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Portada del libro «Ethan Frome», de Edith Wharton

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Ethan Frome

De Edith Wharton

Clásico de dominio público de Edith Wharton · Nueva traducción de NovelSpell

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Ethan Frome

Edith Wharton

Capítulo 1

El pueblo yacía bajo dos pies de nieve, con ventisqueros en las esquinas expuestas al viento. En un cielo de hierro, las estrellas del Carro pendían como carámbanos y Orión despedía sus fríos fuegos. La luna se había puesto, pero la noche era tan transparente que las fachadas blancas de las casas, entre los olmos, parecían grises sobre el fondo de nieve; los grupos de arbustos formaban manchas negras en ella, y las ventanas del sótano de la iglesia proyectaban haces de luz amarilla hasta muy lejos, sobre las interminables ondulaciones.

El joven Ethan Frome avanzaba a paso vivo por la calle desierta, dejando atrás el banco, la nueva tienda de ladrillo de Michael Eady y la casa del abogado Varnum, con los dos negros abetos rojos junto a la entrada. Frente a la entrada de los Varnum, donde el camino descendía hacia el valle de Corbury, la iglesia alzaba su esbelto campanario blanco y su estrecho peristilo. Mientras el joven se acercaba, las ventanas superiores dibujaban una arquería negra a lo largo del muro lateral del edificio, pero por las aberturas inferiores, en el lado donde el terreno bajaba en pronunciada pendiente hacia el camino de Corbury, salían largas barras de luz que iluminaban numerosos surcos recientes en la senda que llevaba a la puerta del sótano y dejaban ver, bajo un cobertizo contiguo, una hilera de trineos con los caballos bien cubiertos de mantas.

La noche estaba en absoluta calma, y el aire era tan seco y puro que apenas se sentía frío. La impresión que recibía Frome era más bien la de una ausencia total de atmósfera, como si nada menos tenue que el éter se interpusiera entre la tierra blanca bajo sus pies y la bóveda metálica sobre su cabeza. «Es como estar dentro de un recipiente al vacío», pensó. Cuatro o cinco años antes había estudiado un año en un instituto tecnológico de Worcester y había experimentado un poco en el laboratorio con un afable profesor de física; las imágenes que le había proporcionado aquella experiencia aún afloraban, en momentos inesperados, entre las asociaciones de ideas enteramente distintas en que había vivido desde entonces. La muerte de su padre y las desgracias que la siguieron habían puesto fin prematuramente a los estudios de Ethan; pero, aunque no había avanzado lo bastante en ellos para que le sirvieran de mucho en la práctica, habían alimentado su imaginación y le habían hecho entrever vastos y nebulosos significados tras el rostro cotidiano de las cosas.

Mientras avanzaba a grandes pasos por la nieve, la intuición de aquellos significados resplandecía en su mente y se mezclaba con el calor que su marcha enérgica le encendía en el cuerpo. Al llegar al extremo del pueblo se detuvo ante la fachada a oscuras de la iglesia. Permaneció allí un momento, respirando deprisa y mirando calle arriba y calle abajo, sin que ninguna otra figura se moviera por ella. La cuesta del camino de Corbury, al pie de los abetos rojos del abogado Varnum, era el lugar preferido de Starkfield para bajar en trineo, y en las noches despejadas la esquina de la iglesia resonaba hasta tarde con los gritos de quienes se deslizaban por ella; pero aquella noche ni un solo trineo oscurecía la blancura de la larga pendiente. El silencio de medianoche pesaba sobre el pueblo, y toda su vida aún despierta se concentraba tras las ventanas de la iglesia, por las que fluían sones de baile junto con las anchas franjas de luz amarilla.

El joven bordeó el edificio y bajó la pendiente hacia la puerta del sótano. Para quedar fuera del alcance de los rayos delatores que venían de dentro, dio un rodeo por la nieve intacta y fue acercándose al ángulo más alejado del muro del sótano. Desde allí, sin apartarse de la sombra, se fue deslizando con cautela hasta la ventana más próxima y, sin adelantar el cuerpo erguido y enjuto, estiró el cuello hasta alcanzar a ver el salón.

