Cinco chicos y eso
E. Nesbit
Capítulo 1: Hermosos como el día
La casa estaba a tres millas de la estación, pero el polvoriento coche de alquiler no llevaba ni cinco minutos traqueteando cuando los niños empezaron a asomar la cabeza por la ventanilla y a preguntar: —¿No llegamos ya? —Y cada vez que pasaban junto a una casa, cosa que no ocurría muy a menudo, todos decían: —¡Ah! ¿Es esta? —Pero nunca lo era, hasta que llegaron a lo más alto de la colina, justo después de la cantera de creta y antes de la gravera. Allí había una casa blanca con un jardín verde y un huerto de frutales detrás, y mamá dijo: —¡Ya estamos aquí!
—¡Qué blanca es la casa! —dijo Robert.
—Y miren las rosas —dijo Anthea.
—Y las ciruelas —dijo Jane.
—Está bastante bien —admitió Cyril.
El Bebé dijo: —Quero ir de paseíto. —Y el coche se detuvo con un último traqueteo y una sacudida.
En las prisas por salir del coche al instante, todos recibieron alguna patada en las piernas o algún pisotón, pero a nadie pareció importarle. Mamá, por extraño que resulte, no tenía ninguna prisa por bajar; e incluso después de hacerlo despacio, por el estribo y sin dar ni un solo salto, parecía querer ver cómo entraban los baúles en la casa, y hasta pagar al cochero, en vez de sumarse a aquella primera y gloriosa carrera por el jardín, el huerto y la espesura de espinos, cardos, rosales silvestres y zarzas que se extendía más allá de la puerta rota y de la fuente seca, a un lado de la casa. Pero, por una vez, los niños sabían más. En realidad, la casa no era nada bonita; era de lo más corriente, y a mamá le resultaba bastante incómoda y le molestaba mucho que apenas hubiera estantes y casi ningún armario. Papá decía que los adornos de hierro del tejado y del remate de los muros parecían la pesadilla del arquitecto. Pero la casa estaba en pleno campo, sin ninguna otra a la vista, y los niños llevaban dos años en Londres sin haber ido ni una sola vez al mar, ni siquiera a pasar un día en un tren de excursión, así que la Casa Blanca les parecía una especie de palacio de hadas en medio de un paraíso terrenal. Porque Londres es como una cárcel para los niños, sobre todo si su familia no es rica.
Claro que están las tiendas, los teatros, los espectáculos de Maskelyne y Cook y todo eso, pero si los tuyos son más bien pobres, no te llevan al teatro y no puedes comprar cosas en las tiendas; y en Londres no hay ninguna de esas cosas tan agradables con las que los niños pueden jugar sin estropearlas ni hacerse daño, como los árboles, la arena, los bosques y el agua. Además, casi todo en Londres tiene una forma que no es la que debería: todo son líneas rectas y calles llanas, en vez de tener las formas más diversas y extrañas, como las cosas del campo. Los árboles son todos distintos, como sabes, y estoy segura de que alguna persona pesada te habrá dicho que no hay dos briznas de hierba exactamente iguales. Pero en las calles, donde no crecen briznas de hierba, todo se parece a todo lo demás. Por eso muchos niños que viven en las ciudades son tan sumamente traviesos. No saben qué les pasa, y tampoco lo saben sus padres ni sus madres, sus tías, sus tíos, sus primos, sus preceptores, sus institutrices ni sus niñeras; pero yo sí. Y ahora tú también. Los niños del campo también hacen travesuras a veces, pero por razones muy distintas.
Los niños habían explorado a fondo los jardines y las dependencias exteriores antes de que los atraparan y los asearan para el té, y vieron con toda claridad que en la Casa Blanca iban a ser felices. Lo pensaron desde el primer momento, pero cuando descubrieron la parte de atrás cubierta de jazmín, todo lleno de flores blancas y oliendo como un frasco del perfume más caro que pueda regalarse por un cumpleaños; y cuando vieron el césped, tan verde y liso, tan distinto de la hierba pardusca de los jardines de Camden Town; y cuando encontraron el establo, con un henil encima en el que aún quedaba algo de heno viejo, ya estaban casi seguros; y cuando Robert encontró el columpio roto, se cayó de él y se hizo un chichón del tamaño de un huevo, y Cyril se pilló un dedo con la puerta de una conejera que parecía hecha para guardar conejos, si alguna vez tenían alguno, ya no les quedó la menor duda.
Lo mejor de todo era que no había normas que prohibieran ir a tal sitio o hacer tal cosa. En Londres, casi todo lleva una etiqueta que dice «No tocar», y aunque la etiqueta sea invisible, es igual de malo, porque sabes que está ahí, o, si no lo sabes, no tardan nada en decírtelo.
