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Portada del libro «Oculto al cielo», de Ianthe Kallas

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Oculto al cielo

De Ianthe Kallas

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Capítulo 1: El hombre que los porteadores extraviaron

La primera parte de Michael Williams a la que me aferré fue su hombro. La sangre había barnizado el cuero a esa altura y lo había convertido en un asidero traicionero. Aun así, lo sujeté. A mi espalda, la puerta oculta de la Escalera Funeraria se abría a la Sala Inferior de Recepción; por encima de nosotros, dos porteadores mirineos se inclinaban bajo sus brazos mientras un resplandor broncíneo abría la calle desde el canalón hasta las tejas. Luz del día batida sobre un yunque hasta quedar fina: ese era el color de la búsqueda del dios. Se derramó entre las losas mortuorias, encontró las viejas ventanas de la enfermería y dejó a los tres hombres de la escalera recortados en negro contra ella. Yo había esperado con el Punzón de Ceniza pegado a la muñeca, escuchando cómo los respiraderos aspiraban por las estancias enterradas su exigua ración de aire. Había contado cuatro goznes de puerta y luego había vuelto a contarlos. No había contado las camas. Cuando los porteadores dieron nuestra señal y el resplandor salió de caza, primero abrí y después pensé en la aritmética.

«Tómalo por las piernas», dije.

Uno de los porteadores obedeció. El otro miró más allá de mí, hacia la oscuridad. Tenía el labio superior partido, el pelo cortado al rape como un soldado y el terror reluciente de humedad en el hueco junto a la nariz. «Dijiste que la puerta estaría preparada».

«Lo está. Sus manos son la demora». La cortesía siempre se me ha afilado en la boca cuando el miedo necesita un lugar adonde ir. Juntos bajamos a Michael por el último peldaño. Escamas de bronce le cubrían el pecho, cada placa labrada con el caballito de Mirina, pero el cierre bajo el brazo derecho había reventado. Una hoja había entrado por allí, se había abierto paso entre las costillas y había salido llevándose suficiente de él para pintar a ambos porteadores de la muñeca a la cintura. El cabello negro se le había soltado de la atadura. El sudor trazaba surcos en el polvo de su rostro. Aún consciente, clavó un talón, intentó reunir su propio peso y fracasó con un gruñido que contenía más ira que dolor.

«Dentro», dijo Michael. Sus ojos verde grisáceo encontraron la mampostería abierta a mi espalda y la midieron antes de medirme a mí. «Ciérrala después».

La Casa Ciega a los Dioses tenía siete cámaras. Tenía lienzos plegados en cajas de cedro, agua hervida enfriándose bajo una tela, cebada, aceite para lámparas, vinagre, dos frascos de corteza febrífuga y camas cuyos ocupantes confiaban en que yo entendiera que abundancia era otro nombre para una escasez a la que nadie había llegado todavía. Su único umbral intacto solo admitía un cuerpo mediante una elección que yo no podía hacer por él. Nada de eso detuvo mis manos. Tomé a Michael por debajo de las rodillas mientras los porteadores le sostenían los hombros, y arrastré al hombre de mayor utilidad pública de Mirina hacia un refugio construido para vidas que ningún cargo público había valorado. La decisión me perteneció durante quizá treinta latidos. Confundí aquellos latidos con autoridad.

Lo tendimos en el suelo de arcilla de la Sala Inferior de Recepción, antes del umbral oscuro. Más allá ardían las lámparas de la casa con llamas pequeñas de bordes rojos; de nuestro lado, el resplandor del dios empujaba bajo la puerta exterior un polvo blanco como harina. Cerré aquella puerta, bajé la barra de roble y escuché hasta que la piedra aceptó su peso. Un golpe restalló en algún lugar sobre la enfermería abandonada. Las vasijas mortuorias castañetearon en sus nichos. Los porteadores se agacharon junto a Michael y lo llamaron comandante con el tono bajo y apremiante con que los hombres hablan a un caballo atrapado bajo unos escombros: el desastre había convertido el rango en ternura.

Tenía las manos frías. Las sostuve sobre la lámpara hasta que se calentaron las cicatrices de cal que me cruzaban las palmas; después corté los cordones de la coraza junto al costado herido de Michael. Bajo la armadura olía a hierro, sudor rancio y la resina amarga con que los soldados untaban el cuero para protegerlo de la podredumbre. Comprimí la abertura con lienzo limpio. Su abdomen se tensó bajo mi muñeca. Me agarró el antebrazo, comprobó su firmeza y lo soltó.