Visto así, desde la oscuridad pura y helada en que se encontraba, el salón parecía hervir en una bruma de calor. Los reflectores metálicos de los mecheros de gas proyectaban oleadas de luz cruda contra las paredes encaladas, y los flancos de hierro de la estufa, al fondo del salón, parecían palpitar con fuegos volcánicos. La pista estaba atestada de muchachas y muchachos. A lo largo del muro lateral, frente a la ventana, había una fila de sillas de cocina de las que acababan de levantarse las mujeres de más edad. La música ya había cesado, y los músicos —un violinista y la señorita que tocaba el armonio los domingos— tomaban un rápido refrigerio en una esquina de la mesa de la cena, situada en el estrado al fondo del salón, sobre la que se alineaban las fuentes de pasteles y los platillos de helado, ya devastados. Los invitados se disponían a marcharse, y la marea ya fluía hacia el pasillo donde colgaban los abrigos y los chales, cuando un joven de pies ágiles y revuelta cabellera negra se lanzó al centro de la pista y dio unas palmadas. La señal surtió efecto al instante. Los músicos corrieron a sus instrumentos, los bailarines —algunos ya medio abrigados para salir— se alinearon a ambos lados del salón, los espectadores de más edad volvieron discretamente a sus sillas y el vivaz joven, después de escabullirse de aquí para allá entre la multitud, sacó de ella a una muchacha que ya se había envuelto la cabeza en una «toquilla» de color cereza y, tras llevarla a la cabecera de la pista, la hizo recorrerla entre giros al ritmo saltarín de un reel de Virginia.

A Frome le latía el corazón deprisa. Había aguzado la vista para distinguir la cabeza morena bajo el pañuelo de color cereza y le irritaba que otra mirada se hubiera adelantado a la suya. El que encabezaba el reel de Virginia, que parecía tener sangre irlandesa en las venas, bailaba bien, y su pareja se contagió de su ardor. Mientras recorría la fila, con su figura ligera girando de mano en mano en círculos cada vez más veloces, el pañuelo se le soltó de la cabeza y quedó flotando detrás de sus hombros, y Frome, a cada vuelta, vislumbraba sus labios risueños y jadeantes, la nube de pelo oscuro en torno a su frente y los ojos oscuros que parecían los únicos puntos fijos de una maraña de líneas en vuelo.

Los bailarines iban cada vez más deprisa, y los músicos, para seguirles el ritmo, aporreaban sus instrumentos como jinetes que azotaran a sus monturas en la recta final; sin embargo, al joven de la ventana le parecía que el reel de Virginia no iba a terminar nunca. De vez en cuando apartaba los ojos del rostro de la muchacha para mirar el de su pareja, que, en la exaltación del baile, había adquirido un aire de posesión casi insolente. Denis Eady era hijo de Michael Eady, el ambicioso tendero irlandés cuya flexibilidad y cuyo descaro habían dado a Starkfield su primera noción de los métodos «ingeniosos» de hacer negocios, y cuya nueva tienda de ladrillo atestiguaba el éxito del intento. El hijo parecía destinado a seguir sus pasos y, entretanto, empleaba las mismas artes en conquistar a las doncellas de Starkfield. Hasta entonces Ethan Frome se había conformado con considerarlo un tipo ruin; pero ahora estaba pidiendo a gritos que lo azotaran. Era extraño que la muchacha no pareciera darse cuenta: que pudiera alzar hacia su pareja el rostro arrobado y dejar sus manos en las de él sin dar muestras de sentir la ofensa de aquella mirada y aquel contacto.

Frome solía ir andando a Starkfield a buscar a la prima de su mujer, Mattie Silver, para acompañarla a casa, las escasas noches en que alguna ocasión de divertirse la llevaba al pueblo. Había sido su mujer quien, cuando la muchacha se fue a vivir con ellos, sugirió que se le proporcionaran aquellas oportunidades. Mattie Silver era de Stamford, y cuando entró en la casa de los Frome para ayudar a su prima Zeena se juzgó que, puesto que no cobraba, convenía evitar que sintiera demasiado el contraste entre la vida que había dejado atrás y el aislamiento de una granja de Starkfield. De no ser por eso —según reflexionaba Frome con sorna—, a Zeena difícilmente se le habría ocurrido preocuparse por las diversiones de la muchacha.

Cuando su mujer propuso por primera vez que le dieran a Mattie alguna que otra noche libre, él había protestado para sus adentros ante la idea de recorrer las dos millas de más que suponían la ida al pueblo y la vuelta después de la dura jornada en la granja; pero, poco después, había llegado a desear que en Starkfield hubiera fiesta todas las noches.