La Casa Blanca estaba al borde de una colina, con un bosque detrás, la cantera de creta a un lado y la gravera al otro. Al pie de la colina había una llanura, con unos edificios blancos de formas extrañas donde se quemaba cal, una gran fábrica de cerveza de ladrillo rojo y otras casas; y cuando las grandes chimeneas echaban humo y se ponía el sol, el valle parecía llenarse de una niebla dorada, y los hornos de cal y los secaderos de lúpulo relucían y centelleaban hasta parecer una ciudad encantada de Las mil y una noches.
Ahora que he empezado a hablarte del lugar, siento que podría seguir y convertir esto en un relato de lo más interesante sobre todas las cosas corrientes que hacían los niños —ya sabes, esas mismas cosas que haces tú—, y te creerías hasta la última palabra; y cuando contara que los niños se ponían pesados, como te pasa a ti a veces, quizá tus tías escribieran a lápiz en el margen: «¡Qué verdad!» o «¡Como la vida misma!», y tú lo vieras y seguramente te enfadaras. Así que solo voy a contarte las cosas verdaderamente asombrosas que ocurrieron, y podrás dejar el libro por ahí con toda tranquilidad, porque es poco probable que alguna tía, o algún tío, escriba «¡Qué verdad!» en los márgenes del relato. A las personas mayores les cuesta mucho creer en cosas verdaderamente maravillosas, a menos que tengan lo que llaman pruebas. Pero los niños se creen casi cualquier cosa, y los mayores lo saben. Por eso te dicen que la Tierra es redonda como una naranja, cuando puedes ver perfectamente que es plana y está llena de bultos; y por eso dicen que la Tierra gira alrededor del Sol, cuando cualquier día puedes ver por ti mismo que el Sol se levanta por la mañana y se acuesta por la noche, como el buen sol que es, mientras que la Tierra sabe cuál es su sitio y se queda quieta como un ratón. Y, sin embargo, supongo que te crees todo eso de la Tierra y el Sol; y, si es así, no te costará nada creer que Anthea, Cyril y los demás, antes de llevar una semana en el campo, habían encontrado un hada. Al menos ese fue el nombre que le dieron, porque era el que usaba para sí; y, naturalmente, debía saberlo mejor que nadie, pero no se parecía en nada a ninguna de las hadas que hayas visto, de las que hayas oído hablar o sobre las que hayas leído.
Fue en las graveras. Papá tuvo que marcharse de repente por asuntos de negocios, y mamá se había ido a pasar unos días con abuelita, que no estaba muy bien de salud. Los dos se marcharon con muchas prisas, y cuando se fueron, la casa pareció terriblemente silenciosa y vacía, y los niños vagaban de una habitación a otra, mirando los trocitos de papel y de cuerda que habían quedado por el suelo al hacer el equipaje y que aún no habían recogido, y deseando tener algo que hacer. Fue Cyril quien dijo:
—Oigan, vamos a llevarnos las palas de Margate y a cavar en las graveras. Podemos hacer como si estuviéramos en la playa.
—Papá dice que antes lo era —dijo Anthea—; dice que hay conchas de hace miles de años.
Así que fueron. Claro que ya se habían acercado al borde de la gravera y se habían asomado, pero no habían bajado por miedo a que papá les dijera que no podían jugar allí, y lo mismo les ocurría con la cantera de creta. La gravera no es peligrosa de verdad si no intentas bajar por los bordes, sino que das la vuelta por el camino, despacio y sin peligro, como si fueras un carro.
Cada uno llevaba su pala, y se turnaban para llevar al Corderito. Era el bebé, y lo llamaban así porque «bee» fue lo primero que dijo. A Anthea la llamaban «Pantera», cosa que parece tonta cuando la lees, pero que, al decirla, suena un poco como su nombre.
La gravera es muy grande y ancha, con hierba que crece arriba, alrededor de los bordes, y flores silvestres secas y fibrosas, moradas y amarillas. Es como la palangana de un gigante. Y hay montones de grava, y huecos en las paredes de la palangana de donde han sacado grava, y, muy arriba, en las paredes escarpadas, están los agujeritos que son las puertecitas de las casitas de los pequeños aviones zapadores.
Los niños construyeron un castillo, por supuesto, pero construir castillos tiene poca gracia cuando no hay ninguna esperanza de que llegue la marea con su rumor, llene el foso, arrastre el puente levadizo y, como feliz remate, los moje a todos por lo menos hasta la cintura.
