Agnes Grey
Anne Brontë
Capítulo 1: La casa parroquial
Todas las historias verdaderas encierran alguna enseñanza; aunque en algunas pueda resultar difícil hallar el tesoro y, una vez hallado, sea tan exiguo que el meollo seco y arrugado apenas compense el trabajo de cascar la nuez. No soy yo quien mejor puede juzgar si tal es el caso de mi historia. A veces pienso que podría resultar útil para algunos y entretenida para otros; pero el mundo puede juzgar por sí mismo. Amparada por mi condición de desconocida, por los años transcurridos y por unos cuantos nombres ficticios, no temo aventurarme y expondré con franqueza ante el público lo que no revelaría ni al amigo más íntimo.
Mi padre era un clérigo del norte de Inglaterra a quien todos los que lo conocían respetaban con razón; y, en sus años de juventud, vivía con bastante desahogo de los ingresos conjuntos de un pequeño beneficio eclesiástico y una modesta propiedad suya. Mi madre, que se casó con él contra los deseos de sus allegados, era hija de un hacendado y mujer de carácter. En vano le hicieron ver que, si se convertía en la esposa del pobre cura, tendría que renunciar a su carruaje y a su doncella, y a todos los lujos y refinamientos de la opulencia, que para ella eran poco menos que necesidades de la vida. Un carruaje y una doncella eran grandes comodidades; pero, gracias al cielo, tenía pies para andar y manos para atender sus propias necesidades. Una casa elegante y amplios terrenos no eran de desdeñar; pero prefería vivir en una casita con Richard Grey antes que en un palacio con cualquier otro hombre del mundo.
Al ver que sus argumentos no surtían efecto, su padre acabó por decirles a los enamorados que podían casarse si les placía; pero que, al hacerlo, su hija perdería por entero la fortuna que le correspondía. Esperaba que aquello enfriara el ardor de ambos; pero se equivocaba. Mi padre conocía demasiado bien las excepcionales cualidades de mi madre para no comprender que ella misma era una valiosa fortuna; y, con tal de que consintiera en embellecer su humilde hogar, se casaría feliz con ella en cualesquiera condiciones. Ella, por su parte, prefería trabajar con sus propias manos antes que verse separada del hombre al que amaba, a quien hacer feliz sería su dicha y con quien ya estaba unida en alma y corazón. Así, su fortuna fue a engrosar la bolsa de una hermana más sensata, que se había casado con un rico nabab; y ella, ante el asombro y el compasivo pesar de cuantos la conocían, fue a enterrarse en la sencilla casa parroquial de un pueblo entre las colinas de ⸻. Y, sin embargo, pese a todo aquello, y pese al carácter enérgico de mi madre y a los caprichos de mi padre, creo que se habría podido recorrer Inglaterra entera sin encontrar un matrimonio más feliz.
De seis hijos, mi hermana Mary y yo fuimos las únicas que sobrevivimos a los peligros de la primera infancia y la niñez. Como yo era cinco o seis años menor, siempre fui considerada la niña y la mimada de la familia: padre, madre y hermana, todos contribuían a malcriarme, no con una indulgencia necia que me volviera caprichosa e ingobernable, sino con una bondad incesante que me hacía demasiado desvalida y dependiente, demasiado poco preparada para hacer frente a las preocupaciones y los embates de la vida.
Mary y yo nos criamos en el más estricto retiro. Mi madre, muy versada en las artes de adorno, instruida y aficionada al trabajo, se encargó por completo de nuestra educación, salvo del latín, que mi padre se comprometió a enseñarnos; así que ni siquiera fuimos a la escuela. Y, como no había vida social en los alrededores, nuestro único trato con el mundo consistía en alguna ceremoniosa reunión para tomar el té con los principales agricultores y comerciantes de las cercanías —solo para que no nos tacharan de demasiado orgullosos para alternar con nuestros vecinos— y una visita anual a casa de nuestro abuelo paterno, donde no veíamos a nadie más que a él, a nuestra bondadosa abuela, a una tía soltera y a dos o tres señoras y caballeros de edad. A veces nuestra madre nos entretenía con historias y anécdotas de su juventud que, además de divertirnos sobremanera, despertaban a menudo —en mí, al menos— un secreto deseo de conocer algo más del mundo.
