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Portada del libro «La princesita», de Frances Hodgson Burnett

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La prin­ce­si­ta

De Frances Hodgson Burnett

Clásico de dominio público de Frances Hodgson Burnett · Nueva traducción de NovelSpell

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La prin­ce­si­ta

Frances Hodgson Burnett

Capítulo 1: Sara

Un oscuro día de invierno, cuando la niebla amarilla se cernía tan espesa y pesada sobre las calles de Londres que los faroles estaban encendidos y los escaparates resplandecían a la luz del gas como por la noche, una niña de aspecto singular iba sentada junto a su padre en un coche de alquiler que avanzaba con cierta lentitud por las calles principales.

Iba sentada con los pies recogidos bajo el cuerpo, apoyada en su padre, que la rodeaba con un brazo, y miraba fijamente por la ventanilla a la gente que pasaba; en sus grandes ojos había una extraña expresión pensativa de persona mayor.

Era una niña tan pequeña que nadie habría esperado ver aquella expresión en su carita. Hasta en una niña de doce años habría parecido una expresión de persona mayor, y Sara Crewe solo tenía siete. Lo cierto era, sin embargo, que siempre andaba soñando y pensando cosas extrañas, y ni ella misma recordaba una época en que no hubiera pensado en los mayores y en el mundo al que pertenecían. Tenía la sensación de haber vivido mucho, mucho tiempo.

En aquel momento recordaba el viaje que acababa de hacer desde Bombay con su padre, el capitán Crewe. Pensaba en el gran barco, en los lascares que iban y venían en silencio a bordo, en los niños que jugaban por la cubierta caldeada y en las esposas de algunos oficiales jóvenes, que solían intentar que hablara con ellas y se reían de las cosas que decía.

Sobre todo, pensaba en lo extraño que era estar primero en la India, bajo un sol abrasador, luego en medio del océano y después ir en un vehículo desconocido por calles desconocidas donde el día era tan oscuro como la noche. Todo aquello la desconcertaba tanto que se arrimó más a su padre.

—Papá —dijo con una vocecita queda y misteriosa, casi un susurro—, papá.

—¿Qué ocurre, cariño? —respondió el capitán Crewe, estrechándola más contra sí y bajando la mirada hacia su carita—. ¿En qué está pensando Sara?

—¿Es este el sitio? —susurró Sara, acurrucándose todavía más contra él—. ¿Es este, papá?

—Sí, pequeña Sara, es este. Por fin hemos llegado. —Y, aunque solo tenía siete años, Sara sabía que él se sentía triste al decirlo.

Le parecía que habían pasado muchos años desde que él había empezado a prepararla para «el sitio», como ella siempre lo llamaba. Su madre había muerto al nacer ella, de modo que nunca la había conocido ni echado de menos. Su joven padre, apuesto y rico, que la mimaba, parecía ser el único pariente que tenía en el mundo. Siempre habían jugado juntos y se habían querido. Solo sabía que era rico porque había oído decirlo a personas que creían que ella no escuchaba, y también las había oído decir que, cuando creciera, ella también sería rica. No sabía todo lo que significaba ser rico. Siempre había vivido en un hermoso bungaló y estaba acostumbrada a ver a muchos criados que le hacían zalemas, la llamaban «señorita sahib» y le daban gusto en todo. Había tenido juguetes, animales de compañía y un aya que la adoraba, y poco a poco había aprendido que las personas ricas tenían aquellas cosas. Pero eso era todo lo que sabía al respecto.

Durante su corta vida solo una cosa la había inquietado, y era «el sitio» al que algún día iban a llevarla. El clima de la India era muy malo para los niños, y los enviaban lejos de allí en cuanto era posible, generalmente a Inglaterra, a un colegio. Había visto marcharse a otros niños y había oído a sus padres y a sus madres hablar de las cartas que recibían de ellos. Sabía que también ella tendría que marcharse y, aunque a veces la habían atraído los relatos de su padre sobre el viaje y el nuevo país, la inquietaba pensar que él no podría quedarse con ella.

—¿No podrías venir conmigo a ese sitio, papá? —le había preguntado a los cinco años—. ¿No podrías ir tú también al colegio? Yo te ayudaría con las lecciones.