Cyril quería excavar una cueva para jugar a los contrabandistas, pero los demás pensaron que podían quedar enterrados vivos, así que al final todas las palas se pusieron a trabajar para abrir un agujero que atravesara el castillo y llegara hasta Australia. Porque estos niños, ya ves, creían que el mundo era redondo y que, al otro lado, los niños y las niñas de Australia andaban de verdad al revés, como las moscas en el techo, con la cabeza colgando en el aire.
Los niños cavaban y cavaban y cavaban, y las manos se les llenaron de arena, se les calentaron y se les pusieron rojas, y la cara se les humedeció y empezó a brillar. El Corderito había intentado comerse la arena y había llorado tanto al descubrir que no era azúcar moreno, como había supuesto, que ahora estaba agotado y dormía hecho un ovillo rollizo y calentito en medio del castillo a medio terminar. Eso dejaba a sus hermanos y hermanas en libertad para trabajar de firme, y el hoyo que debía salir en Australia pronto se hizo tan profundo que Jane, a quien llamaban Minina para abreviar, les suplicó a los demás que pararan.
—Imaginen que el fondo del hoyo cede de repente —dijo— y caen entre los niños australianos: se les meterá toda la arena en los ojos.
—Sí —dijo Robert—, y nos odiarán, nos tirarán piedras y no nos dejarán ver los canguros, ni las zarigüeyas, ni los eucaliptos azules, ni los pájaros de la marca Emu, ni nada.
Cyril y Anthea sabían que Australia no estaba tan cerca, pero aceptaron dejar las palas y seguir con las manos. Resultaba muy fácil, porque la arena del fondo del hoyo era muy suave, fina y seca, como la arena de la playa. Y tenía conchitas.
—Imagínense que antes aquí había mar, todo mojado, resbaladizo y brillante —dijo Jane—, con peces, congrios, coral y sirenas.
—Y mástiles de barcos y tesoros españoles de naufragios. Ojalá encontráramos un doblón de oro o algo —dijo Cyril.
—¿Cómo se llevaron el mar? —preguntó Robert.
—En un cubo no, tonto —dijo su hermano—. Papá dice que la Tierra se calentó demasiado por debajo, como te pasa a ti a veces en la cama, así que encogió los hombros y el mar tuvo que resbalarse, como se nos resbalan las mantas, y el hombro quedó al descubierto y se convirtió en tierra firme. Vamos a buscar conchas; creo que esa cuevecita tiene buena pinta, y veo algo que sobresale por allí, como un trozo de ancla de un barco hundido, y en el hoyo de Australia hace un calor espantoso.
Los demás estuvieron de acuerdo, pero Anthea siguió cavando. Siempre le gustaba terminar lo que había empezado. Le parecía una vergüenza abandonar aquel hoyo sin haber llegado a Australia.
La cueva fue una decepción, porque no había conchas y el ancla del barco hundido resultó ser solo el extremo roto del mango de un pico; y los que habían ido a la cueva estaban llegando a la conclusión de que la arena da más sed cuando no está a la orilla del mar, y alguien había propuesto volver a casa a tomar limonada, cuando de repente Anthea gritó:
—¡Cyril! ¡Ven aquí! ¡Ay, ven deprisa! ¡Está vivo! ¡Se va a escapar! ¡Deprisa!
Todos volvieron corriendo.
—No me extrañaría que fuera una rata —dijo Robert—. Papá dice que las ratas infestan los sitios viejos, y este debe de ser bastante viejo si el mar estaba aquí hace miles de años...
—A lo mejor es una serpiente —dijo Jane, estremeciéndose.
—Vamos a ver —dijo Cyril, saltando al hoyo—. A mí no me dan miedo las serpientes. Me gustan. Si es una serpiente, la domesticaré y me seguirá a todas partes, y por las noches la dejaré dormir alrededor de mi cuello.
—No, no la dejarás —dijo Robert con firmeza. Compartía el dormitorio con Cyril—. Pero si es una rata, sí puedes.
—¡Ay, no digas tonterías! —dijo Anthea—. No es una rata, es mucho más grande. Y tampoco es una serpiente. Tiene patas; se las he visto. ¡Y pelo! No, con la pala no. ¡Le harás daño! Cava con las manos.
—¡Y dejar que eso me haga daño a mí! Eso es lo que voy a hacer, ¿no? —dijo Cyril, empuñando una pala.
—¡Ay, no! —dijo Anthea—. Ardilla, no lo hagas. Yo... parece una tontería, pero ha dicho algo. De verdad que sí...
—¿Qué?
—Ha dicho: «Déjame en paz».
Pero Cyril se limitó a comentar que a su hermana se le había ido la cabeza, y él y Robert cavaron con las palas mientras Anthea, sentada al borde del hoyo, daba saltitos de calor y de inquietud. Cavaron con cuidado, y al poco rato todos pudieron ver que, en efecto, algo se movía en el fondo del hoyo de Australia.