Yo pensaba que debía de haber sido muy feliz; pero ella nunca parecía añorar el pasado. Mi padre, en cambio, que no era de natural tranquilo ni alegre, se afligía a menudo en exceso al pensar en los sacrificios que su querida esposa había hecho por él; y se atormentaba dándole vueltas a un sinfín de proyectos para acrecentar su pequeña fortuna, por ella y por nosotras. En vano le aseguraba mi madre que estaba plenamente satisfecha y que, si él apartaba algún dinero para las niñas, todos tendríamos de sobra, tanto para el presente como para el porvenir; pero ahorrar no era el fuerte de mi padre. No contraía deudas —al menos mi madre se cuidaba mucho de que no lo hiciera—, pero, mientras tuviera dinero, tenía que gastarlo: le gustaba que su casa fuera cómoda y que su esposa y sus hijas estuvieran bien vestidas y atendidas; además, era caritativo y le gustaba dar a los pobres según sus posibilidades, o, como acaso pensarían algunos, por encima de ellas.
Al fin, sin embargo, un buen amigo le propuso un medio de duplicar de un solo golpe su patrimonio y de acrecentarlo después hasta una suma incalculable. Aquel amigo era comerciante, hombre de espíritu emprendedor y talento indudable, cuyas actividades mercantiles se veían algo limitadas por falta de capital; pero se ofreció generosamente a dar a mi padre una parte equitativa de sus ganancias si le confiaba el dinero del que pudiera prescindir, y creía poder prometerle sin temor que cualquier suma que pusiera en sus manos le rendiría un ciento por ciento. La pequeña propiedad se vendió enseguida y todo su importe fue depositado en manos del amistoso comerciante, quien, con igual prontitud, procedió a embarcar su cargamento y a preparar el viaje.
Mi padre estaba encantado, como todos nosotros, con aquellas perspectivas cada vez más halagüeñas. Por el momento, cierto es, nos veíamos reducidos a los escasos ingresos de la coadjutoría; pero mi padre parecía pensar que no había necesidad de ceñir escrupulosamente nuestros gastos a esa suma. Así, con una cuenta pendiente con el señor Jackson, otra con Smith y una tercera con Hobson, vivíamos incluso con más desahogo que antes, aunque mi madre afirmaba que más nos valía mantenernos dentro de ciertos límites, pues nuestras perspectivas de riqueza eran, al fin y al cabo, inciertas; y que, si mi padre lo dejaba todo en sus manos, nunca tendría la sensación de que se le escatimaba nada. Pero él, por una vez, se mostró incorregible.
¡Qué horas tan felices pasamos Mary y yo, sentadas a la labor junto al fuego, vagando por las colinas cubiertas de brezo u holgazaneando bajo el abedul llorón —el único árbol de buen tamaño del jardín—, hablando de la dicha futura que nos aguardaba a nosotras y a nuestros padres, de cuanto haríamos, veríamos y poseeríamos, sin más cimiento para nuestro magnífico edificio que las riquezas que esperábamos recibir del éxito de las especulaciones de aquel digno comerciante! Nuestro padre apenas nos iba a la zaga, solo que fingía no tomárselo tan en serio: expresaba sus risueñas esperanzas y sus optimistas expectativas en bromas y ocurrencias que siempre me parecían extraordinariamente ingeniosas y divertidas. Nuestra madre reía encantada de verlo tan esperanzado y feliz; pero aun así temía que cifrara demasiadas ilusiones en aquel asunto, y una vez la oí murmurar al salir de la habitación: —¡Quiera Dios que no se lleve un desengaño! No sé cómo lo soportaría.
El desengaño llegó, y fue muy amargo. La noticia de que el buque que llevaba nuestra fortuna había naufragado y se había ido a pique con toda su carga, varios tripulantes y el propio desventurado comerciante nos cayó a todos como un rayo. Me afligí por él; me afligí por el derrumbe de todos nuestros castillos en el aire; pero, con esa elasticidad de ánimo propia de la juventud, pronto me repuse del golpe.
Aunque la riqueza tenía sus encantos, la pobreza no infundía temor a una muchacha tan inexperta como yo. A decir verdad, había algo estimulante en la idea de vernos en apuros y tener que valernos por nuestros propios medios. Solo deseaba que papá, mamá y Mary pensaran igual que yo; entonces, en vez de lamentar las desdichas pasadas, podríamos ponernos todos alegremente a remediarlas. Y cuanto mayores fueran las dificultades y más duras nuestras privaciones presentes, mayores debían ser nuestro buen ánimo para soportar estas y nuestro vigor para luchar contra aquellas.
