El viento en los sauces
Kenneth Grahame
Capítulo 1: La orilla del río
Topo llevaba toda la mañana trabajando con ahínco en la limpieza de primavera de su casita. Primero con escobas, luego con paños para el polvo; después, subido a escaleras, escabeles y sillas, con una brocha y un cubo de cal, hasta que acabó con polvo en la garganta y en los ojos, salpicaduras de cal por todo el pelaje negro, dolor de espalda y los brazos rendidos. La primavera bullía en el aire, por encima de él, y en la tierra, debajo y a su alrededor, y penetraba incluso en su humilde y oscura casita con su espíritu de divino descontento y anhelo. No era de extrañar, pues, que de pronto arrojara la brocha al suelo, dijera «¡Qué fastidio!», «¡Caramba!» y también «¡Al diablo con la limpieza de primavera!», y saliera disparado de casa sin detenerse siquiera a ponerse el abrigo. Algo, allá arriba, lo llamaba imperiosamente, y se encaminó hacia el pequeño y empinado túnel que en su caso hacía las veces del camino de grava para carruajes que poseen los animales cuyas residencias están más cerca del sol y del aire. Así que rascó y arañó y escarbó y se abrió paso a empellones, y luego volvió a abrirse paso a empellones y a escarbar y a arañar y a rascar, trabajando afanosamente con sus patitas y murmurando para sí: «¡Arriba! ¡Arriba!», hasta que por fin, ¡pop!, el hocico le salió a la luz del sol y se encontró rodando por la hierba tibia de una gran pradera.
—¡Esto sí que está bien! ¡Esto es mejor que encalar! —se dijo. El sol le calentaba el pelaje, suaves brisas le acariciaban la frente acalorada y, después del encierro en aquellas estancias subterráneas donde había vivido tanto tiempo, el canto de los pájaros felices llegaba a sus oídos adormecidos casi como un grito. Dando saltos con las cuatro patas a la vez, por la alegría de vivir y el deleite de una primavera sin limpieza, cruzó la pradera hasta llegar al seto del otro extremo.
—¡Alto ahí! ¡Seis peniques por el privilegio de pasar por el camino particular! —dijo un conejo de edad que estaba en la abertura. En un instante lo arrolló Topo, impaciente y desdeñoso, que siguió trotando junto al seto y burlándose de los otros conejos mientras estos se asomaban apresuradamente a sus madrigueras para ver a qué venía aquel alboroto. —¡Salsa de cebolla! ¡Salsa de cebolla! —les gritó en son de burla, y desapareció antes de que se les ocurriera una respuesta del todo satisfactoria. Entonces todos empezaron a rezongar unos contra otros. «¡Qué tonto eres! ¿Por qué no le dijiste…?» «Pues ¿por qué no dijiste tú…?» «Podrías haberle recordado…» Y así sucesivamente, como de costumbre; pero, claro, para entonces ya era demasiado tarde, como ocurre siempre.
Todo parecía demasiado bueno para ser verdad. Iba y venía sin descanso por los prados, a lo largo de los setos, entre los bosquecillos, y por todas partes encontraba pájaros construyendo nidos, flores que abrían sus capullos, hojas que brotaban: todo estaba alegre, creciendo y ocupado. Y en lugar de sentir los remordimientos de una conciencia que lo aguijoneara susurrándole «¡La cal!», por alguna razón solo podía pensar en lo estupendo que era ser el único holgazán entre todos aquellos afanosos ciudadanos. Después de todo, lo mejor de un día de asueto quizá no sea tanto descansar uno mismo como ver a todos los demás atareados en sus labores.
