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Portada del libro «El rojo emblema del valor», de Stephen Crane

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El rojo emblema del valor

De Stephen Crane

Clásico de dominio público de Stephen Crane · Nueva traducción de NovelSpell

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El rojo emblema del valor

Stephen Crane

Capítulo 1

El frío abandonó a regañadientes la tierra, y las nieblas en retirada dejaron al descubierto un ejército tendido en las colinas, en reposo. A medida que el paisaje pasaba del pardo al verde, el ejército despertaba y empezaba a estremecerse de impaciencia al bullicio de los rumores. Volvió los ojos hacia los caminos, que iban dejando de ser largas zanjas de barro líquido para convertirse en verdaderas vías de paso. Un río, teñido de ámbar a la sombra de sus orillas, murmuraba a los pies del ejército; y de noche, cuando la corriente adquiría una triste negrura, se veía al otro lado el fulgor rojo, como de ojos, de las hogueras enemigas encendidas en las bajas frentes de unas colinas lejanas.

Un día, cierto soldado alto tuvo un arranque de virtud y se fue resueltamente a lavar una camisa. Volvió a toda prisa de un arroyo, agitando la prenda como una bandera. Lo henchía una historia que le había contado un amigo de fiar, que se la había oído a un soldado de caballería veraz, que se la había oído a su hermano, digno de toda confianza, uno de los ordenanzas del cuartel general de la división. Adoptó los aires de importancia de un heraldo vestido de rojo y oro.

—Mañana nos ponemos en marcha, seguro —dijo pomposamente a un grupo reunido en la calle de la compañía—. Vamos a remontar el río un buen trecho, cruzarlo y dar un rodeo para salirles por detrás.

Expuso a sus atentos oyentes, a grandes voces y con todo detalle, el plan de una campaña brillantísima. Cuando terminó, los hombres vestidos de azul se dispersaron en pequeños grupos que discutían entre las hileras de chozas pardas y achaparradas. Un carretero negro que había estado bailando sobre una caja de galletas, entre los alegres gritos de aliento de cuarenta soldados, se quedó sin público. Se sentó con tristeza. El humo salía perezosamente de una multitud de pintorescas chimeneas.

—¡Es mentira! Eso es todo: ¡una tremenda mentira! —dijo en voz alta otro soldado raso. Tenía encendido el rostro lampiño y las manos hundidas, con malhumor, en los bolsillos del pantalón. Se lo tomaba como una ofensa personal. —Yo no creo que este condenado ejército vaya a moverse nunca. Aquí estamos plantados. En las últimas dos semanas me he preparado ocho veces para salir, y todavía no nos hemos movido.

El soldado alto se sintió obligado a defender la veracidad de un rumor que él mismo había puesto en circulación. Él y el vocinglero estuvieron a punto de llegar a las manos.

Un cabo empezó a soltar juramentos ante los reunidos. Acababa de poner en su casa un costoso piso de tablones, dijo. A comienzos de la primavera se había abstenido de mejorar mucho las comodidades de su alojamiento, pues había creído que el ejército podía ponerse en marcha en cualquier momento. Últimamente, sin embargo, había llegado a pensar que estaban en una especie de campamento eterno.

Muchos de los hombres se enzarzaron en un animado debate. Uno expuso con singular claridad todos los planes del general en jefe. Se le opusieron otros que sostenían que había otros planes de campaña. Se gritaban unos a otros, y no pocos intentaban en vano atraer la atención de los demás. Entretanto, el soldado que había traído el rumor iba y venía, dándose gran importancia. Lo asediaban continuamente con preguntas.

—¿Qué pasa, Jim?

—El ejército va a ponerse en marcha.

—¡Vamos! ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo lo sabes?

—Pues puedes creerme o no, como quieras. Me importa un comino.

Su manera de responder daba mucho que pensar. Estuvo a punto de convencerlos con el desdén con que se negaba a presentar pruebas. Se exaltaron mucho con aquello.

Había un soldado raso muy joven que prestaba ávido oído a las palabras del soldado alto y a los diversos comentarios de sus camaradas. Después de oír su buena ración de discusiones sobre marchas y ataques, fue a su choza y se deslizó a gatas por una abertura de forma complicada que le servía de puerta. Quería estar a solas con unos pensamientos nuevos que se le habían ocurrido últimamente.

