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Portada del libro «Los treinta y nueve escalones», de John Buchan

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Los treinta y nueve es­ca­lo­nes

De John Buchan

Clásico de dominio público de John Buchan · Nueva traducción de NovelSpell

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Los treinta y nueve es­ca­lo­nes

John Buchan

Capítulo 1: El hombre que murió

Volví de la City a eso de las tres de aquella tarde de mayo, bastante asqueado de la vida. Llevaba tres meses en la vieja patria y estaba harto de ella. Si alguien me hubiera dicho un año antes que iba a sentirme así, me habría reído en su cara; pero así estaban las cosas. El tiempo me ponía de mal humor y la conversación del inglés corriente me revolvía el estómago. No conseguía hacer suficiente ejercicio, y las diversiones de Londres me resultaban tan insípidas como el agua de soda que se ha dejado al sol. «Richard Hannay —me repetía—, te has metido en la zanja equivocada, amigo mío, y más te vale salir de ella».

Me mordía los labios al pensar en los planes que había ido forjando durante aquellos últimos años en Bulawayo. Había hecho mi pequeña fortuna; no era de las grandes, pero a mí me bastaba, y había ideado toda clase de maneras de disfrutarla. Mi padre me había llevado consigo desde Escocia cuando yo tenía seis años, y nunca había regresado a mi tierra; de modo que Inglaterra era para mí una especie de Las mil y una noches, y contaba con quedarme allí el resto de mis días.

Pero me decepcionó desde el principio. Al cabo de una semana, más o menos, ya estaba cansado de visitar lugares de interés, y en menos de un mes me habían hartado los restaurantes, los teatros y las carreras de caballos. No tenía un verdadero amigo con quien salir, lo cual probablemente lo explica todo. Mucha gente me invitaba a su casa, pero no parecía sentir gran interés por mí. Me lanzaban una pregunta o dos sobre Sudáfrica y luego pasaban a sus propios asuntos. Un montón de damas imperialistas me invitaban a tomar el té para que conociera a maestros de Nueva Zelanda y directores de periódicos de Vancouver, y aquello era lo más lúgubre de todo. Allí estaba yo, a mis treinta y siete años, sano y entero, con dinero suficiente para pasarlo bien, bostezando todo el día hasta desencajarme las mandíbulas. Casi había decidido largarme y volver al veld, porque yo era el hombre más aburrido de todo el Reino Unido.

Aquella tarde había estado dando la lata a mis agentes de bolsa con las inversiones, por tener la cabeza ocupada, y de camino a casa entré en mi club, que era más bien una taberna donde admitían socios coloniales. Me tomé una buena copa y leí los periódicos de la tarde. Venían llenos del revuelo de Oriente Próximo, y había un artículo sobre Karolides, el primer ministro griego. Aquel hombre me caía bastante bien. Por todo lo que se decía, parecía el único hombre de talla de todo aquel asunto; además, jugaba limpio, cosa que no podía decirse de la mayoría de los demás. Entendí que lo odiaban de veras en Berlín y Viena, pero que nosotros íbamos a apoyarlo, y un periódico afirmaba que era la única barrera entre Europa y el Armagedón. Recuerdo que me pregunté si podría encontrar trabajo por aquellas tierras. Me pareció que Albania era de esos sitios donde a uno podían quitársele las ganas de bostezar.

Hacia las seis volví a casa, me cambié de ropa, cené en el Café Royal y entré en un teatro de variedades. Era un espectáculo estúpido, todo mujeres haciendo cabriolas y hombres con cara de mono, y no me quedé mucho rato. La noche era hermosa y despejada cuando regresé a pie al piso que había alquilado cerca de Portland Place. La multitud pasaba a mi lado por las aceras, atareada y parlanchina, y yo envidiaba a toda aquella gente por tener algo que hacer. Aquellas dependientas, oficinistas, petimetres y policías tenían algún interés en la vida que los mantenía en marcha. Le di media corona a un mendigo porque lo vi bostezar: era un compañero de infortunio. En Oxford Circus alcé los ojos al cielo primaveral e hice una promesa. Le daría un día más a la vieja patria para que me encontrara alguna ocupación; si no pasaba nada, tomaría el siguiente barco para el Cabo.

Mi piso estaba en la primera planta de un edificio nuevo, detrás de Langham Place. Había una escalera común, con un portero y un ascensorista en la entrada, pero no había restaurante ni nada por el estilo, y cada piso estaba completamente aislado de los demás. Odio tener al servicio viviendo en casa, así que me atendía un hombre que venía durante el día. Llegaba cada mañana antes de las ocho y solía marcharse a las siete, porque yo nunca cenaba en casa.