«Eso nos compra unos minutos», le dije. Dejé un cuadrado de arcilla húmeda junto a su rodilla y puse encima el Punzón de Ceniza. Más allá de ambos esperaba el umbral, piedra caliza oscura pulida hasta adquirir la suavidad del satén por los pies que la ciudad visible había perdido. «El umbral nos oculta y nos cobra por ocultarnos. Conoce el precio antes de cruzarlo».

Michael miró el punzón. La sangre brillaba entre los dedos con que apretaba el lienzo. De la otra muñeca le colgaba el sello del comandante sujeto a un cordón púrpura; el oro estaba tibio por el contacto con su piel. «Dilo deprisa».

«Pronuncias sobre la arcilla tu nombre público completo. Yo incido lo que pronuncies. Tú levantas la tablilla, la encajas en el lecho abierto junto a la Clave Negra y cruzas el umbral por tus propias fuerzas. Cuando hayan pasado ambos pies, las personas que estén bajo este techo te conocerán. Fuera de él, el mundo conserva lo ocurrido. Los hombres recuerdan haber recibido órdenes, compartido comidas, vendado esta herida. Pierden la forma de ligar esos hechos a tu rostro, tu sello o el sonido con que te presentaste ante ellos. La ley no puede alcanzarte. El parentesco no puede demostrar quién eres. Un dios que busque al hombre nombrado pasará de largo sobre el techo».

El porteador del labio partido se acercó tanto que su sangre y la de Michael formaron un solo olor. «Entonces hazlo. La luz ya ha cruzado dos veces la enfermería».

«Lo hace él», dije. «Ustedes lo transportan. No eligen».

Un segundo fulgor blanqueó cada grano de polvo bajo la puerta. Las pupilas de Michael se contrajeron. Por un instante, el comandante regresó entero a su cuerpo destrozado: la mandíbula dispuesta para dar una orden, la mirada contando rutas, la voz de campamento formando ya la frase dentro de la cual morirían otras personas. Entonces bajó la vista hacia la arcilla. El pulgar atormentaba el nudo del cordón púrpura.

«¿Puede hacerlo alguien por mí?», preguntó. «Mi madre. Un sacerdote. Tú».

«Ninguna madre puede encajarla. Ningún dios puede empujarla hasta el fondo. Tampoco un cuidador. Una piedra del nombre alberga un solo nombre vivo, y únicamente la boca viva unida a él puede renunciar a su reconocimiento público. Puedo devolverte a la Escalera Funeraria si eso es lo que eliges. No puedo convertir el peligro en consentimiento a fuerza de llamarme compasivo».

Recordé aquella frase mucho después de haber contravenido su mandato en estancias más sutiles. Sin embargo, en aquel momento también era verdad. Mantuve las manos apartadas de las suyas. Los porteadores suplicaban con la postura —los hombros echados hacia delante, los dedos abriéndose y cerrándose sobre túnicas tiesas de sangre—, pero hasta ellos comprendían que una mano forzada no daría nada al muro. Por encima de nosotros, la piedra se partió con un chasquido seco. Cayó arenilla del techo y salpicó la arcilla húmeda. Cubrí el cuadrado con el antebrazo hasta que cesó la caída.

Michael tiró una vez del cordón del comandante. El nudo resistió. Lo examinó, encontró al tacto la vuelta oculta y lo deshizo sin pedir ayuda. La costumbre sobrevivía a la pérdida de sangre; aquellas manos llenas de cicatrices desconfiaban de cualquier cierre que no hubieran comprobado. Sostuvo el sello por el cordón y observó al caballo de Mirina oscilar una vez a la luz de las lámparas.

«Si cruzo», dijo, «lo que me está cazando pierde el camino».

«Pierde tu dirección. La profecía espera. No muere».

«¿Y ellos recuerdan haber transportado a su comandante?».

«Recuerdan haberlo transportado. Pregúntales después a quién transportaron».

Una comisura de sus labios se movió, con demasiada brevedad y dureza para llamarlo diversión. «Tienes un criterio de prueba cruel».

«Trabajé en una oficina del censo. Preferíamos la crueldad que pudiera asentarse en una tablilla».