—Pero no tendrás que quedarte mucho tiempo, pequeña Sara —le había dicho siempre—. Irás a una casa bonita donde habrá muchas niñas, y jugarán juntas, y yo te mandaré muchos libros, y crecerás tan deprisa que te parecerá que apenas ha pasado un año cuando ya seas lo bastante mayor y lista para volver y cuidar de papá.

Le había gustado pensar en eso. Llevarle la casa a su padre; salir a cabalgar con él y sentarse a la cabecera de su mesa cuando él diera cenas; hablar con él y leer sus libros: eso sería lo que más le gustaría en el mundo, y si para conseguirlo había que marcharse al «sitio» de Inglaterra, debía decidirse a ir. Las otras niñas no le interesaban demasiado, pero, si tenía muchos libros, podría consolarse. Le gustaban los libros más que ninguna otra cosa y, de hecho, siempre andaba inventando historias de cosas hermosas y contándoselas a sí misma. A veces se las había contado a su padre, y a él le habían gustado tanto como a ella.

—Bueno, papá —dijo en voz baja—, si ya estamos aquí, supongo que debemos resignarnos.

Él se rio de aquella manera de hablar tan propia de una persona mayor y la besó. La verdad era que él mismo no estaba resignado en absoluto, aunque sabía que debía mantenerlo en secreto. Su pequeña Sara, tan singular, había sido una gran compañera para él, y sentía que se encontraría solo cuando, de regreso en la India, entrara en su bungaló sabiendo que no podía esperar que aquella figurita de vestido blanco saliera a recibirlo. Así que la mantuvo bien apretada contra sí con un brazo mientras el coche de alquiler entraba en la gran plaza sombría donde se alzaba la casa a la que se dirigían.

Era una casa de ladrillo, grande y sombría, exactamente igual a las demás de su hilera, salvo por una placa de latón que relucía en la puerta de entrada, con estas palabras grabadas en letras negras:

Señorita Minchin,

Colegio Selecto para Señoritas.

—Ya estamos aquí, Sara —dijo el capitán Crewe, procurando que su voz sonara lo más alegre posible. Luego la bajó del coche en brazos, subieron los escalones e hicieron sonar la campanilla. Tiempo después, Sara pensó a menudo que, en cierto modo, la casa era exactamente igual que la señorita Minchin. Era respetable y estaba bien amueblada, pero todo lo que había en ella era feo; hasta los sillones parecían tener huesos duros en su interior. En el vestíbulo todo era duro y pulido: hasta las mejillas rojas de la cara de luna que había en el alto reloj del rincón parecían severas y barnizadas. El suelo del salón al que los condujeron estaba cubierto por una alfombra de cuadros; las sillas eran cuadradas y sobre la pesada repisa de mármol de la chimenea había un pesado reloj de mármol.

Al sentarse en una de las rígidas sillas de caoba, Sara echó una de sus rápidas miradas a su alrededor.

—No me gusta, papá —dijo—. Pero supongo que a los soldados —incluso a los valientes— tampoco les gusta de verdad entrar en batalla.

Al oír aquello, el capitán Crewe soltó una carcajada. Era joven y alegre, y nunca se cansaba de escuchar las extrañas ocurrencias de Sara.

—Ay, pequeña Sara —dijo—. ¿Qué voy a hacer cuando no tenga a nadie que me diga cosas solemnes? Nadie más es tan solemne como tú.

—Pero ¿por qué te hacen reír tanto las cosas solemnes? —preguntó Sara.

—Porque eres muy graciosa cuando las dices —respondió él, riéndose aún más. Y entonces, de pronto, la alzó en brazos y la besó con mucha fuerza; dejó de reír de golpe y casi parecía tener lágrimas en los ojos.

En ese preciso momento entró en la habitación la señorita Minchin. Se parecía mucho a su casa, pensó Sara: alta y sombría, respetable y fea. Tenía unos ojos grandes y fríos de pez, y una sonrisa grande y fría de pez. La sonrisa se le ensanchó muchísimo al ver a Sara y al capitán Crewe. La dama que había recomendado su colegio al joven militar le había contado muchas cosas muy halagüeñas sobre él. Entre otras cosas, había oído que era un padre rico, dispuesto a gastar mucho dinero en su hijita.