Entonces Anthea gritó: —Yo no tengo miedo. Déjenme cavar. —Y cayó de rodillas y empezó a escarbar como un perro cuando recuerda de pronto dónde ha enterrado su hueso.
—¡Ay, he tocado pelo! —exclamó, medio riendo y medio llorando—. ¡De verdad! ¡Lo he tocado! —Entonces, de repente, una voz seca y ronca que salía de la arena los hizo saltar a todos hacia atrás, y el corazón les dio un brinco casi tan rápido como el suyo.
—Déjenme en paz —dijo. Y ahora todos oyeron la voz y se miraron unos a otros para ver si los demás también la habían oído.
—Pero queremos verte —dijo Robert con valentía.
—Ojalá salieras —dijo Anthea, armándose también de valor.
—Bueno, si ese es tu deseo... —dijo la voz, y la arena se agitó, giró y salió despedida, y algo pardo, peludo y gordo salió rodando al hoyo; se le cayó la arena que lo cubría y se quedó allí sentado, bostezando y frotándose con las manos los extremos de los ojos.
—Creo que me he quedado dormido —dijo, estirándose.
Los niños formaron un corro alrededor del hoyo, mirando a la criatura que habían encontrado. Valía la pena mirar. Tenía los ojos sobre unos largos cuernos, como los caracoles, y podía recogerlos y alargarlos como telescopios; tenía orejas de murciélago, y su cuerpo rechoncho tenía forma de araña y estaba cubierto de un pelaje espeso y suave; las piernas y los brazos también eran peludos, y tenía manos y pies de mono.
—¿Qué será esto? —dijo Jane—. ¿Nos lo llevamos a casa?
La criatura volvió hacia ella los largos ojos y dijo:
—¿Siempre dice tonterías, o es solo la porquería que lleva en la cabeza lo que la vuelve tonta?
Mientras hablaba, miraba con desprecio el sombrero de Jane.
—No pretende decir tonterías —dijo Anthea con dulzura—; ninguno de nosotros lo pretende, ¡pienses lo que pienses! No tengas miedo; no queremos hacerte daño, ¿sabes?
—¡Hacerme daño a mí! —dijo—. ¿Yo, tener miedo? ¡Lo que hay que oír! Hablas como si yo fuera un don nadie. —Se le erizó todo el pelo, como a un gato cuando va a pelear.
—Bueno —dijo Anthea, aún con amabilidad—, quizá, si supiéramos quién eres, podríamos pensar en algo que decirte que no te enfadara. Hasta ahora, parece que todo lo que hemos dicho te ha enfadado. ¿Quién eres? ¡Y no te enojes! Porque de verdad que no lo sabemos.
—¿No lo saben? —dijo—. Bueno, ya sabía yo que el mundo había cambiado, pero... En fin, de verdad... ¿Me dicen en serio que no reconocen a un Psammead cuando lo ven?
—¿Un Sammyadd? A mí eso me suena a griego.
—Y a todo el mundo —dijo la criatura con brusquedad—. Pues, en inglés corriente, un hada de la arena. ¿No reconocen a un hada de la arena cuando la ven?
Parecía tan apenado y dolido que Jane se apresuró a decir: —Claro que veo que lo eres, ahora. Basta con mirarte bien para darse cuenta.
—Ya me estaban mirando hace varias frases —dijo con mal humor, empezando a acurrucarse otra vez en la arena.
—¡Ay, no te vayas otra vez! Sigue hablando, por favor —exclamó Robert—. No sabía que fueras un hada de la arena, pero en cuanto te vi supe que eras, con muchísima diferencia, lo más maravilloso que había visto en mi vida.
Después de eso, el hada de la arena pareció un poquito menos desagradable.
—No me molesta hablar —dijo—, siempre que sean medianamente corteses. Pero no pienso darles conversación por cortesía. Si me hablan bien, a lo mejor les contesto y a lo mejor no. Ahora digan algo.
Por supuesto, a nadie se le ocurrió nada que decir, pero al fin a Robert se le ocurrió «¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?», y lo dijo enseguida.
—Oh, una eternidad: varios miles de años —respondió el Psammead.
—Cuéntanoslo todo. Anda.
—Todo está en los libros.
—¡Tú no estás! —dijo Jane—. ¡Ay, cuéntanos todo lo que puedas sobre ti! No sabemos nada de ti, y eres tan simpático.
El hada de la arena se alisó los largos bigotes de rata y sonrió entre ellos.
—¡Anda, cuéntanos, por favor! —dijeron los niños a coro.
Es asombroso lo deprisa que uno se acostumbra a las cosas, incluso a las más extraordinarias. Cinco minutos antes, los niños no tenían más idea que tú de que en el mundo existieran las hadas de la arena, y ahora hablaban con aquella como si la conocieran de toda la vida.