Se quitó de la muñeca el cordón púrpura y se lo ofreció al porteador del labio partido. El hombre lo recibió con ambas manos. No hubo bendición entre ellos. No se alzó ningún discurso digno del bronce ni del canto. Michael se inclinó sobre la arcilla, con una palma apoyada junto a ella y la otra manteniendo la presión sobre el costado. El esfuerzo le cubrió la frente de sudor. Una gota cayó y dejó un hoyuelo en el margen superior de la tablilla. La sangre de su meñique tocó la esquina inferior. Ninguna de las dos sustancias portaba su identidad; la arcilla no contenía valor, pena, batalla, madre ni recuerdo. Solo aguardaba la forma cívica de un nombre vivo pronunciado libremente.

Recogí el Punzón de Ceniza. Habían quemado su madera hasta volver negro plateado el grano, y su punta estaba rematada con bronce de cantera. Michael me miró y luego miró el umbral. Más allá, las lámparas convertían la sala en un paisaje bajo: lechos de piedra para los nombres a lo largo del muro, la Clave Negra más oscura que el mortero que la rodeaba, el estrecho hueco junto a ella húmedo y preparado. Detrás de aquel muro, durmientes ocultos se removían bajo sus mantas. Una taza rozó un estante. El agua corrió por una tubería. Sonidos corrientes, ofensivamente corrientes, mientras el cielo registraba los techos en busca de una muerte.

Michael aspiró aire suficiente para hablar y la herida se lo cobró. Apretó la boca. Lo intentó de nuevo.

«Michael Williams».

Pronunció el nombre con la voz que en otro tiempo debía de haber atravesado líneas de escudos: sin súplica ni ornamento, cada sílaba colocada donde los hombres pudieran oírla a través del bronce. Incidí la M en la arcilla y luego los largos trazos que la seguían, manteniendo claras las letras mientras el suelo saltaba bajo mis rodillas. Michael lo dijo una vez más porque el apellido apenas le había salido. Incidí más hondo. El punzón levantó pequeños rizos de tierra que se aferraron a mis nudillos. Cuando terminé, el nombre completo yacía entre nosotros, negro de humedad. La mirada de Michael reposó sobre él y, de pronto, el hombre público se reveló divisible: no en el recuerdo, que seguía siendo suyo, ni en la carne, que se vaciaba sobre mi lienzo, sino en la ley, el saludo, la herencia, la acusación, las mil manos que habían utilizado dos palabras para convocarlo hacia sus necesidades.

«Levántala», dije. «Puedo guiarte las manos. No aportaré la presión».

Asintió. Deslizamos los dedos bajo bordes opuestos. La tablilla cedió por el centro aún blando, pesada de agua. La sangre volvía resbaladiza la presa de Michael. Una vez se inclinó hacia mí y le afirmé el borde sin impulsarla hacia delante. Los porteadores suplicaban ya sin contenerse. Deprisa, comandante. Por favor. La calle se está abriendo. Michael no les hizo caso. Acomodó la mano derecha bajo la arcilla, metió una rodilla bajo el cuerpo y se puso de pie. El dolor despojó su rostro de todo cargo. Los labios se le retrajeron de los dientes; el costado herido tembló contra el lienzo que lo comprimía. Aun así, sostuvo la tablilla. Caminé a su lado, con las manos lo bastante cerca para atrapar la arcilla y lo bastante lejos para que el trayecto siguiera siendo suyo.

Ante el muro, comprobó con dos dedos el lecho dispuesto. Claro que lo hizo. Incluso allí, casi vacío de sangre, revisó la juntura antes de confiar en ella. El mortero le enfrió las yemas. La Clave Negra se alzaba junto a su muñeca, ancha y sin luz, sosteniendo sobre la sala el tramo más antiguo. Michael alineó la tablilla, corrigió una esquina y presionó. El muro recibió despacio la Piedra del Nombre de Michael. El mortero se hinchó alrededor de los bordes, primero gris, después negro y luego del mismo color seco que las hiladas circundantes. Sus dedos permanecieron contra las letras incisas hasta que solo se vieron las crestas de sus nudillos. Cuando se cerró el último borde, el nombre del comandante se convirtió en carga y refugio, el reconocimiento público vuelto hacia dentro, donde ni heraldo ni altar podían tocarlo.

Se volvió hacia el umbral. Quedaban tres pasos. Me situé junto a su costado herido. «¿Puedo sostenerte?».

«Por el codo. No me cargues».

