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Portada del libro «El pequeño lord», de Frances Hodgson Burnett

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El pequeño lord

De Frances Hodgson Burnett

Clásico de dominio público de Frances Hodgson Burnett · Nueva traducción de NovelSpell

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El pequeño lord

Frances Hodgson Burnett

Capítulo 1

Cedric no sabía absolutamente nada de todo aquello. Ni siquiera se lo habían mencionado nunca. Sabía que su papá había sido inglés, porque su mamá se lo había dicho; pero su papá había muerto cuando él era tan pequeño que apenas lo recordaba, salvo que era grande, tenía los ojos azules y un largo bigote, y que era maravilloso ir por la habitación subido a su hombro. Desde la muerte de su papá, Cedric había comprendido que era mejor no hablar de él con su mamá. Cuando su padre enfermó, habían enviado a Cedric fuera de casa, y cuando regresó, todo había terminado; su madre, que también había estado muy enferma, apenas empezaba a sentarse en su silla junto a la ventana. Estaba pálida y delgada, habían desaparecido todos los hoyuelos de su bonita cara, sus ojos parecían grandes y tristes, y vestía de negro.

—Querida —dijo Cedric (su papá siempre la había llamado así, y por eso el niño había aprendido a decirlo)—, Querida, ¿mi papá está mejor?

Sintió temblar los brazos de su madre, así que volvió su cabecita rizada y la miró a la cara. Había algo en aquel rostro que le hizo sentir que estaba a punto de llorar.

—Querida —dijo—, ¿está bien?

Entonces, de pronto, su corazoncito cariñoso le dijo que lo mejor era echarle los dos brazos al cuello y besarla una y otra vez, sin apartar su suave mejilla de la de ella; y así lo hizo, y su madre apoyó la cara en su hombro y lloró amargamente, abrazándolo como si no pudiera volver a soltarlo nunca.

—Sí, está bien —sollozó—; está muy, muy bien, pero nosotros… nosotros solo nos tenemos el uno al otro. A nadie más.

Entonces, por pequeño que fuera, comprendió que su papá, tan grande, tan guapo y tan joven, ya no volvería; que había muerto, como había oído que les ocurría a otras personas, aunque no alcanzaba a comprender qué cosa extraña había causado toda aquella tristeza. Como su mamá siempre lloraba cuando él hablaba de su papá, decidió para sus adentros que era mejor no hablarle de él muy a menudo, y también descubrió que era mejor no dejar que se quedara sentada mirando el fuego o por la ventana, sin moverse ni hablar. Él y su mamá conocían a muy poca gente y llevaban una vida que bien podía considerarse muy solitaria, aunque Cedric no supo que lo era hasta que creció y se enteró de por qué no recibían visitas. Entonces le contaron que su mamá era huérfana y estaba completamente sola en el mundo cuando su papá se había casado con ella. Era muy bonita y vivía como dama de compañía de una anciana rica que no la trataba bien; un día, el capitán Cedric Errol, que estaba de visita en la casa, la vio subir corriendo las escaleras con lágrimas en las pestañas; y le pareció tan dulce, tan inocente y tan triste que el capitán no pudo olvidarla. Y, después de que sucedieran muchas cosas extrañas, llegaron a conocerse bien, se quisieron muchísimo y se casaron, aunque aquel matrimonio les granjeó la mala voluntad de varias personas. Pero quien más se enfureció fue el padre del capitán, que vivía en Inglaterra y era un anciano aristócrata muy rico e importante, de muy mal genio y con una aversión feroz por América y los americanos. Tenía dos hijos mayores que el capitán Cedric; y la ley disponía que el mayor de ellos heredase el título y las propiedades de la familia, que eran muy ricas y espléndidas; si moría el hijo mayor, el siguiente sería el heredero; de modo que, aunque pertenecía a una familia tan ilustre, había pocas probabilidades de que el propio capitán Cedric llegara a ser muy rico.