Se tendió en una amplia litera que abarcaba todo el ancho del fondo de la estancia. En el extremo opuesto, unas cajas de galletas hacían de muebles. Estaban agrupadas en torno al hogar. En las paredes de troncos había una estampa de un semanario ilustrado, y tres fusiles descansaban paralelos sobre unas clavijas. Los pertrechos colgaban de salientes de fácil acceso, y unos platos de hojalata reposaban sobre un pequeño montón de leña. Una tienda de campaña doblada servía de techo. Afuera, el sol que daba sobre ella la hacía resplandecer con un tono amarillo claro. Una ventanita proyectaba un cuadrado oblicuo de luz más blanca sobre el suelo atestado de objetos. El humo del fuego se olvidaba a veces de la chimenea de barro y se arremolinaba por la estancia, y aquella endeble chimenea de barro y palos amenazaba sin cesar con incendiar todo el alojamiento.

El asombro tenía al joven como en trance. Así que por fin iban a combatir. Al día siguiente, quizá, habría una batalla, y él participaría en ella. Durante un rato tuvo que esforzarse por creerlo. No podía tener por cierto el presagio de que estaba a punto de intervenir en uno de aquellos grandes acontecimientos del mundo.

Desde luego, toda su vida había soñado con batallas: con conflictos vagos y sangrientos cuyo ímpetu y cuyo fuego lo habían estremecido. En sus visiones se había visto en muchas luchas. Había imaginado pueblos a salvo a la sombra de su valor de ojos de águila. Pero, despierto, había considerado las batallas como manchas carmesíes en las páginas del pasado. Las había relegado a las cosas de tiempos remotos, junto a sus imágenes mentales de pesadas coronas y altos castillos. Había una parte de la historia del mundo que había considerado la época de las guerras; pero creía que hacía mucho que esa época había traspuesto el horizonte y desaparecido para siempre.

Desde su casa, sus ojos juveniles habían contemplado con desconfianza la guerra que se libraba en su propio país. Debía de ser una especie de juego. Hacía mucho que había perdido la esperanza de presenciar una lucha homérica. Ya no habría nada semejante, se había dicho. Los hombres eran mejores, o más tímidos. La educación laica y religiosa había borrado el instinto de echarse al cuello unos de otros, o bien la solidez de las finanzas mantenía a raya las pasiones.

Varias veces había ardido en deseos de alistarse. Los relatos de grandes movimientos sacudían el país. Quizá no fueran propiamente homéricos, pero parecía haber mucha gloria en ellos. Había leído acerca de marchas, asedios, combates, y había ansiado verlo todo. Su mente inquieta le había trazado grandes cuadros de colorido extravagante, encendidos por hazañas que cortaban el aliento.

Pero su madre lo había desalentado. Había fingido cierto desprecio por la calidad de su ardor guerrero y de su patriotismo. Era capaz de sentarse tranquilamente y darle, sin esfuerzo aparente, centenares de razones por las que él era muchísimo más importante en la granja que en el campo de batalla. Tenía ciertos modos de expresarse que le indicaban que sus afirmaciones al respecto nacían de una profunda convicción. Además, él creía inatacable el móvil moral que guiaba a su madre en la discusión, y eso obraba en favor de ella.

Al fin, sin embargo, se había rebelado firmemente contra aquella luz amarilla que bañaba el color de sus ambiciones. Los periódicos, los chismes del pueblo y sus propias fantasías lo habían exaltado hasta un punto imposible de contener. En verdad se combatía de maravilla por allá. Casi a diario, el periódico publicaba noticias de una victoria decisiva.

Una noche, mientras estaba tendido en la cama, el viento le había traído el clamor de la campana de la iglesia; algún entusiasta tiraba frenéticamente de la cuerda para anunciar la noticia desfigurada de una gran batalla. Aquella voz del pueblo que se regocijaba en la noche lo había hecho estremecerse en un prolongado éxtasis de entusiasmo. Más tarde había bajado al cuarto de su madre y había hablado así: —Mamá, voy a alistarme.

—Henry, no seas tonto —había respondido su madre. Luego se había tapado la cara con la colcha. Por aquella noche, ahí había terminado el asunto.

Sin embargo, a la mañana siguiente había ido a un pueblo cercano a la granja de su madre y se había alistado en una compañía que se estaba formando allí. Cuando había regresado a casa, su madre ordeñaba la vaca atigrada. Otras cuatro aguardaban. —Mamá, me he alistado —le había dicho con timidez. Hubo un breve silencio. —Hágase la voluntad del Señor, Henry —había respondido ella por fin, y había seguido ordeñando la vaca atigrada.

Cuando se había detenido en el umbral, con el uniforme de soldado puesto y un brillo de emoción y expectativa en los ojos que casi eclipsaba el de la pena de dejar a los suyos, había visto dos lágrimas dejar sus rastros en las mejillas de su madre, surcadas de cicatrices.

