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Portada del libro «Silas Marner», de George Eliot

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Silas Marner

De George Eliot

Clásico de dominio público de George Eliot · Nueva traducción de NovelSpell

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Silas Marner

George Eliot

Capítulo 1

En los tiempos en que las ruecas zumbaban afanosamente en las casas de labranza —y hasta las grandes damas, vestidas de seda y encajes de hilo, tenían sus ruecas de juguete de roble pulido—, podían verse por comarcas apartadas, entre caminos vecinales o en lo más hondo de las colinas, ciertos hombres pálidos y de escasa estatura que, al lado de los fornidos campesinos, parecían los restos de una raza desheredada. El perro del pastor ladraba furiosamente cuando uno de aquellos hombres de aspecto forastero aparecía en lo alto, recortado en negro contra el temprano ocaso invernal; pues ¿qué perro ve con buenos ojos una figura encorvada bajo un pesado saco? Y aquellos hombres pálidos rara vez salían sin esa misteriosa carga. El propio pastor, aunque tenía buenas razones para creer que el saco no contenía sino hilo de lino, o bien las largas piezas enrolladas de recio lienzo que se tejían con aquel hilo, no estaba del todo seguro de que el oficio de tejer, por indispensable que fuera, pudiera ejercerse sin ayuda alguna del Maligno. En aquellos tiempos remotos, la superstición se adhería fácilmente a cualquier persona o cosa que se saliera de lo habitual, o que incluso fuera tan solo intermitente y ocasional, como las visitas del buhonero o del afilador. Nadie sabía dónde tenían su hogar los hombres errantes ni de dónde procedían; y ¿cómo entender a un hombre si no se conocía al menos a alguien que conociera a su padre y a su madre? Para los campesinos de antaño, el mundo ajeno a su experiencia directa era una región de vaguedad y misterio: a su pensamiento, que nunca había viajado, la vida errante le resultaba tan oscura como la vida invernal de las golondrinas que regresaban con la primavera; y aun quien se establecía en un lugar, si venía de comarcas lejanas, casi nunca dejaba de ser objeto de cierta desconfianza, suficiente para que nadie se sorprendiera si una larga trayectoria de conducta inofensiva acababa en la comisión de un delito; sobre todo si tenía fama de entendido o mostraba alguna habilidad artesanal. Toda destreza, ya fuera en el manejo ágil de ese difícil instrumento que es la lengua o en cualquier otro arte desconocido para los aldeanos, era de por sí sospechosa: la gente honrada, cuyo nacimiento y crianza estaban a la vista de todos, por lo general no pecaba de sabia ni de hábil —al menos, no más allá de saber interpretar las señales del tiempo—; y el proceso por el que se adquirían la rapidez y la destreza de cualquier clase estaba tan por completo oculto que ambas parecían tener algo de hechicería. Así fue como aquellos tejedores de lino dispersos por el campo —emigrantes de la ciudad— siguieron siendo hasta el fin unos extraños para sus vecinos campesinos, y por lo común adquirieron los hábitos excéntricos propios de la soledad.