Creyó que su felicidad era completa cuando, en uno de sus vagabundeos sin rumbo, se encontró de pronto a orillas de un río caudaloso. Nunca en su vida había visto un río: aquel animal lustroso, sinuoso y corpulento que perseguía y reía por lo bajo, atrapaba las cosas con un gorgoteo y las soltaba con una carcajada, para lanzarse sobre nuevos compañeros de juego que se zafaban de él y volvían a quedar presos. Todo temblaba y se estremecía: destellos, reflejos y centelleos, susurros y remolinos, parloteos y burbujas. Topo estaba hechizado, embelesado, fascinado. Trotaba junto al río como trota uno, cuando es muy pequeño, junto a un hombre que lo tiene cautivado con historias emocionantes; y cuando por fin se cansó, se sentó en la orilla, mientras el río seguía charlando con él, desgranando en un cortejo de murmullos las mejores historias del mundo, enviadas desde el corazón de la tierra para contárselas al fin al mar insaciable.
Sentado en la hierba, miraba al otro lado del río cuando le llamó la atención un agujero oscuro en la orilla opuesta, justo por encima del agua, y se puso a pensar, soñador, en lo agradable y acogedora que sería aquella vivienda para un animal de pocas necesidades al que le gustara una residencia pequeña y primorosa junto al río, a salvo de las crecidas y lejos del ruido y del polvo. Mientras miraba, algo pequeño y brillante pareció centellear en lo más hondo, desapareció y volvió a centellear como una estrella diminuta. Pero difícilmente podía ser una estrella en un lugar tan poco apropiado; y era demasiado brillante y pequeño para ser una luciérnaga. Entonces, mientras seguía mirando, aquello le hizo un guiño, revelándose así como un ojo; y poco a poco empezó a surgir a su alrededor una carita, como un marco en torno a un cuadro.
Una carita parda, con bigotes.
Una cara redonda y grave, con el mismo brillo en los ojos que al principio le había llamado la atención.
Orejas pequeñas y pulcras, y un pelaje espeso y sedoso.
¡Era Rata de Agua!
Los dos animales se quedaron entonces mirándose con cautela.
—¡Hola, Topo! —dijo Rata de Agua.
—¡Hola, Rata! —dijo Topo.
—¿Te gustaría venir a este lado? —preguntó Rata al cabo de un momento.
—Sí, hablar es muy fácil —dijo Topo, un tanto malhumorado, pues no conocía los ríos ni la vida de sus orillas y sus costumbres.
Rata no dijo nada, sino que se agachó, desató una cuerda y tiró de ella; luego entró ágilmente en una barquita en la que Topo no había reparado. Estaba pintada de azul por fuera y de blanco por dentro, y tenía el tamaño justo para dos animales; y Topo le cobró cariño al instante, aunque aún no comprendiera del todo para qué servía.
Rata cruzó remando con brío y amarró la barca. Luego tendió una pata delantera mientras Topo bajaba con cautela. —¡Apóyate aquí! ¡Vamos, date prisa! —le dijo; y Topo, sorprendido y maravillado, se encontró sentado nada menos que en la popa de una barca de verdad.
—¡Este día ha sido maravilloso! —dijo, mientras Rata apartaba la barca de la orilla y volvía a los remos de par—. ¿Sabes que nunca en mi vida había subido a una barca?
—¿Qué? —exclamó Rata, boquiabierto—. ¿Nunca has subido a una…? ¿Nunca has…? Pero yo… ¿Y qué has estado haciendo, entonces?
—¿Es tan agradable como dices? —preguntó Topo tímidamente, aunque estaba muy dispuesto a creerlo mientras se recostaba en el asiento y contemplaba los cojines, los remos, las chumaceras y todos aquellos fascinantes accesorios, sintiendo cómo la barca se mecía suavemente bajo su cuerpo.
—¿Agradable? Es lo único —dijo Rata de Agua con solemnidad, inclinándose hacia delante para dar una palada—. Créeme, mi joven amigo, no hay nada —absolutamente nada— que valga ni la mitad de la pena que simplemente pasar el rato en barcas. Simplemente pasar el rato —prosiguió, soñador—. Pasar… el rato… en… barcas; pasar…
—¡Mira al frente, Rata! —gritó Topo de pronto.
Demasiado tarde. La barca chocó a toda velocidad contra la orilla. El soñador, el gozoso remero, quedó tendido de espaldas en el fondo de la barca, con los talones en el aire.