Estaba metiendo la llave en la cerradura cuando advertí que había un hombre a mi lado. No lo había visto acercarse y su aparición repentina me sobresaltó. Era delgado, de barba castaña y corta, con unos ojillos azules y penetrantes. Reconocí al ocupante de un piso de la última planta, con quien había cruzado algunas palabras en la escalera.

—¿Puedo hablar con usted? —dijo—. ¿Me permite pasar un momento? —Hacía un esfuerzo por dominar la voz y me palpaba el brazo.

Abrí la puerta y le hice una seña para que entrara. Apenas hubo cruzado el umbral, salió disparado hacia mi cuarto del fondo, donde solía fumar y escribir mis cartas. Luego volvió a toda prisa.

—¿Está cerrada con llave la puerta? —preguntó febrilmente, y él mismo echó la cadena.

—Lo siento mucho —dijo con humildad—. Es un atrevimiento enorme, pero me pareció usted de esos hombres que saben comprender. He pensado en usted toda esta semana, desde que se complicaron las cosas. Oiga, ¿me hará un favor?

—Lo escucharé —dije—. Es lo único que le prometo. —Las extravagancias de aquel hombrecillo nervioso empezaban a inquietarme.

En una mesa junto a él había una bandeja con bebidas, y se sirvió un whisky con soda bien cargado. Se lo bebió en tres tragos y rajó el vaso al dejarlo sobre la mesa.

—Disculpe —dijo—. Esta noche estoy algo alterado. Verá: resulta que en este momento estoy muerto.

Me senté en un sillón y encendí la pipa.

—¿Qué se siente? —pregunté. Estaba casi seguro de que me las había con un loco.

Una sonrisa le cruzó fugazmente el rostro demacrado. —No estoy loco… todavía. Oiga, señor, lo he estado observando y creo que es usted un hombre de mucho temple. También lo creo honrado y sin miedo a jugar fuerte. Voy a confiarme a usted. Necesito ayuda como no la ha necesitado nadie jamás, y quiero saber si puedo contar con usted.

—Cuénteme su historia —dije— y se lo diré.

Pareció hacer acopio de fuerzas para un gran esfuerzo y luego se lanzó a una historia de lo más enrevesada. Al principio no entendía de qué iba y tuve que interrumpirlo para hacerle preguntas. Pero lo esencial es lo siguiente:

Era estadounidense, de Kentucky, y al terminar sus estudios universitarios, como estaba bastante bien de dinero, se había lanzado a recorrer el mundo. Había escrito algo, trabajado como corresponsal de guerra para un periódico de Chicago y pasado uno o dos años en el sudeste de Europa. Por lo que entendí, dominaba varios idiomas y había llegado a conocer bastante bien la sociedad de aquellas tierras. Hablaba con familiaridad de muchas personas cuyos nombres recordaba haber visto en los periódicos.

Había empezado a curiosear en política, me dijo, primero por afición y luego porque ya no podía evitarlo. Lo tomé por un hombre agudo e inquieto, siempre empeñado en llegar a la raíz de las cosas. Había llegado un poco más hondo de lo que quería.

Cuento lo que me dijo tal como logré entenderlo. Detrás de todos los gobiernos y los ejércitos operaba un gran movimiento clandestino, dirigido por gente muy peligrosa. Había dado con él por casualidad; quedó fascinado; siguió adelante y terminó atrapado. Entendí que la mayoría de sus integrantes eran de esos anarquistas instruidos que hacen revoluciones, pero que junto a ellos había financieros que jugaban por dinero. Un hombre listo puede sacar grandes beneficios de un mercado a la baja, y a unos y otros les convenía sembrar la discordia en Europa.

Me contó cosas extrañas que aclaraban muchas otras que me habían desconcertado: lo ocurrido en la guerra de los Balcanes, cómo un Estado se había impuesto de pronto, por qué se concertaban y se rompían alianzas, por qué desaparecían ciertos hombres y de dónde salía el dinero para la guerra. El objetivo de toda la conspiración era enfrentar a Rusia y Alemania.

Cuando pregunté por qué, me dijo que los anarquistas creían que así les llegaría su oportunidad. Todo pasaría por el crisol, y esperaban ver surgir un mundo nuevo. Los capitalistas se embolsarían el dinero y harían fortunas comprando los despojos. El capital, dijo, no tenía conciencia ni patria. Además, detrás de todo estaba el judío, y el judío odiaba a Rusia más que al mismísimo infierno.