Con todo, lo había decepcionado al no decirle nada de volver con su escudo o sobre él. A solas se había preparado para una hermosa escena. Había ensayado ciertas frases que creía capaces de producir un efecto conmovedor. Pero las palabras de ella habían desbaratado sus planes. Había pelado papas con obstinación y se había dirigido a él en estos términos: —Tú anda con cuidado, Henry, y cuídate bien en este asunto de la guerra; anda con cuidado y cuídate bien. No vayas a creerte que puedes derrotar de entrada a todo el ejército rebelde, porque no puedes. No eres más que un muchachito entre muchísimos otros, y tienes que estarte callado y hacer lo que te digan. Yo sé cómo eres, Henry.

»Te he tejido ocho pares de calcetines, Henry, y te he puesto todas tus mejores camisas, porque quiero que mi muchacho vaya tan abrigado y tan cómodo como cualquiera del ejército. En cuanto se te hagan agujeros, quiero que me los envíes de vuelta enseguida para que pueda zurcirlos.

»Y ten siempre cuidado y elige bien tus compañías. Hay muchos hombres malos en el ejército, Henry. El ejército los vuelve salvajes, y lo que más les gusta es descarriar a un muchacho como tú, que casi nunca ha salido de casa y siempre ha tenido una madre, y enseñarle a beber y a maldecir. Mantente lejos de esa gente, Henry. No quiero que hagas nunca nada, Henry, que te avergüence contarme. Tú hazte cuenta de que te estoy mirando. Si lo tienes siempre presente, creo que te irá bastante bien.

»También tienes que acordarte siempre de tu padre, hijo, y recordar que no bebió ni una gota de licor en su vida y que rara vez soltó un juramento de rabia.

»No sé qué más decirte, Henry, salvo que nunca debes faltar a tu deber por mí, hijo. Si llega el momento en que tengas que escoger entre que te maten y hacer algo ruin, pues, Henry, no pienses más que en lo que está bien, porque en estos tiempos hay muchas mujeres que tienen que sobreponerse a cosas así, y el Señor cuidará de todos nosotros.

»No te olvides de los calcetines y las camisas, hijo; y te he puesto una taza de mermelada de moras en el hatillo, porque sé que es lo que más te gusta. Adiós, Henry. Anda con cuidado y sé un buen muchacho.

Por supuesto, se había impacientado durante el suplicio de aquel discurso. No había sido del todo lo que esperaba, y lo había soportado con aire irritado. Se marchó con una vaga sensación de alivio.

Sin embargo, al volver la vista desde la verja, había visto a su madre de rodillas entre las cáscaras de papa. Tenía el rostro moreno alzado y bañado en lágrimas, y su cuerpo enjuto temblaba. Él inclinó la cabeza y siguió su camino, súbitamente avergonzado de sus propósitos.

De su casa había ido al colegio para despedirse de muchos compañeros de estudios. Se habían apiñado a su alrededor llenos de asombro y admiración. Había sentido el abismo que ahora lo separaba de ellos y se había henchido de un sereno orgullo. Durante toda una tarde, él y algunos compañeros que se habían vestido de azul se habían visto colmados de privilegios, y aquello había sido delicioso. Se habían pavoneado.

Una muchacha de pelo claro se había burlado con viveza de su espíritu marcial, pero había otra más morena a la que él había mirado fijamente, y le había parecido que tomaba un aire recatado y triste al ver su azul y su latón. Cuando había bajado por el sendero entre las hileras de robles, había vuelto la cabeza y la había sorprendido en una ventana, mirando cómo se marchaba. En cuanto él la había visto, ella se había puesto enseguida a mirar el cielo por entre las ramas altas de los árboles. Había advertido mucho azoramiento y prisa en el movimiento con que cambiaba de postura. Pensaba a menudo en aquello.

Camino de Washington, se le había exaltado el ánimo. En una estación tras otra, el regimiento había recibido comida y caricias, hasta que el joven había llegado a creerse un héroe. Había un derroche de pan y fiambres, café, encurtidos y queso. Mientras se deleitaba con las sonrisas de las muchachas y los ancianos le daban palmadas y lo colmaban de elogios, había sentido crecer dentro de sí la fuerza para realizar grandes hazañas de armas.

Después de complicados viajes con muchas paradas, habían venido meses de vida monótona en un campamento. Él había creído que la verdadera guerra era una serie de luchas a muerte, con poco tiempo entre una y otra para dormir y comer; pero, desde que su regimiento había entrado en campaña, el ejército no había hecho casi nada más que estarse quieto y tratar de no pasar frío.