—…el rato en barcas… o con barcas —prosiguió Rata con toda calma, levantándose con una risa afable—. Dentro o fuera de ellas, da lo mismo. Nada parece tener verdadera importancia, y ahí está su encanto. Tanto si consigues salir como si no; tanto si llegas a tu destino como si acabas en otro sitio, o si no llegas a ninguna parte, siempre estás ocupado y nunca haces nada en particular; y cuando ya lo has hecho, siempre queda algo más por hacer, y puedes hacerlo si te apetece, pero sería mucho mejor que no lo hicieras. ¡Oye! Si de verdad no tienes nada más que hacer esta mañana, ¿qué te parece si bajamos juntos por el río y pasamos el día entero por ahí?
Topo movió los dedos de los pies de pura felicidad, ensanchó el pecho con un suspiro de plena satisfacción y se recostó gozosamente en los blandos cojines. —¡Qué día estoy pasando! —dijo—. ¡Salgamos ahora mismo!
—¡Espera entonces un momento! —dijo Rata. Pasó el cabo de proa por una argolla del embarcadero, subió hasta su agujero y al poco rato reapareció tambaleándose bajo el peso de una voluminosa cesta del almuerzo, de mimbre.
—Métela debajo de los pies —le indicó a Topo mientras la bajaba a la barca. Luego desató el cabo de proa y volvió a los remos de par.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Topo, removiéndose de curiosidad.
—Dentro hay pollo frío —respondió Rata escuetamente—: lenguafríajamónfríocarnefríadevacunopepinillosenvinagreensaladapanecillosfrancesesemparedadosdeberroscarneenconservacervezadejengibrelimonadaaguadesoda…
—¡Ay, basta, basta! —exclamó Topo, arrobado—. ¡Esto es demasiado!
—¿De veras te lo parece? —preguntó Rata con seriedad—. Es lo que suelo llevar en estas pequeñas excursiones; ¡y los otros animales siempre me dicen que soy un animal tacaño y que me quedo muy corto!
Topo no oyó ni una palabra de lo que decía. Absorto en la nueva vida que se abría ante él, embriagado por los destellos, las ondulaciones, los olores, los sonidos y la luz del sol, dejaba una pata colgando en el agua y soñaba largos sueños despierto. Rata de Agua, como el buen animalito que era, seguía remando a ritmo constante y se abstenía de molestarlo.
—Me gusta muchísimo tu ropa, viejo amigo —comentó cuando había transcurrido cosa de media hora—. Algún día me compraré yo también un traje de fumar de terciopelo negro, en cuanto pueda permitírmelo.
—Perdona —dijo Topo, volviendo en sí con esfuerzo—. Debes de pensar que soy muy descortés, pero todo esto es tan nuevo para mí. Así que… ¡esto… es… un… río!
—El Río —lo corrigió Rata.
—¿Y de verdad vives junto al río? ¡Qué vida tan estupenda!
—Junto a él y con él y sobre él y dentro de él —dijo Rata—. Para mí es hermano y hermana, y tías, y compañía, y comida y bebida, y (naturalmente) aseo. Es mi mundo y no quiero otro. Lo que no tiene no merece la pena tenerlo, y lo que no sabe no merece la pena saberlo. ¡Dios mío, los buenos ratos que hemos pasado juntos! Sea invierno o verano, primavera u otoño, siempre tiene sus diversiones y sus emociones. ¡Cuando llegan las crecidas de febrero, y mis bodegas y mi sótano rebosan de bebida que no me sirve de nada, y el agua parda pasa ante la ventana de mi mejor dormitorio! ¡O cuando vuelve a bajar y deja al descubierto manchas de barro que huele a pastel de pasas, y los juncos y las plantas acuáticas atascan los canales, y puedo pasearme a pie enjuto por casi todo su lecho y encontrar nuevos alimentos y cosas que la gente descuidada ha dejado caer de las barcas!