—Será un gran privilegio tener a mi cargo a una niña tan hermosa y prometedora, capitán Crewe —dijo, tomando la mano de Sara y acariciándosela—. Lady Meredith me ha hablado de la inteligencia poco común de su hija. Una niña inteligente es un gran tesoro para un establecimiento como el mío.

Sara permaneció quieta, con los ojos fijos en el rostro de la señorita Minchin. Pensaba en algo extraño, como de costumbre.

«¿Por qué dice que soy una niña hermosa?», pensaba. «No soy hermosa en absoluto. Isobel, la hija del coronel Grange, sí es hermosa. Tiene hoyuelos y las mejillas sonrosadas, y el pelo largo y del color del oro. Yo tengo el pelo corto y negro, y los ojos verdes; además, soy una niña delgada y no soy nada rubia. Soy una de las criaturas más feas que he visto nunca. Empieza faltando a la verdad».

Sin embargo, se equivocaba al creerse una niña fea. No se parecía en nada a Isobel Grange, que había sido la belleza del regimiento, pero tenía un encanto singular y muy suyo. Era una criatura esbelta y flexible, bastante alta para su edad, y tenía una carita de expresión intensa y atractiva. Su cabello era espeso y completamente negro, y solo se rizaba en las puntas; sus ojos eran de un gris verdoso, era cierto, pero eran unos ojos grandes y maravillosos, con largas pestañas negras, y, aunque a ella no le gustaba su color, a muchas otras personas sí. Aun así, estaba firmemente convencida de que era una niña fea, y los halagos de la señorita Minchin no la entusiasmaron lo más mínimo.

«Faltaría a la verdad si dijera que ella es hermosa —pensó—, y sabría que estaba faltando a la verdad. Creo que soy tan fea como ella, a mi manera. ¿Por qué habrá dicho eso?».

Cuando conoció mejor a la señorita Minchin, comprendió por qué lo había dicho. Descubrió que les decía lo mismo a todos los papás y mamás que llevaban una niña a su colegio.

Sara se quedó de pie cerca de su padre y escuchó mientras él y la señorita Minchin conversaban. La habían llevado a aquel colegio porque las dos hijitas de lady Meredith se habían educado allí, y el capitán Crewe tenía un gran respeto por la experiencia de lady Meredith. Sara iba a ser lo que se conocía como «una interna de trato preferente», y disfrutaría de privilegios aún mayores que los que solían tener las internas de trato preferente. Tendría para ella sola un bonito dormitorio y una sala de estar; tendría un poni y un carruaje, y una doncella que ocuparía el lugar del aya que la había cuidado en la India.

—No me preocupa lo más mínimo la educación de Sara —dijo el capitán Crewe, con su risa alegre, sosteniendo la mano de la niña y dándole unas palmaditas—. Lo difícil será impedir que aprenda demasiado deprisa y demasiadas cosas. Siempre está sentada con la naricita hundida en los libros. No los lee, señorita Minchin; los devora como si fuera un lobito en vez de una niña. Siempre está hambrienta de nuevos libros que devorar, y quiere libros de mayores: grandes, enormes y gordos; en francés y en alemán, además de en inglés; de historia y de biografías y de poetas, y de toda clase de cosas. Arránquela de sus libros cuando lea demasiado. Hágala salir a montar en su poni por el Row o a comprarse una muñeca nueva. Debería jugar más con muñecas.

—Papá —dijo Sara—. Mira, si saliera a comprar una muñeca nueva cada pocos días, tendría más de las que podría querer. Las muñecas deben ser amigas íntimas. Emily va a ser mi amiga íntima.

El capitán Crewe miró a la señorita Minchin y la señorita Minchin miró al capitán Crewe.

—¿Quién es Emily? —preguntó ella.

—Cuéntaselo, Sara —dijo el capitán Crewe, sonriendo.

Los ojos de Sara, de un gris verdoso, tenían una expresión muy solemne y muy dulce cuando respondió.