Mattie Silver llevaba un año viviendo bajo su techo y, desde primera hora de la mañana hasta que se reunían para cenar, él tenía frecuentes ocasiones de verla; pero ningún momento en su compañía podía compararse con aquellos en que volvían de noche a la granja, con el brazo de ella enlazado en el suyo y sus pasos ligeros y veloces esforzándose por seguir el ritmo de las largas zancadas de él. Le había tomado cariño desde el primer día, cuando había ido en coche a buscarla a los Flats y ella le había sonreído y lo había saludado con la mano desde el tren, exclamando «¡Tú debes de ser Ethan!» al bajar de un salto con sus bultos, mientras él pensaba, recorriendo con la mirada su figura menuda: «No parece gran cosa para las faenas de la casa, pero al menos no es una quejumbrosa». Pero no se trataba solo de que la llegada a su casa de aquella brizna de vida joven y esperanzada fuera como encender un fuego en un hogar frío. La muchacha era algo más que la criatura alegre y servicial que él había creído. Tenía ojos para ver y oídos para oír: él podía mostrarle cosas y contarle cosas, y saborear la dicha de sentir que todo cuanto le comunicaba dejaba largas resonancias y ecos que podía despertar a voluntad.

Era en aquellas caminatas nocturnas de regreso a la granja cuando sentía más intensamente la dulzura de esa comunión. Siempre había sido más sensible que quienes lo rodeaban al atractivo de la belleza natural. Sus estudios inconclusos habían dado forma a aquella sensibilidad, y aun en sus momentos más desdichados el campo y el cielo le hablaban con una honda y poderosa fuerza de persuasión. Pero hasta entonces aquella emoción había permanecido en él como un dolor callado, velando de tristeza la belleza que la suscitaba. Ni siquiera sabía si alguien más en el mundo sentía como él o si era la única víctima de aquel privilegio melancólico. Entonces descubrió que otro espíritu había vibrado al mismo roce de lo maravilloso: que a su lado, viviendo bajo su techo y comiendo su pan, había una criatura a quien podía decir: «Aquello de allá es Orión; el grande de la derecha es Aldebarán, y ese grupo de pequeñitas —como un enjambre de abejas— son las Pléyades…», o a quien podía mantener embelesada ante un saliente de granito que asomaba entre los helechos mientras desplegaba el inmenso panorama de la era glacial y los largos y nebulosos períodos que la siguieron. A su placer contribuía, y no poco, el hecho de que el asombro de Mattie ante lo que le enseñaba se mezclara con la admiración por sus conocimientos. Y había otras sensaciones, menos definibles pero más exquisitas, que los unían en un estremecimiento de alegría silenciosa: el rojo frío del ocaso tras las colinas invernales, el vuelo de rebaños de nubes sobre laderas de rastrojo dorado, o las sombras de un azul intenso que las tsugas proyectaban sobre la nieve al sol. Cuando una vez ella le dijo: «¡Parece pintado!», a Ethan le pareció que el arte de definir no podía llegar más lejos y que por fin se habían encontrado las palabras para expresar lo más secreto de su alma…

Mientras permanecía en la oscuridad, fuera de la iglesia, aquellos recuerdos volvían a él con el dolor punzante de las cosas desaparecidas. Al ver a Mattie recorrer el salón girando de mano en mano, se preguntaba cómo había podido creer alguna vez que su conversación insulsa le interesaba. A él, que solo se alegraba en presencia de ella, aquella alegría le parecía una prueba manifiesta de indiferencia. El rostro que alzaba hacia sus parejas de baile era el mismo que, al verlo a él, siempre parecía una ventana que hubiera recogido la luz del ocaso. Advirtió incluso dos o tres gestos que, en su fatuidad, había creído reservados para él: una manera de echar la cabeza atrás cuando algo la divertía, como si saboreara su risa antes de dejarla salir, y la costumbre de bajar lentamente los párpados cuando algo la encantaba o la conmovía.

Aquella visión lo hacía desdichado, y su desdicha despertaba sus temores latentes. Su mujer nunca había dado muestras de celos de Mattie, pero últimamente se quejaba cada vez más de las tareas de la casa y encontraba maneras indirectas de llamar la atención sobre la poca habilidad de la muchacha para hacerlas. Zeena siempre había sido lo que en Starkfield llamaban «enfermiza», y Frome tenía que admitir que, si estaba tan enferma como ella creía, necesitaba la ayuda de un brazo más fuerte que aquel que apenas pesaba sobre el suyo durante los paseos nocturnos a la granja. Mattie no tenía aptitud natural para las labores de la casa, y la educación que había recibido no había hecho nada por corregir aquel defecto. Aprendía deprisa, pero era olvidadiza y soñadora, y no se mostraba dispuesta a tomarse el asunto en serio. Ethan tenía la idea de que, si se casara con un hombre del que estuviera enamorada, aquel instinto adormecido despertaría y sus pasteles y panecillos se convertirían en el orgullo del condado; pero la vida doméstica en abstracto no le interesaba. Al principio era tan torpe que él no podía evitar reírse de ella; pero ella se reía con él, y eso los hizo más amigos. Él hacía cuanto podía por complementar sus esfuerzos inexpertos: se levantaba más temprano de lo habitual para encender el fuego de la cocina, llevaba la leña a la casa por la noche y descuidaba el aserradero en favor de la granja, a fin de poder ayudarla en la casa durante el día. Incluso bajaba a escondidas los sábados por la noche a fregar el suelo de la cocina, una vez que las mujeres se habían acostado; y un día Zeena lo había sorprendido ocupado con la mantequera y se había vuelto sin decir palabra, con una de sus extrañas miradas.