Puse la palma bajo su codo. Cruzó con el primer pie y se tambaleó. Los porteadores intentaron sujetarlo; los detuve con el hombro. Michael arrastró el segundo pie sobre la piedra oscura. En cuanto su talón la dejó atrás, las lámparas de la casa se enderezaron. No ardieron con más luz. Ni con más calor. Solo se enderezaron: sus llamas, antes inclinadas, se aquietaron mientras desaparecía el resplandor bajo la puerta exterior. Michael seguía apoyado en mi mano —el mismo calor, la misma sangre, la misma masa imposible de hombre herido— y el mundo de arriba perdió el gancho con que había tirado de él. Dio un paso más porque se había prometido conservar las fuerzas y luego se desplomó. Lo atrapé después de que ambos pies hubieran entrado en la Casa Ciega a los Dioses.

El porteador que tenía el sello miró fijamente al otro lado del umbral. Miró a Michael, al caballo de oro en su palma y luego otra vez a Michael. Su rostro fue vaciándose en pequeñas etapas prácticas. Primero, la urgencia abandonó la boca. Después, la obediencia abandonó los hombros. La vergüenza llegó al final, aunque él no habría podido decir qué deber había incumplido. A su lado, el otro hombre tocó la sangre de su propia túnica y la frotó entre el pulgar y el índice. Los hechos permanecían por todas partes. Sencillamente, no tenían cordón.

Bajé a Michael hasta el suelo interior y apreté lienzo limpio contra su costado. «¿A quién trajeron aquí?», pregunté.

El portador del sello respondió deprisa, agradecido por una pregunta con aristas militares. «A nuestro comandante. Herido bajo las costillas derechas en la Rada de Áulide. Salimos del campamento por la zanja del aceite, atravesamos el callejón de los tintoreros y cruzamos el patio de la enfermería cuando cayó el primer fuego. Estuvo consciente durante todo el trayecto».

«¿Qué comandante?».

Sus ojos llegaron hasta el rostro de Michael. El reconocimiento se acercó y allí se deshizo. «El comandante de los escudos mirineos. El hijo de ella. El que debe...» Se detuvo. La lengua le rozó el labio partido. «El requerido para el sacrificio».

Señalé el oro que sostenía en la palma. «¿De quién es ese sello?».

«De él». El porteador bajó la vista. «Del comandante».

«Dime su nombre».

El hombre abrió la boca. Lo que salió fue una lista: la coraza de bronce, el cordón púrpura, la herida, la tienda de mando más cercana al mar, el caballo estampado en las órdenes de aquella mañana. Conocía la presión del brazo de Michael sobre sus hombros y la maldición exacta que Michael había soltado cuando lo hicieron chocar contra la puerta de la enfermería. Sabía que amaba a aquel hombre. El amor mismo seguía allí, perplejo e intacto. Solo había desaparecido su objeto reconocido por la ley.

El segundo porteador lo intentó. «Llevo nueve años a su servicio. Desbarató las picas del norte en...» Su mirada se detuvo en el rostro de Michael. «Sé que este hombre está herido. Sé que trajimos a un hombre herido».

Michael lo había oído. La fiebre y la pérdida de sangre le enturbiaban los ojos, pero la mandíbula se le tensó al oír nueve años. Quizá ese fue el primer dolor que le infligió el anonimato: no la soledad, que él había buscado, sino el afecto separado de la boca que se lo había ganado. No podía preguntárselo. Su pulso aleteaba bajo mis dedos, rápido y débil. La búsqueda divina había fracasado mientras la sangre mortal continuaba su cruda partida. El santuario nunca había prometido la inmortalidad. Ofrecía un techo bajo el cual la muerte tenía que llegar honradamente.

Tomé del porteador el sello del comandante. Me lo entregó sin resistencia, aliviado de librarse de un objeto cuya propiedad se había convertido en un enigma. Saqué el Registro de Ceniza del nicho del muro, lo abrí sobre mi muslo y asenté la hora, la herida, los dos testigos, la declaración voluntaria, la colocación de la Piedra del Nombre de Michael y los suministros ya gastados. En la casilla del cuidador firmé Ricardo Bryant. Escribí antes de contar las camas porque escribir era el hábito con que conseguía que una elección se pareciera a un procedimiento.

«Vuelvan arriba», les dije. «Informen sobre la ruta, el impacto y el paciente al que no pudieron identificar. Digan exactamente la verdad. No busquen otra mejor».

El hombre del labio partido pareció ofendido. «Nosotros no abandonamos a nuestros heridos».