—Pero ¿no resulta un poco aburrido a veces? —se atrevió a preguntar Topo—. ¿Solo tú y el río, sin nadie más con quien cruzar una palabra?
—¿Sin nadie más con quien…? Bueno, no debo ser demasiado severo contigo —dijo Rata con indulgencia—. Acabas de llegar y, claro, no sabes cómo son las cosas. Hoy en día la orilla está tan llena de gente que muchos se marchan para siempre. Ah, no, ya no es en absoluto lo que era. Nutrias, martines pescadores, zampullines, gallinetas, todos por aquí el día entero y siempre queriendo que hagas algo… ¡Como si uno no tuviera sus propios asuntos que atender!
—¿Qué hay por allí? —preguntó Topo, señalando con una pata una masa de arbolado que enmarcaba con su oscuridad los prados ribereños a un lado del río.
—¿Eso? Ah, eso es solo el Bosque Salvaje —dijo Rata escuetamente—. Los ribereños no vamos mucho por allí.
—¿No son… no son muy agradables los que viven allí? —preguntó Topo con cierto nerviosismo.
—Bueeeno —respondió Rata—, veamos. Las ardillas están bien. Y los conejos… algunos, aunque entre los conejos hay de todo. Y luego está Tejón, por supuesto. Vive en lo más hondo del bosque; y no viviría en ningún otro sitio, aunque le pagaran. ¡Querido viejo Tejón! Con él no se mete nadie. Más les vale no hacerlo —añadió con intención.
—Pues ¿quién habría de meterse con él? —preguntó Topo.
—Bueno, claro… hay… otros —explicó Rata con cierta vacilación—. Comadrejas… y armiños… y zorros… y demás. Son buena gente, a su manera… Soy muy amigo de ellos… nos saludamos cuando nos encontramos, y todo eso… pero a veces se desmandan, eso no puede negarse, y entonces… bueno, no puedes fiarte de ellos, esa es la verdad.
Topo sabía muy bien que la etiqueta animal prohibía detenerse a hablar de posibles dificultades futuras, o siquiera aludir a ellas; de modo que dejó el tema.
—¿Y más allá del Bosque Salvaje? —preguntó—. ¿Donde todo se ve azul y borroso, y se distingue lo que quizá sean colinas, aunque quizá no lo sean, y algo que parece humo de poblaciones, o serán solo nubes que pasan?
—Más allá del Bosque Salvaje está el Ancho Mundo —dijo Rata—. Y eso es algo que no nos incumbe ni a ti ni a mí. Nunca he estado allí ni pienso ir jamás, ni tú tampoco, si tienes algo de juicio. Por favor, no vuelvas a mencionarlo. ¡Vamos! Aquí está por fin nuestro brazo tranquilo del río, donde vamos a almorzar.
Dejaron el cauce principal y entraron en lo que a primera vista parecía un pequeño lago cercado de tierra. El césped verde descendía en pendiente hasta ambas orillas, y bajo la superficie del agua tranquila relucían raíces pardas y sinuosas, mientras que, frente a ellos, el hombro plateado y la caída espumosa de un azud, del brazo de una inquieta y goteante rueda de molino, que a su vez sostenía un molino de grises hastiales, llenaban el aire de un rumor apacible, sordo y amortiguado, del que brotaban a intervalos vocecitas claras y alegres. Era todo tan hermoso que Topo solo pudo levantar las dos patas delanteras y exclamar sin aliento: —¡Cielos! ¡Cielos! ¡Cielos!
Rata arrimó la barca a la orilla, la amarró, ayudó a desembarcar sin percances a Topo, todavía torpe, y sacó la cesta del almuerzo. Topo le rogó que le concediera el favor de dejarlo sacarlo todo él solo; y Rata se complació mucho en darle gusto y en tenderse cuan largo era sobre la hierba a descansar, mientras su entusiasmado amigo sacudía el mantel y lo extendía, sacaba uno a uno todos los misteriosos paquetes y disponía su contenido en el debido orden, sin dejar de exclamar «¡Cielos! ¡Cielos!» con cada nuevo descubrimiento. Cuando todo estuvo listo, Rata dijo: «¡Ahora, a comer, viejo camarada!», y Topo obedeció de muy buena gana, pues aquella mañana había empezado la limpieza de primavera a una hora muy temprana, como suele hacer la gente, y no se había detenido a comer ni beber; y desde aquel momento lejano, que ahora parecía de hacía muchos días, le habían sucedido muchísimas cosas.