Así, poco a poco, había vuelto a sus antiguas ideas. Ya no habría luchas homéricas. Los hombres eran mejores, o más tímidos. La educación laica y religiosa había borrado el instinto de echarse al cuello unos de otros, o bien la solidez de las finanzas mantenía a raya las pasiones.

Había llegado a considerarse tan solo una parte de un vasto despliegue azul. Su cometido era velar, en lo posible, por su propia comodidad. Para entretenerse podía hacer girar los pulgares y conjeturar los pensamientos que debían de agitar la mente de los generales. Además, lo adiestraban y lo adiestraban y le pasaban revista, y lo adiestraban y lo adiestraban y le pasaban revista.

Los únicos enemigos que había visto eran unos centinelas de avanzada de la orilla del río. Eran hombres tostados por el sol y de talante filosófico, que a veces disparaban pensativamente contra los centinelas de avanzada de azul. Cuando después se les reprochaba, solían expresar su pesar y juraban por sus dioses que las armas se habían disparado sin su permiso. Una noche, estando de guardia, el joven había conversado a través de la corriente con uno de ellos. Era un hombre algo harapiento que escupía con destreza entre sus zapatos y poseía un gran caudal de aplomo apacible e infantil. Al joven le había resultado simpático como persona.

—Yanqui —le había dicho el otro—, eres un tipo condenadamente bueno. Aquel sentimiento, que le llegaba flotando en el aire inmóvil, le había hecho lamentar por un momento la guerra.

Varios veteranos le habían contado historias. Algunos hablaban de hordas grises y barbudas que avanzaban entre maldiciones incesantes y mascaban tabaco con un valor indecible; de inmensas masas de feroz soldadesca que pasaban arrolladoras como los hunos. Otros hablaban de hombres harapientos y eternamente hambrientos que hacían fuego con pólvora desalentada. —Son capaces de atravesar el fuego y el azufre del infierno con tal de echarle mano a un morral, y con esas barrigas no van a durar mucho —le habían dicho. A partir de aquellos relatos, el joven se imaginaba los huesos rojos y vivos que asomaban por los desgarrones de los uniformes descoloridos.

Con todo, no podía fiarse por completo de las historias de los veteranos, pues los reclutas eran sus presas. Hablaban mucho de humo, fuego y sangre, pero él no sabía cuánto podía haber de mentira. No paraban de gritarle «¡Pescado fresco!», y no eran de fiar en absoluto.

Sin embargo, ahora comprendía que no importaba mucho contra qué clase de soldados iba a combatir, con tal de que combatieran, cosa que nadie ponía en duda. Había un problema más serio. Tendido en la litera, meditaba sobre él. Intentaba demostrarse matemáticamente que no huiría de una batalla.

Antes nunca se había visto obligado a debatirse demasiado en serio con aquella cuestión. En su vida había dado ciertas cosas por sentadas, sin poner jamás en duda su fe en el éxito final y sin preocuparse apenas de los medios y los caminos. Pero ahora se enfrentaba a una cuestión de peso. De pronto se le había ocurrido que quizá huyera en una batalla. Se veía obligado a admitir que, en lo tocante a la guerra, no sabía nada de sí mismo.

Tiempo atrás habría dejado el problema esperando a las puertas de su mente, pero ahora se sentía obligado a prestarle seria atención.

En su mente iba creciendo un principio de pánico. Cuando su imaginación se adelantaba a un combate, veía posibilidades horribles. Contemplaba las amenazas que acechaban en el futuro y, por más que lo intentaba, no lograba verse plantado con firmeza en medio de ellas. Recordó sus visiones de gloria de aceros quebrados, pero, a la sombra del tumulto que se avecinaba, sospechó que eran imágenes imposibles.

Saltó de la litera y empezó a pasear nerviosamente de un lado a otro. —Dios mío, ¿qué me pasa? —dijo en voz alta.

Sentía que, en aquella crisis, las leyes que regían su vida no servían de nada. Cuanto había aprendido de sí mismo carecía allí de utilidad. Era una incógnita. Comprendió que tendría que volver a experimentar, como en su primera juventud. Tenía que reunir datos sobre sí mismo y, entretanto, resolvió mantenerse muy en guardia para que aquellas cualidades de las que nada sabía no lo deshonraran para siempre. —¡Dios mío! —repitió consternado.

Al cabo de un rato, el soldado alto se deslizó hábilmente por el hueco. Lo siguió el soldado raso vocinglero. Venían discutiendo.