—Es una muñeca que todavía no tengo —dijo—. Es una muñeca que papá va a comprarme. Vamos a salir juntos a buscarla. La he llamado Emily. Va a ser mi amiga cuando papá se haya ido. Quiero tenerla para hablar con ella de él.

La gran sonrisa de pez de la señorita Minchin se volvió sumamente lisonjera.

—¡Qué niña tan original! —dijo—. ¡Qué criaturita tan adorable!

—Sí —dijo el capitán Crewe, atrayendo a Sara hacia sí—. Es una criaturita adorable. Cuídemela mucho, señorita Minchin.

Sara se quedó varios días con su padre en el hotel; en realidad, estuvo con él hasta que volvió a embarcarse rumbo a la India. Salieron juntos a visitar muchas tiendas grandes y compraron muchísimas cosas. De hecho, compraron muchas más cosas de las que Sara necesitaba; pero el capitán Crewe era un joven impulsivo e ingenuo y quería que su hijita tuviera todo lo que le gustaba a ella y todo lo que le gustaba a él, de modo que entre los dos reunieron un guardarropa de un lujo excesivo para una niña de siete años. Había vestidos de terciopelo adornados con costosas pieles, y vestidos de encaje, y otros bordados, y sombreros con grandes y suaves plumas de avestruz, y abrigos y manguitos de armiño, y cajas de guantecitos y pañuelos y medias de seda, en tal abundancia que las amables jóvenes que estaban detrás de los mostradores se susurraban que aquella niña extraña de ojos grandes y solemnes debía de ser por lo menos una princesa extranjera, quizá la hijita de un rajá de la India.

Y por fin encontraron a Emily, pero antes de dar con ella habían visitado varias jugueterías y mirado muchísimas muñecas.

—Quiero que parezca que en realidad no es una muñeca —dijo Sara—. Quiero que parezca que me escucha cuando le hablo. Lo malo de las muñecas, papá —y ladeó la cabeza, pensativa, mientras lo decía—, lo malo de las muñecas es que nunca parecen oír. —Así que miraron muñecas grandes y pequeñas: muñecas de ojos negros y muñecas de ojos azules, muñecas de rizos castaños y muñecas de trenzas doradas, muñecas vestidas y muñecas sin vestir.

—Mira —dijo Sara cuando examinaban una que no llevaba ropa—. Si, cuando la encuentre, no tiene vestidos, podemos llevarla a una modista y encargarle la ropa a medida. Le quedará mejor si se la prueban.

Tras varias decepciones, decidieron caminar mirando los escaparates y dejar que el coche de alquiler los siguiera. Habían pasado por delante de dos o tres tiendas sin entrar siquiera cuando, al acercarse a una que en realidad no era muy grande, Sara dio de pronto un respingo y se aferró al brazo de su padre.

—¡Oh, papá! —exclamó—. ¡Ahí está Emily!

Se le había encendido el rostro, y sus ojos de un gris verdoso tenían la expresión de quien acaba de reconocer a alguien muy íntimo y querido.

—¡De verdad nos está esperando! —dijo—. Entremos a verla.

—¡Vaya! —dijo el capitán Crewe—. Me parece que alguien debería presentarnos.

—Tienes que presentarme tú y yo te presentaré a ti —dijo Sara—. Pero yo la reconocí en cuanto la vi, así que quizá ella también me reconoció a mí.

Tal vez la hubiera reconocido. Lo cierto era que sus ojos tenían una expresión muy inteligente cuando Sara la tomó en brazos. Era una muñeca grande, pero no tanto como para que resultara difícil llevarla de un lado a otro; tenía el cabello castaño dorado, naturalmente rizado, que le caía como un manto, y sus ojos eran de un azul grisáceo intenso y límpido, con pestañas suaves y espesas que eran pestañas de verdad y no simples rayas pintadas.

—Claro —dijo Sara, mirándole la cara mientras la tenía sentada en las rodillas—, claro, papá, esta es Emily.

Así pues, compraron a Emily y la llevaron de verdad a una tienda de ropa infantil, donde le tomaron las medidas para un guardarropa tan lujoso como el de la propia Sara. También ella tenía vestidos de encaje, y de terciopelo y de muselina, y sombreros y abrigos y preciosa ropa interior con adornos de encaje, y guantes y pañuelos y pieles.