Recogió los ojos y dijo:
—Cuánto sol hace. Como en los viejos tiempos. ¿De dónde sacan ahora los megaterios?
—¿Qué? —dijeron todos los niños a la vez. Es muy difícil acordarse siempre de que decir «qué» no es cortés, sobre todo en momentos de sorpresa o agitación.
—¿Abundan ahora los pterodáctilos? —continuó el hada de la arena.
Los niños no supieron qué responder.
—¿Qué desayunan? —preguntó el hada con impaciencia—. ¿Y quién se lo da?
—Huevos con tocino, pan con leche, gachas y cosas así. Nos lo da mamá. ¿Qué son los mega-no-sé-qué y los ptero-cómo-se-llamen? ¿Y hay alguien que los desayune?
—¡Pues en mis tiempos casi todo el mundo desayunaba pterodáctilo! Los pterodáctilos se parecían un poco a los cocodrilos y un poco a las aves; creo que estaban muy buenos a la parrilla. Verán, la cosa era así: por supuesto, entonces había muchísimas hadas de la arena, y por la mañana temprano salías a buscarlas, y cuando encontrabas una te concedía tu deseo. La gente mandaba a sus niños a la orilla del mar temprano, antes del desayuno, a buscar los deseos del día, y muy a menudo al hijo mayor le decían que pidiera un megaterio, ya troceado para cocinarlo. Era tan grande como un elefante, ¿saben?, así que tenía bastante carne. Y si querían pescado, pedían un ictiosaurio: medía entre veinte y cuarenta pies de largo, así que había de sobra. Y, como ave de corral, tenían el plesiosaurio; también había mucha carne buena que aprovechar. Así los otros niños podían pedir otras cosas. Pero cuando la gente daba una cena, casi siempre pedían megaterios; e ictiosaurios, porque sus aletas eran un gran manjar y con la cola se hacía sopa.
—Debía de sobrar muchísima carne fría —dijo Anthea, que se proponía ser una buena ama de casa algún día.
—Oh, no —dijo el Psammead—, eso no podía ser. Porque, naturalmente, al ponerse el sol, lo que sobraba se convertía en piedra. Según me dicen, todavía se encuentran por todas partes los huesos de piedra de los megaterios y demás.
—¿Quiénes te lo dicen? —preguntó Cyril; pero el hada de la arena frunció el ceño y empezó a cavar muy deprisa con sus manos peludas.
—¡Ay, no te vayas! —exclamaron todos—. ¡Cuéntanos más de cuando se desayunaban megaterios! ¿El mundo era como ahora?
Dejó de cavar.
—En absoluto —dijo—. Donde yo vivía, casi todo era arena, y el carbón crecía en los árboles, y los bígaros eran tan grandes como bandejas de té; ahora se encuentran, convertidos en piedra. Las hadas de la arena vivíamos a la orilla del mar, y los niños venían con sus palitas y sus cubitos de pedernal y nos hacían castillos para vivir. Eso fue hace miles de años, pero tengo entendido que los niños siguen construyendo castillos de arena. Cuesta mucho perder una costumbre.
—Pero ¿por qué dejaron de vivir en los castillos? —preguntó Robert.
—Es una historia triste —dijo el Psammead sombríamente—. Fue porque se empeñaban en hacerles fosos a los castillos, y entraba el mar, tan desagradable, mojado y burbujeante, y, por supuesto, en cuanto un hada de la arena se mojaba, se resfriaba y, por lo general, moría. Así que cada vez quedaban menos, y siempre que encontrabas un hada y conseguías un deseo, pedías un megaterio y comías el doble de lo que te apetecía, porque podían pasar semanas antes de que consiguieras otro deseo.
—¿Y tú te mojaste? —preguntó Robert.
El hada de la arena se estremeció. —Solo una vez —dijo—: la punta del duodécimo pelo de mi bigote superior izquierdo. Todavía me lo noto cuando hay humedad. Fue solo una vez, pero para mí bastó y sobró. Me marché en cuanto el sol secó mi pobre y querido bigote. Corrí hasta el fondo de la playa y me excavé una casa muy honda en la arena cálida y seca, y allí he estado desde entonces. Y después el mar se mudó de casa. Y ahora no pienso contarles nada más.
—Solo una cosa más, por favor —dijeron los niños—. ¿Todavía puedes conceder deseos?
—Por supuesto —dijo—. ¿No les concedí el suyo hace unos minutos? Dijiste: «Ojalá salieras», y salí.
—Ay, por favor, ¿no nos concederías otro?
—Sí, pero dense prisa. Ya me han cansado.