Mary no se lamentaba, pero no cesaba de darle vueltas a nuestra desgracia y se sumió en un abatimiento del que ninguno de mis esfuerzos pudo sacarla. No lograba de ningún modo que viera, como yo, el lado favorable de aquello; y, en realidad, temía tanto que me tacharan de frivolidad infantil o de torpe insensibilidad que me guardaba con cuidado la mayor parte de mis ideas luminosas y mis pensamientos alentadores, pues bien sabía que no sabrían apreciarlos.
Mi madre solo pensaba en consolar a mi padre, pagar nuestras deudas y reducir los gastos por todos los medios a su alcance; pero mi padre quedó completamente abrumado por la calamidad: su salud, sus fuerzas y su ánimo decayeron con el golpe, y nunca los recobró por completo. En vano se esforzaba mi madre por animarlo apelando a su piedad, a su valor, al cariño que nos tenía a ella y a nosotras. Aquel mismo cariño era su mayor tormento: por nosotras había deseado tan ardientemente acrecentar su fortuna; nuestro bienestar era lo que había dado tanto brillo a sus esperanzas y lo que hacía tan amarga su aflicción presente. Ahora se atormentaba con remordimientos por haber desoído el consejo de mi madre, que al menos le habría ahorrado la carga adicional de las deudas; en vano se reprochaba haberla apartado de la dignidad, el bienestar y el lujo de su antigua posición para que compartiera con él las preocupaciones y las fatigas de la pobreza. Era hiel y ajenjo para su alma ver a aquella espléndida mujer, tan versada en las artes de adorno, antes tan solicitada y admirada, convertida en una activa y hacendosa ama de casa, con las manos y la cabeza ocupadas sin cesar en los quehaceres de la casa y la economía del hogar. La buena voluntad con que cumplía aquellas obligaciones, la alegría con que soportaba sus reveses y la bondad que le impedía hacerle el menor reproche, todo lo desfiguraba aquel ingenioso artífice de su propio tormento hasta convertirlo en nuevos motivos de sufrimiento. Así, la mente iba minando el cuerpo y alterando el sistema nervioso; este, a su vez, aumentaba los males de la mente, hasta que, por efecto de aquella acción y reacción, su salud quedó gravemente quebrantada. Y ninguno de nosotros podía convencerlo de que nuestra situación no era ni la mitad de sombría, ni estaba tan desprovista de toda esperanza, como la pintaba su imaginación enfermiza.
Se vendió el práctico faetón, junto con el poni robusto y bien alimentado, aquel viejo favorito que habíamos decidido firmemente que acabara sus días en paz y nunca saliera de nuestras manos; se dieron en alquiler la pequeña cochera y el establo; se despidió al joven criado y a la más competente —que era también la más costosa— de las dos criadas. Nuestra ropa se remendaba, se volvía del revés y se zurcía hasta el límite que permitía la decencia; nuestra comida, siempre sencilla, se simplificó hasta un extremo sin precedentes, salvo por los platos favoritos de mi padre; el carbón y las velas se economizaban con penoso rigor: las dos velas quedaron reducidas a una, y aun esta se usaba con gran moderación; el carbón se administraba cuidadosamente en la parrilla medio vacía de la chimenea, sobre todo cuando mi padre había salido a cumplir sus deberes parroquiales o guardaba cama por enfermedad. Entonces nos sentábamos con los pies sobre el guardafuegos, rastrillando de vez en cuando las brasas agonizantes para juntarlas y añadiendo en ocasiones un poco de polvo y fragmentos de carbón, tan solo para mantenerlas vivas. En cuanto a nuestras alfombras, con el tiempo quedaron raídas y se remendaron y zurcieron aún más que nuestra ropa. Para ahorrarnos el gasto de un jardinero, Mary y yo nos encargamos de mantener el jardín en orden; y de todas las faenas de cocina y de la casa que una sola criada no pudiera atender con facilidad se ocupaban mi madre y mi hermana, con alguna pequeña ayuda mía de vez en cuando. Pequeña tan solo, porque, aunque a mis ojos yo era una mujer, a los suyos seguía siendo una niña; y a mi madre, como a la mayoría de las mujeres activas y hacendosas, no le habían tocado en suerte hijas muy activas. La razón era que, siendo ella misma tan hábil y diligente, nunca sentía la tentación de confiar sus asuntos a otra persona; antes bien, estaba dispuesta a obrar y pensar por los demás tanto como por sí misma. Y, fuera cual fuese la tarea, tendía a pensar que nadie podía hacerla tan bien como ella; de modo que, siempre que me ofrecía a ayudarla, recibía una respuesta como esta: —No, cariño, de veras que no puedes; aquí no hay nada que puedas hacer. Ve a ayudar a tu hermana o convéncela de que salga a pasear contigo; dile que no debe pasar tanto tiempo sentada ni estar tan continuamente encerrada en casa; no es de extrañar que se la vea delgada y abatida.