Últimamente había habido otras señales del desagrado de su mujer, igualmente impalpables, pero más inquietantes. Una fría mañana de invierno, mientras se vestía a oscuras, con la llama de la vela temblando en la corriente de la ventana mal ajustada, la había oído hablar desde la cama, a su espalda.

—El médico no quiere que me quede sin nadie que me atienda —dijo con su voz monótona y quejumbrosa.

Él la había creído dormida, y el sonido de su voz lo había sobresaltado, aunque ella solía romper a hablar bruscamente después de largos intervalos de silencio hermético.

Se volvió y la miró allí tendida, apenas perfilada bajo la colcha de percal oscuro, con el rostro de pómulos altos que la blancura de la almohada teñía de un tono grisáceo.

—¿Sin nadie que te atienda? —repitió.

—Si dices que no puedes pagar una criada cuando se vaya Mattie.

Frome se volvió de nuevo y, tomando la navaja de afeitar, se inclinó para alcanzar a ver el reflejo de su mejilla estirada en el espejo manchado que había sobre el palanganero.

—¿Por qué demonios iba a irse Mattie?

—Bueno, cuando se case, quiero decir —dijo su mujer a su espalda, arrastrando las palabras.

—Ah, ella nunca nos dejaría mientras la necesitaras —repuso, raspándose con fuerza la barbilla.

—Yo nunca querría que se dijera que fui un obstáculo para que una pobre muchacha como Mattie se casara con un muchacho avispado como Denis Eady —respondió Zeena en tono de quejumbrosa abnegación.

Ethan, mirando con furia su rostro en el espejo, echó la cabeza atrás para pasar la navaja desde la oreja hasta el mentón. Tenía la mano firme, pero aquella postura le servía de excusa para no responder en seguida.

—Y el médico no quiere que me quede sin nadie —continuó Zeena—. Quería que te hablara de una muchacha de la que le han hablado, que podría venir…

Ethan dejó la navaja y se enderezó riendo.

—¡Denis Eady! Si solo es eso, me parece que no hay tanta prisa por buscar una criada.

—Bueno, me gustaría hablar contigo de eso —dijo Zeena con obstinación.

Se estaba vistiendo con torpe premura. —Está bien. Pero ahora no tengo tiempo; ya voy tarde —repuso, acercando a la vela su viejo reloj de cebolla de plata.

Zeena, que al parecer daba por definitiva aquella respuesta, seguía tendida mirándolo en silencio mientras él se subía los tirantes a los hombros y metía los brazos de un tirón en el abrigo; pero, cuando se dirigía a la puerta, dijo de pronto, con tono incisivo: —Me parece que siempre vas tarde, ahora que te afeitas todas las mañanas.

Aquella estocada lo había asustado más que cualquier vaga insinuación sobre Denis Eady. Era cierto que, desde la llegada de Mattie Silver, había adquirido la costumbre de afeitarse a diario; pero su mujer siempre parecía dormida cuando él se apartaba de su lado en la oscuridad invernal, y él había supuesto estúpidamente que ella no advertiría cambio alguno en su aspecto. Una o dos veces, en el pasado, lo había inquietado levemente aquella manera de Zenobia de dejar que las cosas sucedieran sin parecer advertirlas y luego, semanas después, revelar con una frase casual que durante todo aquel tiempo había tomado nota y sacado sus conclusiones. Últimamente, sin embargo, no había habido lugar en sus pensamientos para semejantes temores imprecisos. La propia Zeena se había desvanecido, pasando de realidad opresiva a sombra insustancial. Toda su vida transcurría viendo y oyendo a Mattie Silver, y ya no podía concebir que fuera de otro modo. Pero ahora, mientras permanecía fuera de la iglesia y veía a Mattie recorrer el salón girando con Denis Eady, un tropel de indicios y amenazas que había pasado por alto tejía su nube en torno a su mente…


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