Supongo que muchas veces habrás pensado qué harías si te concedieran tres deseos, y habrás despreciado al viejo y a su mujer del cuento de la morcilla, y te habrás sentido seguro de que, si tuvieras la oportunidad, se te ocurrirían tres deseos verdaderamente útiles sin un instante de vacilación. Estos niños habían hablado muchas veces del asunto, pero ahora que, de repente, se les presentaba la oportunidad, no lograban decidirse.
—Deprisa —dijo el hada de la arena con mal humor. A nadie se le ocurría nada, salvo a Anthea, que consiguió recordar un deseo secreto suyo y de Jane, del que nunca habían hablado a los chicos. Sabía que a ellos no les interesaría, pero, aun así, era mejor que nada.
—Deseo que todos seamos hermosos como el día —dijo muy deprisa.
Los niños se miraron, pero cada uno vio que los demás no estaban más guapos que de costumbre. El Psammead alargó los ojos y pareció contener la respiración e hincharse hasta estar el doble de gordo y peludo que antes. De pronto soltó el aire en un largo suspiro.
—Mucho me temo que no puedo conseguirlo —dijo en tono de disculpa—; debo de haber perdido la práctica.
Los niños se llevaron una decepción horrible.
—¡Ay, vuelve a intentarlo! —dijeron.
—Bueno —dijo el hada de la arena—, lo cierto es que estaba reservando un poco de fuerza para concederles sus deseos a los demás. Si se conforman con un deseo al día para todos, me parece que podré reunir las fuerzas necesarias. ¿Están de acuerdo?
—¡Sí, claro que sí! —dijeron Jane y Anthea. Los chicos asintieron. No creían que el hada de la arena pudiera hacerlo. Siempre es mucho más fácil hacer creer cosas a las niñas que a los niños.
Alargó los ojos más que nunca, y se hinchó y se hinchó y se hinchó.
—Espero que no se haga daño —dijo Anthea.
—Ni que se le raje la piel —dijo Robert con inquietud.
Todos sintieron un gran alivio cuando el hada de la arena, después de ponerse tan grande que casi llenaba el hoyo, soltó de repente el aire y recuperó su tamaño.
—Ya está —dijo, resollando con fuerza—. Mañana me resultará más fácil.
—¿Te ha dolido mucho? —preguntó Anthea.
—Solo mi pobre bigote, gracias —dijo—, pero eres una niña amable y considerada. Buenos días.
Se puso a escarbar de pronto y con furia con las manos y los pies, y desapareció en la arena. Entonces los niños se miraron, y cada uno se encontró de repente a solas con tres perfectos desconocidos, todos de una belleza radiante.
Permanecieron unos instantes en completo silencio. Cada cual pensaba que sus hermanos se habían ido por ahí y que aquellos niños desconocidos se habían acercado sin que lo advirtiera mientras contemplaba cómo se hinchaba el hada de la arena. Anthea fue la primera en hablar:
—Perdona —le dijo con mucha cortesía a Jane, que ahora tenía unos enormes ojos azules y una nube de cabello rojizo—, ¿has visto por aquí a dos niños y una niña?
—Eso mismo iba a preguntarte yo —dijo Jane. Y entonces Cyril exclamó:
—¡Pero si eres tú! ¡Reconozco el agujero de tu delantal! Tú eres Jane, ¿verdad? Y tú eres Pantera: ¡te veo el pañuelo sucio que se te olvidó cambiar después de cortarte el pulgar! ¡Caramba! El deseo se ha cumplido, después de todo. Oigan, ¿yo estoy tan guapo como ustedes?
—Si eres Cyril, me gustabas mucho más como eras antes —dijo Anthea con decisión—. Con ese pelo dorado pareces el niño cantor del cuadro; no me extrañaría que murieras joven. Y si ese es Robert, parece un organillero italiano. Tiene el pelo negro, negro.
—Pues ustedes dos parecen tarjetas de Navidad, eso es todo: tontas tarjetas de Navidad —dijo Robert con enfado—. Y el pelo de Jane es pura zanahoria.
Era, en efecto, de ese tono veneciano que tanto admiran los artistas.
—Bueno, no sirve de nada sacarnos defectos —dijo Anthea—; vamos a buscar al Corderito y a cargar con él hasta casa para comer. Los criados nos van a admirar muchísimo, ya verán.
El Bebé acababa de despertarse cuando llegaron a su lado, y no hubo uno solo que no sintiera alivio al ver que él, al menos, no era hermoso como el día, sino el mismo de siempre.
—Supongo que es demasiado pequeño para que los deseos le lleguen sin más —dijo Jane—. La próxima vez tendremos que mencionarlo expresamente.
Anthea corrió hacia él y le tendió los brazos.