Pero dio la casualidad de que la Naturaleza había concedido al hijo menor unos dones que no había otorgado a sus hermanos mayores. Tenía un rostro hermoso y una figura gallarda, fuerte y airosa; tenía una sonrisa luminosa y una voz dulce y alegre; era valiente y generoso, tenía el corazón más bondadoso del mundo y parecía poseer el don de hacerse querer por todos. Con sus hermanos mayores no ocurría lo mismo; ninguno de los dos era guapo, ni muy bondadoso, ni inteligente. De muchachos, en Eton, no eran populares; en la universidad no les interesaban los estudios, malgastaban el tiempo y el dinero y hacían pocos amigos de verdad. El viejo conde, su padre, sufría constantes decepciones y humillaciones por su culpa; su heredero no honraba su noble apellido y no prometía llegar a ser más que un hombre egoísta, derrochador e insignificante, sin cualidades viriles ni nobles. Era muy amargo, pensaba el viejo conde, que el hijo que solo ocupaba el tercer lugar y no tendría más que una fortuna muy pequeña fuese el que poseyera todos los dones y todos los encantos y toda la fuerza y la belleza. A veces casi odiaba al apuesto joven, porque parecía poseer los dones que habrían debido ir unidos al ilustre título y a las magníficas propiedades; y, sin embargo, en lo más hondo de su viejo corazón orgulloso y obstinado, no podía evitar querer muchísimo a su hijo menor. Fue en uno de sus arrebatos de mal humor cuando lo mandó a viajar por América; pensó en alejarlo por una temporada para no enfurecerse al compararlo continuamente con sus hermanos, que por entonces le causaban muchos disgustos con su conducta desenfrenada.

Pero, al cabo de unos seis meses, comenzó a sentirse solo y a desear en secreto volver a ver a su hijo, de modo que escribió al capitán Cedric ordenándole que regresara a casa. Su carta se cruzó en el camino con otra que el capitán acababa de escribir a su padre, en la que le hablaba de su amor por la bonita joven americana y de su propósito de casarse; y, cuando el conde la recibió, montó en cólera. Pese a su mal genio, jamás en su vida había perdido los estribos como al leer la carta del capitán. Su ayuda de cámara, que estaba en la habitación cuando llegó la carta, creyó que a su señoría iba a darle un ataque de apoplejía, tal era su furia. Durante una hora rugió como un tigre, y luego se sentó y escribió a su hijo, ordenándole que no volviera a acercarse jamás a su antiguo hogar ni volviera a escribir a su padre o a sus hermanos. Le dijo que podía vivir como quisiera y morir donde quisiera, que quedaría apartado de su familia para siempre y que no debía esperar jamás, en toda su vida, ayuda de su padre.

El capitán se entristeció mucho al leer la carta; sentía gran cariño por Inglaterra y amaba entrañablemente la hermosa casa donde había nacido; incluso había querido a su viejo padre de mal genio y había sentido pena por él en sus desengaños; pero sabía que en adelante no podía esperar de él ningún gesto de bondad. Al principio apenas sabía qué hacer; no lo habían educado para trabajar y no tenía experiencia en los negocios, pero tenía valor y mucha determinación. Así que vendió su patente de oficial del ejército inglés y, tras algunas dificultades, encontró un empleo en Nueva York y se casó. El cambio con respecto a su antigua vida en Inglaterra era enorme, pero era joven y feliz, y confiaba en que el trabajo duro le depararía grandes cosas en el futuro. Tenía una casita en una calle tranquila, allí nació su hijito y todo estaba lleno de tanta alegría y buen humor, dentro de su sencillez, que jamás lamentó ni por un momento haberse casado con la bonita dama de compañía de la anciana rica por la sola razón de que era tan dulce y él la quería y ella lo quería a él. Era, en efecto, muy dulce, y su pequeño se parecía a ella y a su padre. Aunque había nacido en un hogar tan tranquilo y modesto, parecía que jamás había habido un bebé más afortunado. En primer lugar, siempre estaba sano y, por tanto, nunca daba trabajo a nadie; en segundo, tenía un carácter tan dulce y unas maneras tan encantadoras que hacía las delicias de todos; y, en tercero, era tan hermoso que parecía salido de un cuadro. En vez de ser un bebé calvo, llegó al mundo con una buena cantidad de pelo suave, fino y de color de oro, que se rizaba en las puntas y a los seis meses ya formaba bucles sueltos; tenía unos grandes ojos castaños, largas pestañas y una carita adorable; tenía una espalda tan fuerte y unas piernas tan magníficas y robustas que a los nueve meses aprendió de pronto a caminar; sus modales eran tan buenos, para ser un bebé, que daba gusto conocerlo. Parecía convencido de que todos eran sus amigos, y, si alguien le hablaba cuando iba en su cochecito por la calle, dirigía al desconocido una mirada dulce y seria con sus ojos castaños, y luego le dedicaba una hermosa sonrisa amistosa; y el resultado era que no había una sola persona en el vecindario de aquella calle tranquila donde vivía —ni siquiera el tendero de la esquina, a quien se tenía por la criatura más malhumorada del mundo— que no se alegrara de verlo y hablar con él. Y cada mes de su vida se volvía más guapo y más interesante.