—¿Qué estás mirando? —preguntó Rata al cabo de un rato, cuando ya se les había calmado un poco el hambre y los ojos de Topo podían apartarse algo del mantel.
—Estoy mirando —dijo Topo— un reguero de burbujas que veo avanzar por la superficie del agua. Es algo que me resulta curioso.
—¿Burbujas? ¡Ajá! —dijo Rata, y lanzó un alegre gorjeo a modo de invitación.
Por encima del borde de la orilla apareció un hocico ancho y reluciente, y Nutria se izó a tierra y se sacudió el agua del pelaje.
—¡Par de glotones! —comentó, encaminándose hacia las provisiones—. ¿Por qué no me invitaste, Ratín?
—Ha sido algo improvisado —explicó Rata—. Por cierto, mi amigo el señor Topo.
—Todo un honor, desde luego —dijo Nutria, y los dos animales se hicieron amigos al instante.
—¡Qué alboroto hay por todas partes! —continuó Nutria—. Parece que hoy todo el mundo ha salido al río. Vine a este brazo tranquilo del río para ver si conseguía un momento de paz, ¡y voy y me encuentro con ustedes!… Es decir… perdón… no quería decir eso exactamente, ya saben.
Oyeron un crujido a sus espaldas, procedente de un seto donde aún se apiñaban las hojas del año anterior, y por él asomó para mirarlos una cabeza a rayas, con unos hombros altos detrás.
—¡Acércate, viejo Tejón! —gritó Rata.
Tejón avanzó uno o dos pasos al trote, gruñó «¡Hum! Compañía», y les dio la espalda y desapareció de su vista.
—¡Ese es justo su estilo! —comentó Rata, decepcionado—. ¡Detesta la vida social! Ahora ya no volveremos a verlo en todo el día. Bueno, cuéntanos, ¿quién anda por el río?
—Sapo, para empezar —respondió Nutria—. En su flamante esquife de regatas; ropa nueva, ¡todo nuevo!
Los dos animales se miraron y se echaron a reír.
—Hubo un tiempo en que solo pensaba en navegar a vela —dijo Rata—. Luego se cansó y le dio por las barcas de pértiga. Solo le gustaba pasarse el día, todos los días, empujando con la pértiga, y menudos desastres armaba. El año pasado le dio por las casas flotantes, y todos teníamos que ir a quedarnos con él en la suya y fingir que nos gustaba. Iba a pasar el resto de su vida en una casa flotante. Siempre ocurre lo mismo, se aficione a lo que se aficione: se cansa y empieza con algo nuevo.
—Y es tan buen tipo —comentó Nutria pensativamente—; pero le falta estabilidad… ¡sobre todo en una barca!
Desde donde estaban sentados alcanzaban a entrever el cauce principal al otro lado de la isla que los separaba de él; y justo entonces apareció fugazmente un esquife de regatas, cuyo remero —una figura baja y rechoncha— salpicaba de mala manera y se bamboleaba bastante, aunque se esforzaba al máximo. Rata se levantó y lo llamó, pero Sapo —pues era él— sacudió la cabeza y volvió muy serio a su tarea.
—Como siga bamboleándose así, dentro de un minuto estará fuera de la barca —dijo Rata, sentándose otra vez.
—Por supuesto que sí —respondió Nutria con una risita—. ¿Te he contado alguna vez aquella estupenda historia de Sapo y el guardián de la esclusa? Ocurrió así. Sapo…
Una efímera vagabunda cruzó la corriente dando tumbos, con ese aire de borrachera que adoptan las efímeras jóvenes y calaveras cuando salen a conocer mundo. Un remolino en el agua y un «¡glup!», y la efímera dejó de verse.