En los primeros años del presente siglo, uno de esos tejedores de lino, llamado Silas Marner, ejercía su oficio en una casita de piedra situada entre setos cargados de avellanas, cerca de la aldea de Raveloe y no lejos del borde de una cantera abandonada. El sospechoso sonido del telar de Silas, tan distinto del alegre y natural trote de la aventadora o del ritmo más sencillo del mayal, ejercía sobre los muchachos de Raveloe una fascinación mezclada de temor; a menudo dejaban de recoger avellanas o buscar nidos para espiar por la ventana de la casita de piedra, compensando el respeto que les inspiraba el misterioso funcionamiento del telar con una agradable sensación de desdeñosa superioridad, nacida de remedar sus ruidos alternos y la postura encorvada del tejedor, semejante a la de quien mueve una rueda de molino. Pero a veces ocurría que Marner, al detenerse a corregir alguna irregularidad del hilo, advertía la presencia de los pequeños bribones y, aunque era celoso de su tiempo, le desagradaban tanto aquellas intrusiones que bajaba del telar, abría la puerta y les clavaba una mirada que siempre bastaba para hacerlos huir aterrados. Porque ¿cómo iban a creer que aquellos grandes ojos castaños y saltones del pálido rostro de Silas Marner apenas distinguían lo que no tenían cerca, y no que su espantosa mirada podía causar calambres o raquitismo, o torcerle la boca, a cualquier muchacho que se quedara rezagado? Tal vez habían oído a sus padres insinuar que Silas Marner podía curarle a uno el reumatismo si se le antojaba, y añadir, con aire aún más sombrío, que, si se sabía halagar al diablo lo suficiente, este podía ahorrarle a uno el gasto del médico. Aun hoy quizá un oyente atento pudiera percibir entre los campesinos de cabellos canos esos extraños ecos persistentes del antiguo culto a los demonios; pues al espíritu inculto le cuesta asociar las ideas de poder y bondad. Una vaga noción de un poder al que, a fuerza de ruegos, puede inducirse a no hacer daño es la forma que más fácilmente adopta el sentimiento de lo Invisible en el ánimo de los hombres que siempre han vivido apremiados por las necesidades más elementales, y cuya vida de duro trabajo nunca ha sido iluminada por una fe religiosa entusiasta. Para ellos, el dolor y la desgracia ofrecen un abanico de posibilidades mucho más amplio que la alegría y el goce: en su imaginación apenas brotan las imágenes que alimentan el deseo y la esperanza, pero la invaden recuerdos que dan pasto incesante al temor. «¿Se le ocurre algo que le apetecería comer?», le pregunté una vez a un viejo jornalero que se hallaba en su última enfermedad y había rechazado todos los alimentos que su mujer le había ofrecido. «No —respondió—, nunca he conocido otra cosa que la comida corriente, y esa no la puedo comer». La experiencia no había engendrado en él ninguna fantasía capaz de evocar el fantasma del apetito.

Y Raveloe era una aldea donde aún perduraban muchos de aquellos viejos ecos, sin que nuevas voces los ahogaran. No es que fuera una de esas parroquias estériles situadas en los confines de la civilización, habitadas por ovejas flacas y unos pocos pastores muy dispersos: al contrario, se encontraba en la fértil llanura central de lo que nos complacemos en llamar la alegre Inglaterra, y contaba con granjas que, desde un punto de vista espiritual, pagaban diezmos de lo más apetecibles. Pero estaba recogida en una abrigada hondonada muy arbolada, a una buena hora a caballo de cualquier camino de peaje, adonde nunca llegaban las vibraciones de la trompa de las diligencias ni las de la opinión pública. Era una aldea de aspecto importante, con una hermosa iglesia antigua y un amplio cementerio en el centro, y dos o tres grandes casas de labranza de ladrillo y piedra, con huertos bien cercados por muros y veletas ornamentales, que se alzaban junto al camino y mostraban fachadas más imponentes que la casa parroquial, apenas visible entre los árboles al otro lado del cementerio: una aldea que dejaba ver de inmediato las cumbres de su vida social y revelaba al ojo experto que no había en las cercanías ningún gran parque con su casa señorial, pero sí varios notables en Raveloe que podían cultivar mal sus tierras con toda tranquilidad, pues en aquellos tiempos de guerra sacaban de su mala labranza dinero suficiente para vivir entre juergas y celebrar alegremente la Navidad, Pentecostés y la Pascua.