—Ven con tu Pantera, patito —dijo.
El Bebé la miró con desaprobación y se metió en la boca un pulgar rosado y lleno de arena. Anthea era su hermana favorita.
—Vamos, ven —dijo ella.
—¡Vete! —dijo el Bebé.
—Ven con tu Minina —dijo Jane.
—Quero a mi Panty —dijo el Corderito con desconsuelo, y le tembló el labio.
—Anda, ven, Veterano —dijo Robert—, ven a dar un paseíto en la espalda de Yobby.
—¡Aaaah, niño malote, malote! —berreó el Bebé, dando rienda suelta al llanto. Entonces los niños comprendieron lo peor. ¡El Bebé no los reconocía!
Se miraron con desesperación, y a cada uno le resultó terrible, en aquella situación tan angustiosa, encontrarse solo con los hermosos ojos de perfectos desconocidos, en vez de con los ojillos alegres, amistosos, corrientes, chispeantes y risueños de sus propios hermanos.
—Esto es verdaderamente espantoso —dijo Cyril después de intentar levantar al Corderito, que había arañado como un gato y bramado como un toro—. ¡Tenemos que hacernos amigos suyos! No puedo llevarlo a casa gritando de esa manera. ¡Tener que hacernos amigos de nuestro propio bebé! Es demasiado absurdo.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que tuvieron que hacer. Les llevó más de una hora, y la tarea no resultaba más fácil por el hecho de que, a esas alturas, el Corderito tenía tanta hambre como un león y tanta sed como un desierto.
Por fin consintió en que aquellos desconocidos se turnaran para llevarlo a casa, pero, como se negaba a agarrarse a personas a las que acababa de conocer, era un peso muerto y llevarlo resultaba agotador.
—¡Gracias a Dios, ya estamos en casa! —dijo Jane, cruzando a duras penas la puerta de hierro hacia donde estaba Martha, la niñera, que, de pie en la entrada de la casa, se protegía los ojos con la mano y miraba con inquietud—. ¡Toma! ¡Llévate al Bebé, por favor!
Martha le arrebató al Bebé de los brazos.
—¡Gracias a Dios que él ha vuelto sano y salvo! —dijo—. ¿Dónde están los demás? ¿Y quiénes son ustedes, por todos los cielos?
—Somos nosotros, claro —dijo Robert.
—¿Y quiénes son esos Nosotros, si se puede saber? —preguntó Martha con desdén.
—Te digo que somos nosotros, solo que somos hermosos como el día —dijo Cyril—. Yo soy Cyril, y estos son los demás, y tenemos muchísima hambre. Déjanos entrar y no seas idiota.
Martha se limitó a renegar de la insolencia de Cyril e intentó cerrarle la puerta en las narices.
—Sé que parecemos distintos, pero soy Anthea, y estamos muy cansados, y hace mucho que pasó la hora de comer.
—Pues váyanse a comer a su casa, sean quienes sean; y si nuestros niños los han mandado a hacer esta comedia, pueden decirles de mi parte que se van a ganar una buena, ¡para que sepan lo que les espera! —Y esta vez sí que dio un portazo. Cyril llamó al timbre con violencia. Nadie respondió. Al cabo de un rato, la cocinera asomó la cabeza por la ventana de un dormitorio y dijo:
—Si no se largan, y bien deprisa, voy a buscar a la policía. —Y cerró la ventana de golpe.
—No sirve de nada —dijo Anthea—. ¡Ay, vámonos, por favor, vámonos antes de que nos metan en la cárcel!
Los chicos dijeron que eran tonterías y que las leyes de Inglaterra no podían meterlos en la cárcel solo por ser hermosos como el día, pero, aun así, salieron al camino detrás de las demás.
—Supongo que después de ponerse el sol volveremos a ser los de siempre —dijo Jane.
—No lo sé —dijo Cyril con tristeza—; puede que ahora no sea así. Las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de los megaterios.
—¡Ay! —exclamó Anthea de pronto—. A lo mejor nos convertimos en piedra al ponerse el sol, como les pasaba a los megaterios, para que no quede nada de nosotros para el día siguiente.
Se echó a llorar, y Jane también. Hasta los chicos palidecieron. Nadie tuvo ánimos para decir nada.
Fue una tarde horrible. No había ninguna casa cerca donde los niños pudieran pedir un mendrugo de pan o siquiera un vaso de agua. Les daba miedo ir al pueblo, porque habían visto a Martha bajar hacia allí con una cesta, y había un policía local. Cierto que todos eran hermosos como el día, pero eso consuela poco cuando tienes tanta hambre como un cazador y tanta sed como una esponja.