Cuando tuvo edad para salir a pasear con su niñera, arrastrando un carrito y llevando un faldellín corto y blanco y un gran sombrero blanco echado hacia atrás sobre su pelo rubio y rizado, era tan guapo, tan fuerte y tan sonrosado que llamaba la atención de todo el mundo; y su niñera regresaba a casa y le contaba a su mamá cómo algunas señoras habían detenido sus carruajes para mirarlo y hablar con él, y lo complacidas que quedaban cuando él les hablaba con su alegre naturalidad, como si las conociera de siempre. Su mayor encanto era aquella manera tan alegre, tan resuelta y tan peculiar de hacerse amigo de la gente. Creo que se debía a su carácter muy confiado y a su corazoncito bondadoso, que compartía los sentimientos de todos y deseaba que todos estuvieran tan a gusto como a él le gustaba estar. Por eso comprendía enseguida los sentimientos de quienes lo rodeaban. Quizá aquella cualidad se había afianzado en él también porque había pasado tanto tiempo con su padre y su madre, que eran siempre cariñosos, considerados, tiernos y bien educados. Nunca había oído en casa una palabra cruel ni descortés; siempre lo habían querido, acariciado y tratado con ternura, y por eso su alma infantil estaba llena de bondad y de un cariño inocente y cálido. Siempre había oído llamar a su mamá con nombres bonitos y cariñosos, de modo que él también los usaba al hablarle; siempre había visto que su papá velaba por ella y la cuidaba mucho, y por eso aprendió también a cuidarla.

Así que, cuando supo que su papá no volvería y vio lo triste que estaba su mamá, en su corazoncito bondadoso fue naciendo poco a poco la idea de que debía hacer cuanto pudiera por hacerla feliz. Apenas era más que un bebé, pero aquella idea estaba en su mente siempre que se subía a su regazo y la besaba y apoyaba la cabeza rizada en su cuello, y cuando le llevaba sus juguetes y sus libros de estampas para enseñárselos, y cuando se acurrucaba en silencio a su lado mientras ella estaba tendida en el sofá. No tenía edad para saber qué más podía hacer, así que hacía lo que podía, y la consolaba más de lo que era capaz de comprender.

Una vez oyó que su madre le decía a su criada de siempre: —¡Oh, Mary! Estoy segura de que trata de ayudarme a su manera inocente; sé que lo hace. A veces me mira con cariño y desconcierto, como si yo le diera pena, y entonces viene a acariciarme o a enseñarme algo. Es todo un hombrecito; creo de veras que lo sabe.

A medida que crecía, mostraba muchas pequeñas peculiaridades que divertían e interesaban muchísimo a la gente. Hacía tanta compañía a su madre que ella apenas deseaba otra. Solían pasear juntos y conversar juntos y jugar juntos. Aprendió a leer siendo todavía muy pequeño; desde entonces, por las noches, solía tenderse en la alfombra que había ante la chimenea y leer en voz alta —unas veces cuentos, otras libros grandes, como los que leen los mayores, y a veces incluso el periódico—; y a menudo, en esos momentos, Mary oía desde la cocina a la señora Errol reír encantada con las curiosas cosas que él decía.