—Mary, mamá dice que te ayude o que te haga salir a pasear conmigo; dice que no es de extrañar que se te vea delgada y abatida si pasas tanto tiempo sentada en casa.
—Ayudarme no puedes, Agnes; y yo no puedo salir contigo: tengo demasiado que hacer.
—Entonces déjame ayudarte.
—De veras que no puedes, niña mía. Ve a practicar música o a jugar con la gatita.
Siempre había abundante costura por hacer; pero no me habían enseñado a cortar ni una sola prenda y, aparte de dobladillos y costuras sencillas, poco podía hacer incluso en ese terreno, pues ambas afirmaban que les resultaba mucho más fácil hacer la labor ellas mismas que dejármela preparada. Además, preferían verme proseguir mis estudios o divertirme: ya tendría tiempo de sentarme inclinada sobre la labor, como una grave matrona, cuando mi querida gatita se hubiera convertido en una gata vieja y reposada. En tales circunstancias, aunque yo no era mucho más útil que la gatita, mi ociosidad no carecía por completo de excusa.
A lo largo de todas nuestras dificultades, solo una vez oí a mi madre quejarse de nuestra falta de dinero. Al acercarse el verano, nos dijo a Mary y a mí: —¡Qué bueno sería que papá pasara unas semanas en un balneario! Estoy convencida de que el aire de mar y el cambio de ambiente le harían un bien incalculable. Pero, ya ven, no hay dinero —añadió con un suspiro. Las dos deseábamos vivamente que pudiera hacerse y lamentábamos mucho que no fuera posible. —¡Bueno, bueno! —dijo—. De nada sirve quejarse. Quizá, después de todo, se pueda hacer algo para sacar adelante el proyecto. Mary, dibujas de maravilla. ¿Qué te parece poner lo mejor de tu arte en unos cuantos cuadros más, mandarlos enmarcar junto con las acuarelas que ya tienes hechas y tratar de vendérselos a algún marchante generoso que tenga el buen juicio de reconocer su mérito?
—Mamá, me encantaría, si crees que se podrían vender, y por un precio que valiera la pena.
—Vale la pena intentarlo, en todo caso, querida; tú encárgate de los dibujos y yo procuraré encontrar un comprador.
—Ojalá yo pudiera hacer algo —dije.
—¡Tú, Agnes! Bueno, ¿quién sabe? Tú también dibujas bastante bien; si eliges un motivo sencillo, me atrevo a decir que lograrás hacer algo que todos nos sentiremos orgullosos de mostrar.
—Pero tengo otro proyecto en mente, mamá, y desde hace tiempo; solo que no me decidía a mencionarlo.
—¡Ah! Dinos, por favor, cuál es.
—Me gustaría ser institutriz.
Mi madre lanzó una exclamación de sorpresa y se echó a reír. Mi hermana dejó caer la labor, atónita, y exclamó: —¡Tú, institutriz, Agnes! ¿En qué estarás pensando?
—¡Pues no veo nada tan extraordinario en ello! No pretendo ser capaz de enseñar a muchachas mayores; pero sin duda podría enseñar a los pequeños... ¡Y me gustaría tanto! Me encantan los niños. ¡Déjame, mamá, por favor!
—Pero, cariño, aún no has aprendido a cuidar de ti misma, y tratar con niños pequeños exige más juicio y experiencia que hacerlo con los mayores.
—Pero, mamá, tengo más de dieciocho años y soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma, y también de los demás. No conoces ni la mitad de la sabiduría y la prudencia que poseo, porque nunca se me ha puesto a prueba.
—Piensa un momento —dijo Mary—: ¿qué harías en una casa llena de desconocidos, sin que mamá ni yo estuviéramos allí para hablar y actuar por ti, con un montón de niños a los que atender además de ti misma y sin nadie a quien pedir consejo? Ni siquiera sabrías qué ropa ponerte.
—Creen que, porque siempre hago lo que me mandan, no tengo criterio propio; pero pónganme a prueba —es lo único que pido— y verán lo que puedo hacer.
En ese momento entró mi padre y se le explicó el tema de nuestra conversación.