Tres veces intentaron en vano que los criados de la Casa Blanca los dejaran entrar y escucharan su historia. Luego fue Robert solo, con la esperanza de colarse por una de las ventanas traseras y abrirles la puerta a los demás. Pero todas las ventanas quedaban fuera de su alcance, y Martha le vació encima una jarra de aseo llena de agua fría desde una ventana del piso de arriba, y dijo:
—¡Lárgate de aquí, monito italiano asqueroso!
Al final acabaron sentados en fila bajo el seto, con los pies en una zanja seca, esperando la puesta de sol y preguntándose si, cuando el sol se pusiera, se convertirían en piedra o volverían a ser los de siempre; y cada uno seguía sintiéndose a solas entre desconocidos y procuraba no mirar a los demás, porque, aunque sus voces eran las de siempre, sus caras tenían una belleza tan radiante que resultaba irritante mirarlas.
—Yo no creo que vayamos a convertirnos en piedra —dijo Robert, rompiendo un largo y desdichado silencio—, porque el hada de la arena dijo que mañana nos concedería otro deseo, y no podría hacerlo si fuéramos de piedra, ¿verdad?
Los demás dijeron que no, pero eso no los consoló en absoluto.
Otro silencio, más largo y más desdichado, se rompió cuando Cyril dijo de pronto: —No quiero asustarlas, pero creo que a mí ya me está empezando. Tengo el pie muerto del todo. Me estoy convirtiendo en piedra, lo sé, y dentro de un momento les pasará lo mismo.
—No te preocupes —dijo Robert con amabilidad—, a lo mejor tú eres el único que se convierte en piedra y a los demás no nos pasa nada, y cuidaremos con cariño tu estatua y le colgaremos guirnaldas.
Pero cuando resultó que a Cyril solo se le había dormido el pie por llevar demasiado tiempo sentado sobre él, y cuando recuperó la sensibilidad con un hormigueo atroz, los demás se enfadaron bastante.
—¡Darnos semejante susto para nada! —dijo Anthea.
El tercer silencio, el más desdichado de todos, lo rompió Jane. Dijo:
—Si salimos bien de esta, le pediremos al Sammyadd que haga que los criados no noten nada distinto, pidamos el deseo que pidamos.
Los demás solo gruñeron. Estaban demasiado abatidos hasta para hacer buenos propósitos.
Al fin, el hambre, el miedo, el mal humor y el cansancio —cuatro cosas muy desagradables— se unieron para traer una cosa agradable, y esa cosa fue el sueño. Los niños dormían tendidos en fila, con sus hermosos ojos cerrados y sus hermosas bocas abiertas. Anthea fue la primera en despertarse. El sol se había puesto y empezaba a caer el crepúsculo.
Anthea se dio un pellizco muy fuerte para asegurarse y, al comprobar que aún sentía los pellizcos, decidió que no era de piedra; luego pellizcó a los demás. También estaban blandos.
—Despierten —dijo, casi llorando de alegría—; no pasa nada, no somos de piedra. Y, ay, Cyril, qué gusto da verte tan feo, con tus pecas de siempre, tu pelo castaño y tus ojillos. ¡Y a todos ustedes también! —añadió, para que no sintieran celos.
Cuando llegaron a casa, Martha los regañó mucho y les habló de aquellos niños desconocidos.
—Unos niños muy guapos, eso sí, pero qué descarados.
—Lo sé —dijo Robert, que sabía por experiencia lo inútil que sería intentar explicarle las cosas a Martha.
—¿Y dónde demonios han estado todo este tiempo, pequeños traviesos?
—En el camino.
—¿Por qué no han vuelto a casa hace horas?
—No podíamos por culpa de ellos —dijo Anthea.
—¿De quiénes?
—De los niños que eran hermosos como el día. Nos tuvieron allí hasta después de ponerse el sol. No pudimos volver hasta que se fueron. ¡No sabes cuánto los odiábamos! Ay, danos de cenar, por favor, tenemos muchísima hambre.
—¡Hambre! ¡Pues claro! —dijo Martha enfadada—. Todo el día fuera de esta manera. Bueno, espero que les sirva de lección para no andar haciendo amistad con niños desconocidos, ¡que a lo mejor han venido aquí a reponerse del sarampión! Y escuchen bien: si vuelven a verlos, no les hablen, ni una palabra, ni siquiera una mirada, sino que vengan enseguida a decírmelo. ¡Ya me encargaré yo de estropearles la belleza!
—Si alguna vez volvemos a verlos, te lo diremos —dijo Anthea; y Robert, que miraba con cariño la carne de res fría que la cocinera traía en una bandeja, añadió en voz baja y de todo corazón:
—Y tendremos muchísimo cuidado para no volver a verlos nunca.
Y nunca han vuelto a verlos.