Quince años habían transcurrido desde que Silas Marner llegara por primera vez a Raveloe; por entonces no era más que un joven pálido, de ojos castaños, saltones y miopes, cuyo aspecto no habría tenido nada de extraño para personas de mediana cultura y experiencia, pero que, a ojos de los aldeanos cerca de quienes había ido a establecerse, presentaba misteriosas peculiaridades acordes con la naturaleza excepcional de su oficio y con su llegada de una región desconocida llamada «el Norte». Lo mismo ocurría con su modo de vida: no invitaba a nadie a cruzar su umbral, y nunca se acercaba a la aldea a beber una pinta en el Arcoíris o a charlar en el taller del carretero; no buscaba a hombre ni mujer, salvo por asuntos de su oficio o para procurarse lo necesario; y las muchachas de Raveloe no tardaron en comprender que nunca importunaría a ninguna para que lo aceptara contra su voluntad, como si las hubiera oído declarar que jamás se casarían con un muerto vuelto a la vida. Esta idea sobre la persona de Marner tenía otros fundamentos, además de su rostro pálido y sus ojos nunca vistos; pues Jem Rodney, el cazador de topos, aseguraba que una tarde, cuando regresaba a casa, había visto a Silas Marner apoyado en la escalerilla de una cerca, con un pesado saco a la espalda, en lugar de descansar el saco sobre la escalerilla, como habría hecho cualquier hombre en su sano juicio; y que, al acercarse, había visto que Marner tenía los ojos fijos como los de un muerto, y le había hablado y lo había sacudido, y tenía los miembros rígidos y las manos aferradas al saco como si fueran de hierro; pero, justo cuando ya se había convencido de que el tejedor estaba muerto, este había vuelto en sí, como quien dice en un abrir y cerrar de ojos, había dado las buenas noches y se había marchado. Jem juraba haber visto todo aquello, y tanto mejor lo recordaba cuanto que había sido el mismísimo día en que había estado cazando topos en las tierras del hacendado Cass, junto al viejo foso de aserrado. Algunos decían que Marner debía de haber sufrido un «ataque», palabra que parecía explicar hechos que de otro modo resultaban increíbles; pero el discutidor señor Macey, sacristán de la parroquia, meneaba la cabeza y preguntaba si alguien había oído jamás de un hombre al que le diera un ataque sin caerse al suelo. Un ataque era una apoplejía, ¿no? Y lo propio de una apoplejía era privar a un hombre en parte del uso de sus miembros y dejarlo a cargo de la parroquia, si no tenía hijos que lo atendieran. No, no; ninguna apoplejía permitía que un hombre siguiera en pie, como un caballo entre las varas, y luego se marchara antes de que uno pudiera decir «¡Arre!». Pero bien podía ocurrir que el alma se soltara del cuerpo y entrara y saliera de él, como un pájaro que sale de su nido y regresa; y así era como la gente llegaba a saber más de la cuenta, pues en aquel estado sin envoltura iba a aprender de quienes podían enseñarle más de lo que sus vecinos podían aprender con los cinco sentidos y el cura. ¿Y de dónde había sacado maese Marner sus conocimientos de hierbas, y también de ensalmos, si se le antojaba darlos a conocer? Lo que contaba Jem Rodney no era más de lo que habría podido esperar cualquiera que hubiese visto cómo Marner había curado a Sally Oates y la había hecho dormir como un bebé, después de que llevara más de dos meses al cuidado del médico con el corazón latiéndole como para reventarle el cuerpo. Podría curar a más gente si quisiera; pero convenía hablarle con buenas maneras, aunque solo fuera para evitar que le hiciera a uno algún mal.

A ese vago temor debía Marner en parte el verse a salvo del hostigamiento que sus singularidades podrían haberle atraído, pero aún más al hecho de que, muerto el viejo tejedor de lino de la vecina parroquia de Tarley, su oficio lo convertía en un vecino muy bien recibido por las amas de casa más acomodadas del distrito, e incluso por los moradores más previsores de las casas humildes, que al terminar el año tenían su pequeña provisión de hilo. La conciencia de su utilidad habría contrarrestado cualquier repugnancia o sospecha que no se viera confirmada por alguna deficiencia en la calidad o en la cantidad de la tela que tejía para ellos. Y los años habían transcurrido sin alterar las impresiones de los vecinos sobre Marner, salvo por el paso de la novedad a la costumbre. Al cabo de quince años, los hombres de Raveloe decían de Silas Marner exactamente lo mismo que al principio: no lo decían con tanta frecuencia, pero, cuando lo decían, lo creían con mucha más firmeza. Solo había una adición importante que los años habían traído consigo: que maese Marner había acumulado un buen montón de dinero en alguna parte y podía comprar a «hombres de más peso» que él.