«Su herido está bajo mi mano. Cada instante que permanecen aquí facilita que investigadores mortales encuentren esta escalera. Lo han entregado. Ahora salvaguarden la entrega».

Subieron. A medio camino de las losas mortuorias, uno se volvió y miró hacia abajo, con el rostro esforzándose por alcanzar una obligación que aún podía sentir. Entonces una luz broncínea barrió el rellano superior y ambos hombres huyeron hacia ella. Cerré la puerta oculta, ajusté piedra contra piedra, encajé hasta el fondo la barra inferior y conté sus alojamientos de hierro: uno, dos, tres. El polvo se desprendió con la sacudida. Un arma divina golpeó la calle vacía donde debería haber estado esperando la muerte pública de Michael. El impacto recorrió la escalera y me entró en los dientes. Las vasijas resonaron en la Sala Inferior de Recepción; el aceite de las lámparas tembló; en algún lugar más profundo, un residente gritó. El muro oculto resistió. Ninguna llama se inclinó hacia nosotros. Ningún dios pronunció el nombre incrustado junto a la Clave Negra.

Hice rodar a Michael sobre una litera. Sus dedos volvieron a cerrarse en torno a mi muñeca, esta vez con menos fuerza. «¿El sello?».

«Lo tengo».

«¿Los porteadores?».

«Se fueron vivos. Confundidos, pero vivos».

Cerró los ojos. «Bien».

El pasadizo hasta la Sala de Cirugía Sellada tenía treinta y siete pasos, y en el decimonoveno perdió el conocimiento. Lo sabía porque contaba cuando el miedo no me ofrecía nada útil que hacer. La sala olía a lienzo hervido, vinagre y el aroma dulzón de las brasas. Subí a Michael a la mesa, dejé su sello en una palangana de cobre y volví a calentarme las manos. Antes de que se extinguiera lo último de su conciencia, apoyé las tijeras contra el cuero destrozado bajo su brazo.

«¿Puedo cortar la armadura para quitártela?», pregunté.

Su respuesta llegó entrecortada y tenue. «Córtala. Sálvame».

Así que hice lo que pueden hacer las manos después de que dioses y leyes han cobrado su parte. Corté. Lavé. Encontré el vaso desgarrado bajo la costilla inferior y lo prendí con una pinza curva de bronce. La sangre cubrió mis quemaduras de cal y se asentó, caliente, en las líneas de mis palmas. La herida entregó hebras de cuero, una viruta de bronce y dos granos de arenilla del camino. Extraje cada cosa, la deposité sobre una tela blanca y llevé la cuenta. Fuera de la sala sellada, la casa fue retomando poco a poco sus labores nocturnas: un cubo pasó de mano en mano, alguien ajustó la tapa de un respiradero, unos pies descalzos cruzaron la piedra. Por encima de todo aquello, la calle ardía sin encontrarnos. Debajo, un hombre sin una identidad pública utilizable combatía una fiebre corriente mientras yo cerraba la herida punto a punto.

Cerca del alba até el nudo final. Su pulso se había fortalecido lo bastante para latir con regularidad bajo la piel de la garganta. Limpié con vinagre el sello del comandante hasta que la sangre se desprendió de las diminutas patas del caballo, lo sequé y lo dejé junto a la lámpara, donde podría verlo al despertar. Había salvado el objeto aunque ya no podía autenticar nada. Esa es la clase de ternura que comprende un registrador: conservar la señal después de que su autoridad ha desaparecido.

Michael abrió los ojos mientras yo lavaba la última aguja. Durante unos instantes estudió el techo, la lámpara, la puerta sellada. Entonces volvió la cabeza hacia mí. Sin la mirada pública contra la cual apuntalarse, su rostro parecía más joven y más exhausto, la belleza reducida al esfuerzo de seguir vivo.

«¿Sabes quién soy?», preguntó.

Dejé la aguja. «Michael Williams».

Cerró los ojos en torno al sonido y volvió a abrirlos. «¿Y tú?».

«Ricardo. Ricardo Bryant».

Asintió una vez, aceptando el intercambio mientras la ciudad, sobre nosotros, buscaba en sus registros a un hombre que yacía a seis pies de mi mano. Lo cubrí con la manta limpia y dejé el sello visible junto a la lámpara. Michael tocó con dos dedos el cordón púrpura, comprobó aquel pequeño nudo superviviente y me devolvió mi nombre.