—Y, de veras —le dijo Mary al tendero—, nadie podría evitar reírse con esas cosas tan curiosas que hace… ¡y con sus dichos de viejo! Pues ¿no se me presentó en la cocina la noche en que nominaron al nuevo presidente y se plantó delante del fuego, que parecía una estampa, con las manos en sus bolsillitos y aquella carita inocente tan seria como la de un juez? Y me dice: «Mary —me dice—, me interesan mucho las elecciones —me dice—. Soy republicano, y Querida también. ¿Eres republicana, Mary?». «¡Ni pizca! —le digo—. ¡Soy de las mejores demócratas!». Y él alza los ojos hacia mí con una mirada que le llegaría a usted al corazón, y me dice: «Mary —me dice—, el país se va a ir a la ruina». Y desde entonces no ha dejado pasar un solo día sin discutir conmigo para que cambie de ideas políticas.

Mary lo quería muchísimo y también estaba muy orgullosa de él. Llevaba con su madre desde que él había nacido y, después de la muerte de su padre, había sido cocinera y criada y niñera y todo lo demás. Estaba orgullosa de su cuerpecito fuerte y airoso y de sus buenos modales, y especialmente orgullosa de su pelo brillante y rizado, que ondulaba sobre su frente y le caía en encantadores largos bucles sobre los hombros. Estaba dispuesta a trabajar de la mañana a la noche para ayudar a su mamá a confeccionar sus trajecitos y a mantenerlos en buen estado.

—¿Ristocrático, dice? —solía decir—. ¡A fe que me gustaría ver al niño de la Quinta Ave-nida que se le pareciera y caminara con tanto garbo como él! Y todos los hombres, mujeres y niños volviéndose a mirarlo, con su faldellín de terciopelo negro hecho de un vestido viejo de la señora; y él, con la cabecita bien alta y el pelo rizado al viento y reluciente. Parece un joven lord.

Cedric no sabía que parecía un joven lord; no sabía qué era un lord. Su mejor amigo era el tendero de la esquina, el tendero malhumorado que nunca se mostraba malhumorado con él. Era el señor Hobbs, y Cedric lo admiraba y respetaba muchísimo. Lo tenía por un hombre muy rico y poderoso: había tantas cosas en su tienda —ciruelas pasas e higos y naranjas y galletas— y además tenía un caballo y un carro. Cedric sentía cariño por el lechero y el panadero y la vendedora de manzanas, pero su preferido era el señor Hobbs, y la intimidad entre ambos era tal que iba a verlo a diario y a menudo se quedaba sentado con él un buen rato, comentando los asuntos del día. Era sorprendente la cantidad de cosas de las que encontraban que hablar; por ejemplo, el Cuatro de Julio. Cuando empezaban a hablar del Cuatro de Julio, de verdad parecía que no iban a terminar nunca. El señor Hobbs tenía muy mala opinión de «los británicos» y le contaba toda la historia de la Revolución, con relatos verdaderamente maravillosos y patrióticos sobre la villanía del enemigo y el valor de los héroes revolucionarios, e incluso, generosamente, le recitaba parte de la Declaración de Independencia.

Cedric se entusiasmó tanto que le brillaban los ojos y tenía las mejillas rojas y los rizos todos despeinados y revueltos, convertidos en una maraña rubia. Al volver a casa, apenas tuvo paciencia para comer, de tantas ganas como tenía de contárselo a su mamá. Quizá fuese el señor Hobbs quien despertó por primera vez su interés por la política. Al señor Hobbs le gustaba leer los periódicos, y así Cedric oía hablar mucho de lo que sucedía en Washington; y el señor Hobbs le decía si el presidente cumplía o no con su deber. Y una vez que hubo elecciones, todo le pareció grandioso, y probablemente, de no haber sido por el señor Hobbs y Cedric, el país podría haberse ido a pique.

El señor Hobbs lo llevó a ver un gran desfile de antorchas, y muchos de los hombres que las llevaban recordaron después a un hombre corpulento que estaba de pie junto a una farola y llevaba sobre un hombro a un hermoso niño que gritaba y agitaba la gorra en el aire.