Pero, mientras la opinión sobre él había permanecido casi inmutable y sus hábitos cotidianos apenas habían mostrado cambio visible alguno, la vida interior de Marner había tenido una historia y una metamorfosis, como necesariamente ha de ocurrir con toda naturaleza ardiente que ha huido a la soledad o ha sido condenada a ella. Antes de llegar a Raveloe, su vida había estado llena del movimiento, la actividad mental y la estrecha fraternidad que, tanto entonces como ahora, caracterizaban la vida de un artesano incorporado desde joven a una secta religiosa de miras estrechas, donde hasta el más pobre de los seglares tiene ocasión de distinguirse por sus dotes de palabra y cuenta, cuando menos, con el peso de un voto silencioso en el gobierno de su comunidad. Marner gozaba de gran estima en aquel pequeño mundo oculto, que se conocía a sí mismo como la iglesia congregada en el patio de la Linterna; se lo tenía por un joven de vida ejemplar y fe ardiente, y despertaba un interés particular desde que, en una reunión de oración, había caído en un misterioso estado de rigidez y pérdida de conciencia que, al prolongarse una hora o más, se había confundido con la muerte. Buscar una explicación médica para aquel fenómeno habría supuesto, tanto para el propio Silas como para su pastor y los demás miembros de la comunidad, renunciar deliberadamente al significado espiritual que pudiera encerrar. Silas era, sin duda, un hermano elegido para una prueba singular; y, aunque la ausencia de toda visión espiritual durante aquel trance corporal desalentaba los esfuerzos por interpretar la prueba, tanto él como los demás creían ver sus efectos en un aumento de luz y fervor. Un hombre menos veraz podría haberse sentido tentado de inventar más tarde una visión bajo la forma de un recuerdo recobrado; un hombre menos cuerdo podría haber creído en semejante invención; pero Silas era cuerdo y honrado, aunque, como ocurre con muchos hombres honrados y fervorosos, la instrucción no había abierto cauces a su sentido del misterio, y así este se extendía por el camino que correspondía a la indagación y al conocimiento. Había heredado de su madre ciertos conocimientos sobre las hierbas medicinales y su preparación —un pequeño caudal de sabiduría que ella le había transmitido como un legado solemne—, pero en los últimos años había empezado a dudar de que fuera lícito aplicar aquellos conocimientos, pues creía que las hierbas no podían tener eficacia sin la oración y que la oración podía bastar sin las hierbas; de modo que el gusto heredado por recorrer los campos en busca de dedaleras, dientes de león y tusílagos empezaba a adquirir para él el carácter de una tentación.

Entre los miembros de su iglesia había un joven, algo mayor que él, con quien lo unía desde hacía tiempo una amistad tan estrecha que los hermanos del patio de la Linterna acostumbraban llamarlos David y Jonatán. El verdadero nombre del amigo era William Dane, y también a él se lo consideraba un ejemplo brillante de piedad juvenil, aunque propendía a mostrarse demasiado severo con los hermanos más débiles y a dejarse deslumbrar tanto por su propia luz que se tenía por más sabio que sus maestros. Pero, fueran cuales fueran los defectos que otros pudieran advertir en William, a ojos de su amigo no tenía tacha; pues Marner poseía una de esas naturalezas impresionables y faltas de confianza en sí mismas que, en la edad inexperta, admiran a quienes se imponen y buscan apoyo en quienes las contradicen. La expresión de confiada sencillez del rostro de Marner, acentuada por aquel mirar sin fijarse en nada, por aquella mirada indefensa, de ciervo, propia de los ojos grandes y saltones, contrastaba vivamente con el triunfo íntimo, refrenado con suficiencia, que se adivinaba en los ojos estrechos y oblicuos y los labios apretados de William Dane. Uno de los temas de conversación más frecuentes entre ambos amigos era la certeza de la salvación: Silas confesaba que nunca lograba alcanzar nada superior a una esperanza mezclada de temor, y escuchaba con anhelante asombro cuando William declaraba que poseía una certeza inquebrantable desde que, en la época de su conversión, había soñado que veía las palabras «vocación y elección seguras» solas en una página blanca de la Biblia abierta. Tales coloquios han ocupado a muchas parejas de tejedores de rostro pálido, cuyas almas sin cultivo han sido como crías aladas que aletean abandonadas en el crepúsculo.