—¿Le extraña? —exclamó—. Llevan trescientos años persiguiéndolos, y esta es la revancha por los pogromos. El judío está en todas partes, pero hay que bajar muy hondo por las escaleras de servicio para encontrarlo. Tome cualquier gran empresa teutona. Si trata usted con ella, el primero al que verá será el príncipe von und zu Tal, un joven elegante que habla el inglés de Eton y Harrow. Pero ese no pinta nada. Si sus asuntos son de envergadura, pasa usted más allá y se encuentra con un westfaliano de mandíbula saliente, frente huidiza y modales de cerdo. Ese es el hombre de negocios alemán que hace temblar a la prensa inglesa. Pero si el negocio es de los más grandes y necesita llegar al verdadero jefe, puede apostar diez contra uno a que acabará delante de un judío menudo, de rostro pálido, en una silla de ruedas y con ojos de serpiente de cascabel. Sí, señor, ese es el hombre que gobierna el mundo en estos momentos, y se la tiene jurada al Imperio del zar porque a ese judío le violaron a la tía y le azotaron al padre en un villorrio cualquiera del Volga.

No pude evitar señalar que sus judíos anarquistas parecían haberse quedado un poco rezagados.

—Sí y no —dijo—. Ganaron hasta cierto punto, pero tropezaron con algo más poderoso que el dinero, algo que no se podía comprar: los antiguos instintos elementales de lucha del hombre. Si a uno lo van a matar, se inventa una bandera y una patria por las que luchar, y, si sobrevive, acaba por tomarles cariño. Esos tontos de soldados han encontrado algo que les importa, y eso ha desbaratado el bonito plan trazado en Berlín y Viena. Pero mis amigos están muy lejos de haber jugado su última carta. Se guardan un as en la manga, y, si no consigo mantenerme con vida un mes, lo jugarán y ganarán.

—Pero creía que estaba muerto —intervine.

—Mors janua vitae —dijo con una sonrisa. (Reconocí la cita: era casi todo el latín que sabía). —Ya llegaré a eso, pero antes tengo que ponerlo al corriente de muchas cosas. Si lee los periódicos, supongo que conocerá el nombre de Constantine Karolides, ¿no?

Me erguí en el asiento al oírlo, porque precisamente aquella tarde había estado leyendo sobre él.

—Es el hombre que ha desbaratado todas sus jugadas. Es el único gran cerebro de todo el asunto, y resulta que además es honrado. Por eso lleva doce meses en el punto de mira. Eso lo averigüé, aunque no era difícil, porque cualquier idiota podía suponerlo. Pero también averigüé cómo pensaban acabar con él, y saberlo era mortal. Por eso he tenido que fallecer.

Tomó otra copa, que esta vez le preparé yo mismo, pues aquel hombrecillo empezaba a interesarme.

—No pueden acabar con Karolides en su propio país, porque tiene una escolta de epirotas capaces de desollar a sus propias abuelas. Pero el quince de junio vendrá a esta ciudad. Al Ministerio de Asuntos Exteriores británico le ha dado por organizar reuniones internacionales para tomar el té, y la más importante de todas está prevista para esa fecha. Pues bien, se cuenta con Karolides como invitado principal y, si mis amigos se salen con la suya, nunca regresará junto a sus compatriotas, que lo admiran.

—En todo caso, eso tiene fácil arreglo —dije—. Puede advertírselo y hacer que se quede en casa.

—¿Y hacerles el juego? —preguntó con brusquedad—. Si no viene, ganan ellos, porque es el único que puede desenredar la madeja. Y, si se advierte al Gobierno griego, Karolides no vendrá, porque no sabe cuánto va a estar en juego el quince de junio.

—¿Y el Gobierno británico? —dije—. No van a permitir que asesinen a sus invitados. Avíseles y tomarán más precauciones.

—No serviría de nada. Podrían llenar esta ciudad de agentes de paisano y duplicar la policía, y Constantine seguiría siendo un hombre condenado. Mis amigos no juegan por caramelos. Quieren una gran ocasión para eliminarlo, con los ojos de toda Europa puestos en ella. Lo asesinará un austriaco, y no faltarán pruebas de la connivencia de los grandes personajes de Viena y Berlín. Todo será una mentira infernal, claro está, pero a los ojos del mundo habrá indicios de sobra para incriminarlos. No hablo por hablar, amigo mío. Resulta que conozco todos los detalles de esa maquinación infernal, y puedo asegurarle que será la canallada mejor urdida desde los Borgia. Pero no se llevará a cabo si el quince de junio sigue vivo aquí mismo, en Londres, cierto hombre que conoce los engranajes del asunto. Y ese hombre va a ser su servidor, Franklin P. Scudder.