—Está bien —dijo el soldado alto al entrar. Agitó la mano con expresivo ademán. —Puedes creerme o no, como quieras. Lo único que tienes que hacer es sentarte y esperar lo más tranquilo que puedas. Entonces, dentro de poco, verás que tenía razón.

Su camarada gruñó con obstinación. Por un momento pareció buscar una réplica contundente. Al fin dijo: —Bueno, tú no lo sabes todo en este mundo, ¿verdad?

—No he dicho que lo sepa todo en este mundo —replicó el otro con aspereza. Empezó a acomodar diversos objetos en su mochila, ajustándolos bien.

El joven interrumpió su nervioso ir y venir y bajó la mirada hacia la figura atareada. —¿Seguro que va a haber una batalla, Jim? —preguntó.

—Claro que sí —respondió el soldado alto—. Claro que sí. Tú espera a mañana y verás una de las batallas más grandes que ha habido nunca. Tú espera.

—¡Rayos! —dijo el joven.

—Ah, esta vez sí vas a ver combate, muchacho mío, combate de verdad y en toda regla —añadió el soldado alto, con el aire de un hombre a punto de ofrecer a sus amigos la exhibición de una batalla.

—¡Hum! —dijo el vocinglero desde un rincón.

—Bueno —comentó el joven—, lo más probable es que esta historia acabe igual que las otras.

—De eso nada —replicó el soldado alto, exasperado—. De eso nada. ¿No salió esta mañana toda la caballería? —Miró a su alrededor con furia. Nadie negó su afirmación. —La caballería salió esta mañana —continuó—. Dicen que ya casi no queda caballería en el campamento. Van a Richmond o a algún sitio mientras nosotros peleamos contra todos los sureños. Es una maniobra de esas. El regimiento también ha recibido órdenes. Me lo dijo hace un rato uno que los vio ir al cuartel general. Y están armando un infierno por todo el campamento; eso lo ve cualquiera.

—¡Bah! —dijo el vocinglero.

El joven guardó silencio un rato. Por fin se dirigió al soldado alto. —¡Jim!

—¿Qué?

—¿Qué tal crees que lo hará el regimiento?

—Ah, supongo que pelearán bien una vez que entren en combate —dijo el otro con fría ponderación. Se servía hábilmente de la tercera persona. —Se han burlado muchísimo de ellos porque son novatos, claro, y todo eso; pero supongo que pelearán bien.

—¿Crees que alguno de los muchachos saldrá corriendo? —insistió el joven.

—Ah, puede que algunos salgan corriendo, pero de esos los hay en todos los regimientos, sobre todo cuando reciben fuego por primera vez —dijo el otro con tolerancia—. Claro que podría pasar que todos juntos echaran a correr si de entrada les tocara un combate duro, y también podría pasar que se quedaran y pelearan con todas sus ganas. Pero no se puede dar nada por seguro. Claro que nunca han estado bajo fuego, y no es probable que derroten de golpe a todo el ejército rebelde la primera vez; pero yo creo que pelearán mejor que algunos, aunque peor que otros. Así lo veo yo. Al regimiento lo llaman «pescado fresco» y de todo, pero los muchachos son de buena cepa y la mayoría de ellos pelearán como demonios en cuanto se pongan a disparar —añadió, marcando con un énfasis tremendo las últimas cuatro palabras.

—Ah, tú te crees que sabes... —empezó el soldado vocinglero con desdén.

El otro se volvió hacia él con ferocidad. Tuvieron una rápida disputa, en la que se endilgaron mutuamente diversos epítetos extraños.

El joven terminó por interrumpirlos. —¿Has pensado alguna vez que tú mismo podrías salir corriendo, Jim? —preguntó. Al terminar la frase se echó a reír, como si hubiera querido bromear. El soldado vocinglero también soltó una risita.

El soldado raso alto agitó la mano. —Bueno —dijo con gravedad—, he pensado que en algunas de esas refriegas la cosa se le podría poner demasiado fea a Jim Conklin, y si un montón de muchachos echaran a correr, pues supongo que yo también echaría a correr. Y, una vez que echara a correr, correría como el diablo, eso seguro. Pero si todo el mundo se quedara en su sitio peleando, pues yo me quedaría y pelearía. ¡Caramba, sí que lo haría! Apuesto a que sí.

—¡Hum! —dijo el vocinglero.

El joven de esta historia agradeció aquellas palabras de su camarada. Había temido que todos los hombres que aún no habían entrado en combate tuvieran una gran confianza en sí mismos, y bien fundada. Ahora se sentía algo más tranquilo.


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