Al confiado Silas le había parecido que ni siquiera el nacimiento de otro afecto de naturaleza más íntima había enfriado aquella amistad. Llevaba algunos meses comprometido con una joven sirvienta, y solo esperaban aumentar un poco sus ahorros comunes para casarse; y le producía gran alegría que Sarah no pusiera reparos a que William asistiera de vez en cuando a sus encuentros de los domingos. En ese punto de su historia se produjo el ataque cataléptico de Silas durante la reunión de oración; y, entre las diversas preguntas y muestras de interés que le dirigieron los miembros de su comunidad, solo la observación de William desentonó con la simpatía general hacia un hermano señalado de aquel modo para recibir un trato especial. Comentó que, a su parecer, aquel trance tenía más de intervención de Satanás que de prueba del favor divino, y exhortó a su amigo a cerciorarse de que no ocultaba en el alma nada maldito. Silas, que se sentía obligado a aceptar las reprensiones y advertencias como un servicio fraternal, no sintió resentimiento, sino tan solo dolor ante las dudas de su amigo; y a ese dolor pronto se añadió cierta inquietud al advertir que la conducta de Sarah hacia él empezaba a mostrar una extraña oscilación entre el esfuerzo por manifestarle mayor afecto y las señales involuntarias de retraimiento y aversión. Le preguntó si deseaba romper el compromiso; pero ella lo negó: la iglesia conocía su compromiso y este había sido reconocido en las reuniones de oración; no podía romperse sin una investigación rigurosa, y Sarah no podía alegar ninguna razón que el sentir de la comunidad aprobara. Por entonces, el diácono de más edad cayó gravemente enfermo y, como era viudo y no tenía hijos, algunos de los hermanos y hermanas más jóvenes lo atendían día y noche. A menudo, Silas compartía con William los turnos de vela nocturna: uno relevaba al otro a las dos de la madrugada. Contra lo que se esperaba, el anciano parecía ir camino de recuperarse cuando, una noche, Silas, que velaba junto a su cama, advirtió que había cesado el ruido habitual de su respiración. La vela estaba ya muy consumida y tuvo que levantarla para distinguir bien el rostro del enfermo. Al examinarlo, se convenció de que el diácono había muerto: llevaba muerto algún tiempo, pues tenía los miembros rígidos. Silas se preguntó si se habría quedado dormido y miró el reloj: eran ya las cuatro de la madrugada. ¿Cómo era que William no había venido? Muy inquieto, fue en busca de ayuda, y pronto se reunieron en la casa varios amigos, entre ellos el pastor, mientras Silas se marchaba a trabajar, deseoso de haberse encontrado con William para saber por qué no había acudido. Pero a las seis, cuando pensaba ir a buscar a su amigo, llegó William, acompañado del pastor. Venían a convocarlo al patio de la Linterna, para reunirse allí con los miembros de la iglesia; y, cuando preguntó el motivo de la convocatoria, la única respuesta fue: «Ya lo sabrás». No se dijo nada más hasta que Silas estuvo sentado en la sacristía, frente al pastor, con los ojos de quienes representaban para él al pueblo de Dios solemnemente fijos en su persona. Entonces el pastor sacó una navaja, se la mostró a Silas y le preguntó si sabía dónde la había dejado. Silas dijo que no recordaba haberla dejado en ninguna parte fuera de su bolsillo, aunque temblaba ante aquel extraño interrogatorio. Lo exhortaron entonces a no ocultar su pecado, sino a confesarlo y arrepentirse. La navaja había aparecido en el escritorio situado junto a la cama del diácono difunto, en el lugar donde había estado la bolsita con el dinero de la iglesia, que el propio pastor había visto el día anterior. Una mano había retirado aquella bolsa; y ¿de quién podía ser esa mano sino del hombre a quien pertenecía la navaja? Durante un rato, Silas permaneció mudo de asombro; luego dijo: «Dios demostrará mi inocencia: no sé nada de que la navaja estuviera allí ni de que haya desaparecido el dinero. Regístrenme y registren mi casa; no encontrarán más que tres libras y cinco chelines de mis propios ahorros, que William Dane sabe que tengo desde hace seis meses». Al oírlo, William dejó escapar un gemido, pero el pastor dijo: «Las pruebas contra ti son graves, hermano Marner. El dinero fue sustraído anoche, y nadie estuvo con nuestro difunto hermano aparte de ti, pues William Dane nos declara que una indisposición repentina le impidió acudir a ocupar su puesto como de costumbre, y tú mismo dijiste que no había venido; y, además, desatendiste el cadáver».

—Debo de haberme dormido —dijo Silas. Luego, tras una pausa, añadió—: O debo de haber sufrido otra intervención como la que todos me han visto padecer, de modo que el ladrón debió de entrar y salir mientras yo no estaba en el cuerpo, sino fuera del cuerpo. Pero vuelvo a decirlo: regístrenme y registren mi casa, porque no he estado en ninguna otra parte.

Se hizo el registro, y terminó… ¡con William Dane encontrando la conocida bolsa, vacía, metida detrás de la cómoda del cuarto de Silas! Entonces William exhortó a su amigo a confesar y a no seguir ocultando su pecado. Silas lo miró con vivo reproche y dijo: —William, en los nueve años que llevamos yendo y viniendo juntos, ¿alguna vez me has oído decir una mentira? Pero Dios demostrará mi inocencia.

—Hermano —dijo William—, ¿cómo voy a saber lo que has podido hacer en los aposentos secretos de tu corazón para darle a Satanás poder sobre ti?