Empezaba a caerme bien aquel hombrecillo. La mandíbula se le había cerrado como un cepo para ratas y en sus ojillos penetrantes ardía el fuego del combate. Si me estaba contando un cuento, sabía representarlo.

—¿Dónde se enteró de todo eso? —pregunté.

—La primera pista la tuve en una posada a orillas del Achensee, en el Tirol. Aquello me puso a indagar, y fui reuniendo las demás pistas en una peletería del barrio galitziano de Buda, en un club para extranjeros de Viena y en una pequeña librería cercana a la Racknitzstrasse, en Leipzig. Completé mis pruebas en París hace diez días. No puedo contarle ahora los detalles, porque sería toda una historia. Cuando estuve completamente seguro, consideré que mi deber era desaparecer, y llegué a esta ciudad dando un rodeo de lo más extraño. De París salí convertido en un joven dandi francoamericano, y en Hamburgo embarqué como comerciante judío de diamantes. En Noruega fui un estudioso inglés de Ibsen que reunía material para unas conferencias, pero cuando salí de Bergen era un hombre del cinematógrafo con unas películas especiales de esquí. Y llegué aquí desde Leith con un montón de propuestas sobre madera para pasta de papel en el bolsillo, para presentárselas a los periódicos londinenses. Hasta ayer creía haber enredado un poco las pistas y estaba bastante contento. Entonces…

El recuerdo pareció turbarlo, y bebió de un trago otro poco de whisky.

—Entonces vi a un hombre parado en la calle, frente a este edificio. Yo me quedaba encerrado en mi cuarto todo el día y solo salía a escondidas una o dos horas después de anochecer. Lo observé un rato desde la ventana y me pareció reconocerlo… Entró y habló con el portero… Cuando volví anoche de mi paseo encontré una tarjeta en el buzón. Llevaba el nombre del hombre con quien menos deseo toparme en toda la tierra de Dios.

Creo que lo que acabó de convencerme de su sinceridad fue la expresión de sus ojos, aquel miedo desnudo que se le veía en el rostro. La voz se me volvió algo más cortante al preguntarle qué había hecho después.

—Comprendí que estaba tan encerrado como un arenque en escabeche y que solo había una salida. Tenía que morir. Si mis perseguidores sabían que estaba muerto, volverían a dormirse.

—¿Cómo se las arregló?

—Le dije al hombre que me sirve de ayuda de cámara que me encontraba bastante mal y me las arreglé para tener aspecto de muerto. No fue difícil, porque no se me dan mal los disfraces. Luego conseguí un cadáver: en Londres siempre se puede conseguir un cuerpo si se sabe adónde ir a buscarlo. Lo llevé en un baúl colocado sobre el techo de un coche de cuatro ruedas, y tuvieron que ayudarme a subir a mi cuarto. Ya ve, necesitaba acumular algunas pruebas para la investigación judicial. Me metí en la cama e hice que mi criado me preparara un somnífero; luego le dije que se largara. Quiso ir por un médico, pero solté unas cuantas maldiciones y le dije que no soportaba a los matasanos. Cuando me quedé solo, empecé a preparar aquel cadáver. Era de mi tamaño y me pareció que había muerto de beber demasiado, así que dejé algo de licor por allí, a mano. La mandíbula era lo que menos se parecía a la mía, así que se la volé de un tiro de revólver. Supongo que mañana habrá alguien que jure haber oído un disparo, pero no tengo vecinos en mi planta y juzgué que podía correr ese riesgo. Dejé, pues, el cuerpo en la cama, vestido con mi pijama, con un revólver sobre la ropa de cama y un buen desastre alrededor. Después me puse un traje que tenía reservado para emergencias. No me atreví a afeitarme por miedo a dejar huellas y, además, de nada me habría servido intentar salir a la calle. Había pensado en usted todo el día y no parecía quedarme otro recurso que acudir a usted. Estuve mirando desde la ventana hasta verlo llegar y bajé entonces a escondidas por la escalera a su encuentro… Eso es todo, señor; creo que ya sabe más o menos lo mismo que yo de este asunto.