Nutria también.
Topo bajó la mirada. Aquella voz aún le resonaba en los oídos, pero el lugar del césped donde Nutria había estado tendido se hallaba a todas luces vacío. Ni rastro de Nutria hasta el lejano horizonte.
Pero de nuevo había un reguero de burbujas en la superficie del río.
Rata tarareó una melodía, y Topo recordó que la etiqueta animal prohibía cualquier comentario sobre la repentina desaparición de los amigos en cualquier momento, por cualquier motivo o sin motivo alguno.
—Bueno, bueno —dijo Rata—, supongo que deberíamos irnos. ¿Cuál de los dos será mejor que recoja la cesta del almuerzo? —No lo dijo como si estuviera deseando darse aquel gusto.
—Ay, por favor, déjame a mí —dijo Topo. Así que, naturalmente, Rata lo dejó.
Recoger la cesta no era tan agradable como vaciarla. Nunca lo es. Pero Topo estaba resuelto a disfrutar de todo y, aunque justo cuando ya tenía la cesta llena y las correas bien apretadas vio un plato que lo miraba desde la hierba, y cuando acabó por segunda vez Rata le señaló un tenedor que cualquiera debería haber visto, y por último, ¡allí estaba el tarro de mostaza, sobre el que había estado sentado sin saberlo!, de un modo u otro terminó por acabar la tarea sin perder demasiado la paciencia.
El sol de la tarde iba ya bajo cuando Rata remaba suavemente hacia casa, ensimismado, murmurando para sí cosas de poesía y sin prestar mucha atención a Topo. Pero Topo estaba ahíto de almuerzo, de satisfacción consigo mismo y de orgullo, y ya se sentía completamente a sus anchas en una barca (eso creía él), y además empezaba a estar un poco inquieto; y al cabo dijo: —¡Ratín! ¡Por favor, ahora quiero remar yo!
Rata sacudió la cabeza con una sonrisa. —Todavía no, mi joven amigo —dijo—; espera a haber recibido unas cuantas lecciones. No es tan fácil como parece.
Topo guardó silencio durante un minuto o dos. Pero empezó a sentir cada vez más envidia de Rata, que remaba con tanta fuerza y tanta facilidad, y el orgullo comenzó a susurrarle que él podía hacerlo igual de bien. Se puso en pie de un salto y agarró los remos de par con tanta brusquedad que Rata, que contemplaba el agua y se decía para sí más cosas de poesía, se vio sorprendido y cayó de espaldas del asiento, con las patas en el aire por segunda vez, mientras Topo, triunfante, ocupaba su lugar y empuñaba los remos de par con absoluta confianza.
—¡Para, pedazo de burro! —gritó Rata desde el fondo de la barca—. ¡No puedes! ¡Vas a hacernos volcar!
Topo echó los remos de par hacia atrás con una floritura y los lanzó con fuerza contra el agua. No acertó a tocar siquiera la superficie, las patas se le fueron por encima de la cabeza y se encontró tumbado sobre Rata, que seguía tendido. Muy alarmado, intentó aferrarse al costado de la barca, y al instante siguiente… ¡chof!
La barca volcó y Topo se encontró debatiéndose en el río.
¡Cielos, qué fría estaba el agua y, ay, cuánto, cuánto mojaba! ¡Cómo le cantaba en los oídos mientras se hundía, se hundía, se hundía! ¡Qué brillante y acogedor parecía el sol cuando salía a la superficie tosiendo y escupiendo agua! ¡Qué negra era su desesperación cuando se sentía hundir de nuevo! Entonces una pata firme lo sujetó por la nuca. Era Rata, y evidentemente se estaba riendo: Topo podía sentir aquella risa bajar por el brazo de Rata, pasar por su pata y llegar así a su cuello, al de Topo.