—Me gustaría que siempre pareciera una niña con una buena madre —dijo Sara—. Yo soy su madre, aunque voy a tenerla como compañera.

El capitán Crewe habría disfrutado enormemente con las compras de no ser porque una triste idea no dejaba de oprimirle el corazón. Todo aquello significaba que iba a separarse de su querida y singular compañerita.

En mitad de aquella noche se levantó de la cama y se quedó de pie junto a Sara, contemplándola mientras dormía con Emily en los brazos. Su cabello negro estaba extendido sobre la almohada y se mezclaba con el castaño dorado de Emily; las dos llevaban camisones con volantes de encaje y las dos tenían largas pestañas que reposaban sobre sus mejillas y se curvaban hacia arriba. Emily se parecía tanto a una niña de verdad que el capitán Crewe se alegró de que estuviera allí. Dejó escapar un hondo suspiro y se tiró del bigote con gesto de muchacho.

—¡Ay, pequeña Sara! —se dijo—. No creo que sepas cuánto va a echarte de menos tu papá.

Al día siguiente la llevó al colegio de la señorita Minchin y la dejó allí. Iba a zarpar a la mañana siguiente. Le explicó a la señorita Minchin que sus abogados, los señores Barrow & Skipworth, se ocupaban de sus asuntos en Inglaterra, le darían cualquier consejo que les pidiera y pagarían las facturas que les enviara por los gastos de Sara. Él escribiría a Sara dos veces por semana, y había que darle gusto en todo cuanto pidiera.

—Es una criaturita sensata, y nunca quiere nada que no se le pueda dar con toda tranquilidad —dijo.

Luego fue con Sara a su salita de estar y se despidieron. Sara se le sentó en las rodillas, sujetó con sus manitas las solapas de la chaqueta y lo miró a la cara largo rato, con fijeza.

—¿Me estás aprendiendo de memoria, pequeña Sara? —le dijo, acariciándole el pelo.

—No —respondió—. Te sé de memoria. Estás dentro de mi corazón. —Y se abrazaron y se besaron como si no fueran a soltarse nunca.

Cuando el coche de alquiler se alejó de la puerta, Sara estaba sentada en el suelo de su sala de estar, con las manos bajo la barbilla, siguiéndolo con los ojos hasta que dobló la esquina de la plaza. Emily estaba sentada a su lado y también lo seguía con la mirada. Cuando la señorita Minchin envió a su hermana, la señorita Amelia, a ver qué hacía la niña, Amelia descubrió que no podía abrir la puerta.

—He cerrado con llave —dijo desde dentro una vocecita singular y cortés—. Quiero estar completamente sola, por favor.

La señorita Amelia era gorda y achaparrada, y se sentía muy intimidada por su hermana. En realidad, era la más bondadosa de las dos, pero nunca desobedecía a la señorita Minchin. Bajó de nuevo, con una expresión casi alarmada.

—Nunca había visto una niña tan curiosa y con tanto aire de persona mayor, hermana —dijo—. Se ha encerrado con llave y no hace ni el más mínimo ruido.

—Eso es mucho mejor que dar patadas y gritar, como hacen algunas —respondió la señorita Minchin—. Esperaba que una niña tan mimada alborotara toda la casa. Si alguna vez se le ha dado a una niña gusto en todo, ha sido a ella.

—He estado abriendo sus baúles y guardando sus cosas —dijo la señorita Amelia—. Nunca he visto nada igual: pieles de marta cibelina y de armiño en los abrigos, y auténtico encaje de Valenciennes en la ropa interior. Has visto algunas de sus prendas. ¿Qué opinas de ellas?

—Me parecen completamente ridículas —replicó con aspereza la señorita Minchin—, pero lucirán muy bien a la cabeza de la fila cuando llevemos a las alumnas a la iglesia el domingo. La han provisto de todo como si fuera una princesita.

Y arriba, en la habitación cerrada con llave, Sara y Emily estaban sentadas en el suelo, mirando fijamente la esquina por la que había desaparecido el coche de alquiler, mientras el capitán Crewe miraba hacia atrás, saludando con la mano y mandando besos como si no pudiera soportar dejar de hacerlo.


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