Estaba sentado, parpadeando como un búho, todo nervios y, sin embargo, con una determinación desesperada. Para entonces ya estaba bastante convencido de que me hablaba con sinceridad. Era una historia de lo más descabellada, pero en mi vida había oído muchos relatos increíbles que habían resultado ciertos, y tenía por norma juzgar al hombre antes que al relato. Si hubiera querido instalarse en mi piso para luego cortarme el cuello, me habría contado algo menos extraordinario.

—Déme su llave —dije— y echaré un vistazo al cadáver. Disculpe mi cautela, pero debo hacer alguna comprobación, si puedo.

Negó con la cabeza, apesadumbrado. —Ya contaba con que me lo pediría, pero no la tengo. Está en mi cadena, sobre el tocador. Tuve que dejarla allí, porque no podía dejar ningún indicio que despertara sospechas. Los caballeros que me persiguen tienen la vista bastante aguda. Tendrá que fiarse de mí por esta noche, y mañana no le faltarán pruebas de lo del cadáver.

Reflexioné un par de instantes. —Bien. Me fiaré de usted esta noche. Lo dejaré encerrado en esta habitación y me quedaré con la llave. Solo una cosa, señor Scudder: creo que es usted honrado, pero, por si no lo es, debo advertirle que se me dan bien las armas de fuego.

—Claro —dijo, levantándose de un salto con cierta viveza—. No tengo el privilegio de saber su nombre, señor, pero permítame decirle que es usted un blanco de ley. Le agradeceré que me preste una navaja de afeitar.

Lo llevé a mi dormitorio y lo dejé a sus anchas. Al cabo de media hora salió un personaje al que apenas reconocí. Solo seguían iguales sus ojos penetrantes y ávidos. Se había afeitado por completo, llevaba el pelo con raya en medio y se había recortado las cejas. Además, tenía un porte de hombre que hubiera recibido instrucción militar y era, hasta por el cutis moreno, la viva estampa de un oficial británico que hubiese pasado una larga temporada en la India. Tenía también un monóculo, que se encajó en el ojo, y en su modo de hablar ya no quedaba el menor rastro de su origen estadounidense.

—¡Caramba! Señor Scudder… —balbucí.

—Señor Scudder, no —me corrigió—. Capitán Theophilus Digby, del 40.º de gurkas, actualmente de permiso en la patria. Le agradeceré que lo recuerde, señor.

Le preparé una cama en mi gabinete de fumar y me fui a la mía, más animado que en todo el mes anterior. A veces ocurrían cosas, incluso en aquella metrópoli olvidada de la mano de Dios.

A la mañana siguiente me despertó el estrépito infernal que estaba armando Paddock, mi criado, a la puerta del gabinete de fumar.

Paddock era un hombre al que había hecho un favor allá en el Selakwe, y lo había enganchado como criado en cuanto llegué a Inglaterra. Tenía tanta labia como un hipopótamo y no era gran cosa como ayuda de cámara, pero sabía que podía contar con su lealtad.

—Basta de escándalo, Paddock —dije—. Hay un amigo mío, el capitán… capitán… —no me acordaba del nombre—, durmiendo ahí dentro. Prepara desayuno para dos y luego ven a hablar conmigo.

Le conté a Paddock una buena historia: mi amigo era un personaje importante que tenía los nervios bastante mal por exceso de trabajo y necesitaba descanso y silencio absolutos. Nadie debía saber que estaba allí, o lo asediarían con comunicaciones del Ministerio de la India y del primer ministro y se malograría su recuperación. He de decir que Scudder representó su papel espléndidamente al salir a desayunar. Se quedó mirando a Paddock a través del monóculo, como un auténtico oficial británico, le hizo preguntas sobre la guerra de los bóeres y me soltó un montón de cosas sobre amigos imaginarios. Paddock no conseguía aprender a llamarme «señor», pero a Scudder le decía «señor» como si le fuera la vida en ello.

Lo dejé con el periódico y una caja de puros y me fui a la City hasta la hora del almuerzo. Al regresar me encontré al ascensorista con cara de importancia.

—Aquí ha pasado algo feo esta mañana, señor. El señor del número 15 va y se pega un tiro. Se lo acaban de llevar al depósito de cadáveres. La policía está ahí arriba ahora.