Rata agarró un remo de par y se lo puso a Topo bajo un brazo; luego hizo lo mismo por el otro costado y, nadando detrás, impulsó al desvalido animal hasta la orilla, lo sacó del agua y lo depositó en tierra, convertido en un amasijo blando y pastoso de desdicha.
Después de frotarlo un poco y escurrirle parte del agua, Rata dijo: —¡Vamos, viejo camarada! Trota de un lado a otro por el camino de sirga con todas tus fuerzas, hasta secarte y volver a entrar en calor, mientras yo me sumerjo a buscar la cesta del almuerzo.
Y así el abatido Topo, mojado por fuera y avergonzado por dentro, trotó de aquí para allá hasta quedar bastante seco, mientras Rata se zambullía de nuevo, recuperaba la barca, la enderezaba y la amarraba, llevaba poco a poco a la orilla sus cosas, que flotaban en el agua, y por último se sumergía y lograba recuperar la cesta del almuerzo, con la que llegó a tierra a duras penas.
Cuando todo estuvo listo para partir de nuevo, Topo, sin fuerzas y cabizbajo, ocupó su asiento en la popa de la barca; y, al ponerse en marcha, dijo con voz baja, quebrada por la emoción: —¡Ratín, mi generoso amigo! Lamento muchísimo mi conducta insensata e ingrata. Se me encoge el corazón al pensar que podría haber perdido esa hermosa cesta del almuerzo. He sido un burro de remate, de verdad, y lo sé. ¿Me lo pasarás por alto esta vez, me perdonarás y dejarás que todo siga como antes?
—¡No pasa nada, hombre! —respondió Rata alegremente—. ¿Qué le importa mojarse un poco a un Rata de Agua? Casi todos los días paso más tiempo en el agua que fuera de ella. No vuelvas a pensar en eso; y, ¡oye!, creo de veras que lo mejor sería que vinieras a quedarte conmigo una temporada. Mi casa es muy sencilla y rústica, ya sabes… no se parece en nada a la casa de Sapo… aunque todavía no la has visto; aun así, puedo hacer que estés cómodo. Y te enseñaré a remar y a nadar, y pronto te desenvolverás en el agua tan bien como cualquiera de nosotros.
Topo estaba tan conmovido por su manera bondadosa de hablar que no le salió la voz para contestar, y tuvo que enjugarse una lágrima o dos con el dorso de la pata. Pero Rata tuvo la delicadeza de mirar hacia otro lado, y al poco rato Topo recobró el ánimo, e incluso fue capaz de soltar unas réplicas bien claras a un par de gallinetas que se reían por lo bajo entre sí de su aspecto empapado y desastrado.
Cuando llegaron a casa, Rata encendió un vivo fuego en la sala de estar, plantó a Topo en un sillón delante de él, después de bajarle una bata y unas zapatillas, y le contó historias del río hasta la hora de cenar. Eran, además, historias emocionantísimas para un animal que vivía bajo tierra, como Topo. Historias de azudes, y de crecidas repentinas, y de lucios que saltaban, y de vapores que arrojaban duras botellas —al menos, lo cierto era que las botellas se arrojaban, y desde los vapores, de modo que presumiblemente las arrojaban ellos—; y de garzas, y de lo exigentes que eran a la hora de escoger con quién hablaban; y de aventuras por los desagües, y de pescas nocturnas con Nutria, o de excursiones a lugares lejanos con Tejón. La cena fue muy alegre; pero poco después su atento anfitrión tuvo que acompañar al piso de arriba, al mejor dormitorio, a un Topo muerto de sueño, que no tardó en apoyar la cabeza en la almohada con gran paz y satisfacción, sabiendo que su nuevo amigo, el Río, lamía el alféizar de su ventana.
Aquel día fue solo el primero de muchos semejantes para el emancipado Topo, cada vez más largos y llenos de interés a medida que el verano iba llegando a su plenitud. Aprendió a nadar y a remar, y conoció el gozo de las aguas que corren; y, con la oreja pegada a los tallos de los carrizos, alcanzaba a oír, a intervalos, algo de lo que el viento susurraba sin cesar entre ellos.