—¡Cómo! ¡Mi pequeña Agnes, institutriz! —exclamó y, a pesar de su abatimiento, se rio de la idea.
—Sí, papá, no digas tú nada en contra; me gustaría tanto, y estoy segura de que me desenvolvería de maravilla.
—Pero, cariño, no podríamos estar sin ti. —Y una lágrima le brilló en los ojos al añadir—: ¡No, no! Por afligidos que estemos, sin duda no hemos llegado todavía a ese extremo.
—¡Oh, no! —dijo mi madre—. No hay ninguna necesidad de dar semejante paso; es un simple capricho de Agnes. Así que debes callarte, niña traviesa; porque, aunque estés tan dispuesta a dejarnos, sabes muy bien que no podemos separarnos de ti.
Quedé reducida al silencio aquel día y muchos de los que siguieron; pero aun así no renuncié por completo a mi querido proyecto. Mary tomó sus útiles de dibujo y se puso a trabajar con constancia. Yo también saqué los míos; pero, mientras dibujaba, pensaba en otras cosas.
¡Qué delicia sería ser institutriz! Salir al mundo; empezar una vida nueva; actuar por mi cuenta; ejercitar mis facultades hasta entonces inactivas; poner a prueba unas aptitudes que ni yo misma conocía; ganarme el sustento y algo más con que aliviar y ayudar a mi padre, a mi madre y a mi hermana, además de librarlos de tener que alimentarme y vestirme; demostrarle a papá lo que su pequeña Agnes era capaz de hacer; convencer a mamá y a Mary de que yo no era tan desvalida e irreflexiva como suponían. ¡Y, además, qué dicha que me confiaran el cuidado y la educación de unos niños! Dijeran lo que dijeran los demás, me sentía plenamente capacitada para la tarea: el claro recuerdo de mis propios pensamientos en la primera infancia sería una guía más segura que las instrucciones del más maduro de los consejeros. Bastaría con volver la mirada de mis pequeños alumnos hacia la niña que yo había sido a su edad para saber al punto cómo ganarme su confianza y su cariño; cómo despertar el arrepentimiento en quienes obraran mal; cómo infundir valor a los tímidos y consolar a los afligidos; cómo hacer practicable la Virtud, deseable la Instrucción y amable y comprensible la Religión.
«—¡Deliciosa tarea!
¡Enseñar al tierno pensamiento a brotar!»
¡Cultivar las tiernas plantas y ver abrirse sus capullos día tras día!
Movida por tantos alicientes, decidí perseverar en mi empeño; aunque el temor de disgustar a mi madre o herir los sentimientos de mi padre me impidió volver sobre el asunto durante varios días. Al fin volví a hablar de ello a solas con mi madre y, no sin dificultad, conseguí que prometiera ayudarme con sus gestiones. Después conseguí que mi padre consintiera, aunque de mala gana; y entonces, pese a que Mary seguía suspirando en señal de desaprobación, mi querida y bondadosa madre comenzó a buscarme una colocación. Escribió a los parientes de mi padre y consultó los anuncios de los periódicos; hacía tiempo que había dejado de tener trato con los suyos: desde que se casara, no había habido entre ellos más que un intercambio formal de cartas ocasionales, y nunca habría recurrido a ellos para un asunto de aquella naturaleza. Pero tan largo y completo había sido el apartamiento de mis padres del mundo que pasaron muchas semanas antes de que pudiera hallarse una colocación adecuada. Al fin, para mi gran alegría, se decidió que me encargaría de los hijos pequeños de cierta señora Bloomfield, a quien mi bondadosa y remilgada tía Grey había conocido en su juventud y de quien aseguraba que era una mujer muy agradable. Su marido era un comerciante retirado que había amasado una fortuna muy respetable; pero no hubo manera de que accediera a pagar más de veinticinco libras de sueldo a la institutriz de sus hijos. Yo, sin embargo, acepté con gusto aquella suma antes que rechazar la colocación, opción que mis padres se inclinaban a considerar más conveniente.
