía, se le ensombreció el semblante. Cuando hubo terminado, se quedó un momento pensativo. Luego miró con viveza a su pupilo.

—Dick —dijo—, ¿has visto esa coplilla de a penique?

El muchacho respondió que sí.

—En ella figura el nombre de tu padre —prosiguió el caballero—, y algún loco acusa a nuestro pobre diablillo de párroco de haberlo matado.

—Lo negó con gran vehemencia —respondió Dick.

—¿Que lo negó? —exclamó el caballero con brusquedad—. No le hagas caso. Se le suelta la lengua; parlotea como un gorrión. Algún día, cuando encuentre un rato, Dick, te informaré yo mismo con más detalle de estos asuntos. Se culpó mucho a un tal Duckworth; pero eran tiempos revueltos y no había manera de obtener justicia.

—¿Ocurrió en la Casa del Foso? —se aventuró a preguntar Dick, mientras el corazón le latía con fuerza.

—Ocurrió entre la Casa del Foso y Holywood —respondió Sir Daniel con calma; pero lanzó al rostro de Dick una mirada furtiva, cargada de sospechas—. Y ahora —añadió el caballero—, despacha tu comida; volverás a Tunstall con unas líneas mías.

El rostro de Dick reflejó un hondo desaliento.

—¡Se lo ruego, Sir Daniel! —exclamó—. ¡Envíe a uno de los villanos! Le suplico que me deje ir a la batalla. Puedo dar un buen golpe, se lo prometo.

—No lo dudo —respondió Sir Daniel, sentándose a escribir—. Pero aquí, Dick, no hay honra que ganar. Me quedo en Kettley hasta tener noticias ciertas de la guerra, y entonces cabalgaré para unirme al vencedor. No lo llames cobardía; es solo prudencia, Dick; porque este pobre reino se ve tan sacudido por las rebeliones, y el nombre y la custodia del rey cambian tanto de manos, que nadie puede estar seguro del mañana. Toss-pot y Shuttle-wit se precipitan, pero mi lord Good-Counsel se queda a un lado, esperando.

Dicho esto, Sir Daniel, vuelto de espaldas a Dick y situado en el extremo opuesto de la larga mesa, empezó a escribir su carta torciendo la boca, pues aquel asunto de la Flecha Negra se le había atragantado.

Entretanto, el joven Shelton seguía dando buena cuenta de su desayuno cuando sintió un roce en el brazo y una voz muy suave que le susurraba al oído.

—No hagas ningún gesto, te lo suplico —dijo la voz—, pero por caridad dime el camino directo a Holywood. Te lo ruego, buen muchacho, consuela a una pobre alma en peligro y extrema aflicción, y ayúdame con ello a emprender el camino hacia el sosiego.

—Toma el sendero del molino de viento —respondió Dick en el mismo tono—; te llevará al paso de barca del Till; allí vuelve a preguntar.

Y, sin volver la cabeza, se puso de nuevo a comer. Pero por el rabillo del ojo alcanzó a ver al muchacho llamado maese John, que salía a hurtadillas de la sala.

«¡Vaya! —pensó Dick—. Es tan joven como yo. ¿Y me llama “buen muchacho”? De haberlo sabido, antes habría dejado ahorcar al lacayo que darle la respuesta. Bueno, si va por el pantano, tal vez pueda alcanzarlo y tirarle de las orejas».

Media hora después, Sir Daniel entregó a Dick la carta y le ordenó que se diera prisa en llegar a la Casa del Foso. Y, aproximadamente otra media hora después de la partida de Dick, llegó a toda prisa un mensajero de mi lord Risingham.

—Sir Daniel —dijo el mensajero—, ¡mucha honra está perdiendo, a fe mía! La lucha se reanudó esta mañana antes del alba y hemos derrotado a la vanguardia del enemigo y dispersado su ala derecha. Solo el cuerpo principal resiste. Si contáramos con sus tropas de refresco, los arrojaríamos a todos al río. ¡Cómo, señor caballero! ¿Va a ser el último? No conviene a su buen nombre.

—¡No! —exclamó el caballero—. Ahora mismo me ponía en marcha. Selden, haz que suene el clarín. Señor, al instante estoy con usted. No hace dos horas que llegó la mayor parte de mis tropas, señor mensajero. ¿Qué quería usted? Buena cosa es la espuela, pero mató al corcel. ¡Deprisa, muchachos!

Ya por entonces el clarín resonaba alegremente en la mañana y de todas partes acudían los hombres de Sir Daniel a la calle principal, donde formaban ante la posada. Habían dormido sobre las armas, con los corceles ensillados, y en diez minutos cien hombres de armas y arqueros, de equipo cuidado y pronta obediencia, estuvieron formados y listos. La mayoría vestía la librea de Sir Daniel, de morado y azul, lo que daba mayor vistosidad a sus filas. Los mejor armados cabalgaban delante; y al final de la columna, ya fuera de la vista, venían los míseros refuerzos de la noche anterior. Sir Daniel recorrió la formación con mirada orgullosa.

—Estos son mozos que saben servir en un apuro —dijo.

—Son buenos mozos, en verdad —respondió el mensajero—. Eso no hace sino aumentar mi pesar de que no haya partido antes.

—Bueno —dijo el caballero—, ¿qué quiere usted? El principio del festín y el final de la refriega, señor mensajero. —Y montó en la silla—. ¡Cómo! ¿Qué es esto? —exclamó—. ¡John! ¡Joanna! ¡Por la Santa Cruz! ¿Dónde está? Posadero, ¿dónde está esa muchacha?

—¿Muchacha, Sir Daniel? —exclamó el posadero—. No, señor, no he visto a ninguna muchacha.

—¡Muchacho, entonces, mentecato! —gritó el caballero—. ¿No te diste cuenta de que era una moza? La del manto morado, la que desayunó agua, bribón... ¿Dónde está?

—¡Pues que los santos nos amparen! Maese John lo llamó usted —dijo el posadero—. Yo no pensé mal. Se ha ido. Lo vi… la vi…; la vi en el establo hace una buena hora; estaba ensillando un caballo gris.

—¡Ahora, por la Santa Cruz! —exclamó Sir Daniel—. Esa moza me valía quinientas libras, y aun más.

—Señor caballero —observó el mensajero con amargura—, mientras usted está aquí bramando por quinientas libras, en otra parte se pierde y se gana el reino de Inglaterra.

—Bien dicho —repuso Sir Daniel—. Selden, sal de filas con seis ballesteros; ve a darle caza. No me importa lo que cueste; pero a mi regreso quiero encontrarla en la Casa del Foso. Tu cabeza responderá de ello. Y ahora, señor mensajero, en marcha.

Y la tropa partió a buen trote, y Selden y sus seis hombres se quedaron en la calle de Kettley, con los aldeanos que se les quedaban mirando.


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