Subí al número 15 y encontré a un par de polizontes y a un inspector ocupados en examinarlo todo. Hice unas cuantas preguntas idiotas y enseguida me echaron. Luego busqué al hombre que había servido de ayuda de cámara a Scudder y lo sonsaqué, pero pude ver que no sospechaba nada. Era un tipo quejumbroso con cara de entierro, y media corona le sirvió de gran consuelo.

Asistí al día siguiente a la vista de la investigación judicial. Un socio de una editorial declaró que el difunto le había presentado propuestas sobre pasta de madera y que, a su entender, había sido agente de una empresa estadounidense. El jurado dictaminó que se trataba de un suicidio cometido en estado de enajenación mental, y se entregaron sus escasas pertenencias al cónsul estadounidense para que dispusiera de ellas. Le hice a Scudder un relato completo de lo ocurrido, que le interesó muchísimo. Dijo que le habría gustado asistir a la vista, porque, a su juicio, le habría resultado tan sabroso como leer su propia necrológica.

Los dos primeros días que pasó conmigo en aquella habitación del fondo estuvo muy tranquilo. Leía, fumaba un poco y hacía montones de anotaciones en una libreta, y todas las noches jugábamos una partida de ajedrez, en la que me daba una buena paliza. Creo que trataba de reponerse de la tensión nerviosa, porque había pasado por momentos bastante difíciles. Pero al tercer día ya advertí que empezaba a inquietarse. Preparó una lista de los días que faltaban para el quince de junio y los iba tachando con un lápiz rojo, con anotaciones en taquigrafía junto a cada uno. Lo encontraba sumido en profundas cavilaciones, con aquellos ojos penetrantes abstraídos, y después de esos ratos de meditación solía estar muy abatido.

Luego noté que volvía a ponerse nervioso. Estaba atento al menor ruido y no paraba de preguntarme si se podía confiar en Paddock. Una o dos veces se mostró muy irritable y se disculpó por ello. No se lo reprochaba. Se lo disculpaba todo, porque se había echado a cuestas un trabajo bastante arduo.

No lo inquietaba la seguridad de su propio pellejo, sino el éxito del plan que había trazado. Aquel hombrecillo era puro temple, de pies a cabeza, sin un solo punto débil. Una noche se puso muy solemne.

—Oiga, Hannay —dijo—, creo que debo ponerlo un poco más al corriente de este asunto. Me dolería morir sin dejar a nadie que siguiera dando la batalla. —Y empezó a contarme con detalle lo que hasta entonces solo le había oído explicar de forma vaga.

No le presté demasiada atención. Lo cierto es que me interesaban más sus propias aventuras que sus asuntos de alta política. Me parecía que Karolides y sus asuntos no me incumbían, y se lo dejaba todo a él. Así que mucho de lo que dijo se me borró por completo de la memoria. Recuerdo que dejó muy claro que el peligro para Karolides no empezaría hasta que llegara a Londres y vendría de las más altas esferas, donde a nadie se le ocurriría sospechar. Mencionó el nombre de una mujer, Julia Czechenyi, que tenía algo que ver con aquel peligro. Por lo que entendí, ella serviría de señuelo para apartar a Karolides de la protección de sus guardias. Habló también de una Piedra Negra y de un hombre que ceceaba al hablar, y describió con gran minuciosidad a alguien a quien nunca aludía sin estremecerse: un viejo con voz de joven, capaz de velarse los ojos como un halcón.

También habló mucho de la muerte. Estaba terriblemente angustiado por el éxito de su misión, pero su vida le importaba un comino.

—Me imagino que es como quedarse dormido cuando uno está rendido de cansancio y despertarse en un día de verano, con olor a heno entrando por la ventana. Yo le daba gracias a Dios por mañanas así, allá en la región del Bluegrass, y supongo que volveré a dárselas cuando despierte al otro lado del Jordán.

Al día siguiente estuvo mucho más animado y pasó buena parte del tiempo leyendo la biografía de Stonewall Jackson. Salí a cenar con un ingeniero de minas al que tenía que ver por asuntos de trabajo y volví hacia las diez y media, a tiempo de jugar nuestra partida de ajedrez antes de acostarme.

Recuerdo que llevaba un puro en la boca cuando empujé la puerta del gabinete de fumar. Las luces estaban apagadas, lo que me pareció extraño. Me pregunté si Scudder se habría acostado ya.

Accioné el interruptor, pero no había nadie. Entonces vi algo en el rincón del fondo que me hizo soltar el puro y sudar frío.

Mi huésped yacía despatarrado boca arriba. Un largo cuchillo le atravesaba el corazón y lo tenía clavado al suelo.


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