Pero aún habría que dedicar unas semanas más a los preparativos. ¡Qué largas, qué tediosas me parecieron aquellas semanas! Y, sin embargo, en general fueron felices, llenas de risueñas esperanzas y ardiente expectación. ¡Con qué particular placer ayudé a confeccionar mi ropa nueva y, después, a preparar mis baúles! Pero también sentí cierta amargura al ocuparme de esto último; y, cuando terminé, cuando todo quedó listo para mi partida al día siguiente y se acercó la última noche en casa, una súbita angustia pareció henchirme el corazón. Mis seres queridos parecían tan tristes y me hablaban con tanta ternura que apenas podía contener las lágrimas; pero seguía aparentando alegría. Había dado con Mary mi último paseo por los páramos, mi última vuelta por el jardín y alrededor de la casa; había dado de comer con ella por última vez a nuestras queridas palomas, aquellas preciosas criaturas que habíamos amansado para que picotearan la comida en nuestras manos; a todas les había acariciado a modo de despedida el sedoso lomo mientras se apiñaban en mi regazo. Había besado con ternura a mis favoritas entre todas, la pareja de colipavas blancas como la nieve; había tocado mi última melodía en el viejo piano de siempre y le había cantado mi última canción a papá: no la última, eso esperaba, pero sí la última por un tiempo que se me antojaba muy largo. Y quizá, cuando volviera a hacer aquellas cosas, mis sentimientos fueran otros: las circunstancias podían haber cambiado y tal vez aquella casa nunca volviera a ser mi hogar permanente.
Mi querida amiguita, la gatita, sin duda habría cambiado: ya se estaba convirtiendo en una hermosa gata y, cuando yo regresara, aunque fuera para una rápida visita por Navidad, lo más probable era que hubiera olvidado tanto a su compañera de juegos como sus alegres travesuras. Había retozado con ella por última vez; y, cuando acariciaba su pelaje suave y brillante mientras, tendida en mi regazo, se dormía ronroneando, lo hacía con una tristeza que me costaba disimular. Luego, a la hora de acostarnos, cuando me retiré con Mary a nuestro pequeño y tranquilo dormitorio, donde mis cajones ya estaban vacíos, al igual que mi parte de la estantería, y donde en adelante tendría que dormir sola, en triste soledad, según sus propias palabras, se me encogió el corazón más que nunca. Me pareció que había sido egoísta y que había obrado mal al empeñarme en dejarla; y, cuando me arrodillé una vez más junto a nuestra pequeña cama, imploré una bendición para ella y para mis padres con más fervor que nunca. Para ocultar mi emoción, hundí el rostro entre las manos, que pronto quedaron bañadas en lágrimas. Al levantarme, advertí que ella también había llorado; pero ninguna de las dos dijo nada, y en silencio nos dispusimos a descansar, arrimándonos más la una a la otra, conscientes de lo poco que faltaba para separarnos.
Pero la mañana me devolvió la esperanza y el buen ánimo. Debía partir temprano para que el vehículo que me llevaría —un tílburi alquilado al señor Smith, el comerciante de paños, comestibles y té del pueblo— pudiera regresar aquel mismo día. Me levanté, me lavé, me vestí, tomé un desayuno apresurado, recibí los cariñosos abrazos de mi padre, mi madre y mi hermana, besé a la gata —para gran escándalo de Sally, la criada—, le estreché la mano a esta, subí al tílburi, me cubrí el rostro con el velo y entonces, solo entonces, me eché a llorar a mares. El tílburi echó a rodar; volví la vista atrás: mi querida madre y mi hermana seguían de pie en la puerta, mirando cómo me alejaba y diciéndome adiós con la mano. Respondí a su saludo y rogué a Dios de todo corazón que las bendijera; bajamos la colina y dejé de verlas.
—Le ha tocado una mañana algo fresquita, señorita Agnes —observó Smith—, y oscura también; pero a lo mejor llegamos allá antes de que llueva mucho.
—Sí, eso espero —respondí con toda la calma de que fui capaz.
—Y anoche también cayó bastante agua.
—Sí.
—Pero a lo mejor este viento frío ahuyenta la lluvia.
—Quizá sí.
Ahí acabó nuestra conversación. Cruzamos el valle y empezamos a subir la colina de enfrente. Mientras remontábamos trabajosamente la cuesta, volví la vista atrás: allí se veía la aguja de la iglesia del pueblo y, más allá, la vieja y gris casa parroquial, bañada por un rayo oblicuo de sol. Era solo un rayo mortecino, pero el pueblo y las colinas que lo rodeaban estaban sumidos en una sombría penumbra, y saludé aquel rayo errante como un augurio favorable para mi hogar. Con las manos juntas, imploré fervientemente una bendición para sus habitantes y aparté la mirada de prisa, pues vi que la luz del sol se retiraba; y me guardé muy bien de volver a mirar, por temor a ver la casa envuelta en la misma sombra lúgubre que el resto del paisaje.