No mucho después de aquellas elecciones, cuando Cedric tenía entre siete y ocho años, ocurrió aquel suceso tan extraño que había de transformar su vida de un modo tan maravilloso. También era muy curioso que el mismo día en que ocurrió hubiera estado hablando con el señor Hobbs de Inglaterra y de la reina, y que el señor Hobbs hubiese dicho cosas muy duras de la aristocracia, mostrándose especialmente indignado con los condes y los marqueses. Había hecho calor aquella mañana; después de jugar a los soldados con unos amigos, Cedric había entrado en la tienda a descansar y había encontrado al señor Hobbs mirando con expresión furibunda un recorte del Illustrated London News donde aparecía una ilustración de alguna ceremonia de la corte.

—Ah —dijo—, así se las gastan ahora; pero algún día recibirán lo suyo, cuando aquellos a quienes han pisoteado se levanten y los hagan volar por los aires, ¡a los condes y a los marqueses y a todos! Ese día se acerca, ¡y más les vale estar prevenidos!

Cedric se había encaramado, como siempre, al taburete alto, se había echado el sombrero hacia atrás y se había metido las manos en los bolsillos, como delicado homenaje al señor Hobbs.

—¿Ha conocido usted a muchos marqueses, señor Hobbs? —preguntó Cedric—. ¿O a condes?

—No —respondió el señor Hobbs, indignado—. ¡Desde luego que no! ¡Ya me gustaría ver a uno de ellos aquí dentro, nada más! ¡No pienso tener tiranos codiciosos sentados en mis barriles de galletas saladas!

Y se sentía tan orgulloso de lo que acababa de decir que miró a su alrededor con orgullo y se enjugó la frente.

—Quizá no serían condes si supieran más —dijo Cedric, sintiendo una vaga compasión por su desdichada condición.

—¡Cómo que no! —dijo el señor Hobbs—. ¡Si están orgullosísimos de serlo! Lo llevan dentro. Son todos de mala calaña.

Estaban en plena conversación cuando apareció Mary.

Cedric pensó que quizá había venido a comprar azúcar, pero no era así. Se la veía casi pálida y como agitada por algo.

—Ven a casa, cariño —dijo—; la señora quiere verte.

Cedric se dejó resbalar del taburete.

—¿Quiere que salga con ella, Mary? —preguntó—. Buenos días, señor Hobbs. Ya volveré a verlo.

Le sorprendió ver que Mary lo miraba fijamente, pasmada, y se preguntó por qué no dejaba de sacudir la cabeza.

—¿Qué te pasa, Mary? —dijo—. ¿Es por el calor?

—No —dijo Mary—; pero nos están pasando cosas extrañas.

—¿A Querida le duele la cabeza por el sol? —preguntó con inquietud.

Pero no era eso. Cuando llegó a su casa, había un cupé detenido ante la puerta, y alguien estaba en la salita hablando con su mamá. Mary lo hizo subir deprisa, le puso su mejor traje de verano, de franela color crema, con el pañuelo rojo en torno a la cintura, y le peinó los rizos.

—¿Lores, eh? —le oyó decir—. Y la nobleza y la gente de alcurnia. ¡Ay, mal rayo los parta! ¡Lores, nada menos… qué mala suerte!

Todo aquello resultaba, en verdad, muy desconcertante; pero estaba seguro de que su mamá le explicaría a qué venía tanto alboroto, así que dejó que Mary se lamentara sin hacerle muchas preguntas. Cuando estuvo vestido, bajó corriendo y entró en la salita. Un anciano caballero, alto y delgado, de facciones afiladas, estaba sentado en una butaca. Su madre estaba de pie cerca, con el rostro pálido, y Cedric vio que tenía lágrimas en los ojos.

—¡Oh, Ceddie! —exclamó, y corrió hacia su pequeño y lo estrechó entre sus brazos y lo besó con temor y desasosiego—. ¡Oh, Ceddie, cariño!

El anciano caballero de elevada estatura se levantó de su butaca y miró a Cedric con sus ojos penetrantes. Mientras lo miraba, se frotó la barbilla enjuta con la mano huesuda.

No parecía en absoluto descontento.

—Así que —dijo al fin, despacio—, así que este es el pequeño lord Fauntleroy.


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