Silas seguía mirando a su amigo. De pronto, un subido rubor le tiñó el rostro, y estaba a punto de hablar impetuosamente cuando una conmoción interior pareció detenerlo de nuevo, haciéndolo palidecer y temblar. Pero al fin habló con voz débil, mirando a William.

—Ahora lo recuerdo: la navaja no estaba en mi bolsillo.

—No sé qué quieres decir —dijo William. Los demás presentes, sin embargo, empezaron a preguntar dónde quería decir Silas que estaba la navaja, pero él no quiso dar más explicaciones; solo dijo: —Estoy muy abatido; no puedo decir nada. Dios demostrará mi inocencia.

De regreso en la sacristía, continuaron las deliberaciones. Recurrir a medidas legales para averiguar quién era el culpable contravenía los principios de la iglesia del patio de la Linterna, según los cuales los cristianos tenían prohibido acudir a los tribunales, aun si el caso hubiera supuesto menos escándalo para la comunidad. Pero los miembros estaban obligados a tomar otras medidas para descubrir la verdad, y resolvieron orar y echar suertes. Esta decisión solo puede sorprender a quienes desconocen esa oscura vida religiosa que ha transcurrido en los callejones de nuestras ciudades. Silas se arrodilló con sus hermanos, confiando en que una intervención divina inmediata confirmaría su inocencia, pero sintiendo que, aun así, le aguardaban la pena y el duelo: su confianza en los hombres había recibido una cruel herida. Las suertes declararon culpable a Silas Marner. Fue solemnemente apartado de la iglesia y requerido para que restituyera el dinero robado: solo mediante la confesión, como señal de arrepentimiento, podría volver a ser acogido en el seno de la iglesia. Marner escuchó en silencio. Al fin, cuando todos se levantaron para marcharse, se acercó a William Dane y dijo, con la voz quebrada por la agitación:

—La última vez que recuerdo haber usado mi navaja fue cuando la saqué para cortarte una correa. No recuerdo haber vuelto a guardarla en el bolsillo. Tú robaste el dinero y has urdido una trama para achacarme el pecado. Pero puede que prosperes a pesar de todo: no hay un Dios justo que gobierne la tierra con rectitud, sino un Dios de mentiras que da testimonio contra el inocente.

Un estremecimiento recorrió a todos al oír aquella blasfemia.

William dijo con mansedumbre: —Dejo que nuestros hermanos juzguen si esta es o no la voz de Satanás. No puedo hacer otra cosa que rezar por ti, Silas.

El pobre Marner salió con aquella desesperación en el alma, con aquella confianza quebrantada en Dios y en los hombres que, para una naturaleza afectuosa, roza la locura. En la amargura de su espíritu herido, se dijo: «Ella también me rechazará». Y pensó que, si ella no creía en el testimonio contra él, toda su fe habría de derrumbarse como se había derrumbado la de él. A las personas acostumbradas a razonar sobre las formas en que se ha encarnado su sentimiento religioso les cuesta comprender esa mentalidad sencilla y sin cultivo, en la que la forma y el sentimiento jamás han sido separados por un acto de reflexión. Tendemos a pensar que era inevitable que un hombre en la situación de Marner empezara a cuestionar la validez de recurrir al juicio divino echando suertes; pero para él eso habría supuesto un esfuerzo de pensamiento independiente como nunca había conocido; y habría tenido que hacerlo en un momento en que todas sus energías se habían convertido en la angustia de una fe defraudada. Si hay un ángel que registra las penas de los hombres además de sus pecados, sabe cuántas y cuán hondas son las penas que nacen de ideas falsas de las que nadie es culpable.

Marner regresó a casa y pasó un día entero sentado a solas, aturdido por la desesperación, sin sentir impulso alguno de ir a ver a Sarah e intentar convencerla de su inocencia. Al segundo día buscó refugio de la incredulidad que lo entumecía sentándose al telar y trabajando como de costumbre; y no habían pasado muchas horas cuando el pastor y uno de los diáconos llegaron con un mensaje de Sarah: daba por terminado su compromiso con él. Silas recibió el mensaje en silencio y luego se volvió para trabajar de nuevo en el telar, apartándose de los mensajeros. Poco más de un mes después, Sarah se casó con William Dane; y no mucho más tarde supieron los hermanos del patio de la Linterna que Silas Marner se había marchado de la ciudad.


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